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MUNDIARIO

Acero en los labios, de Isabel Marina, un poemario sobre el dolor de la escritura

Isabel Marina sorprende con un primer poemario en el que el simbolismo expresa el dolor de la ausencia y la resignación del ser humano ante la caducidad de la vida.

Acero en los labios, de Isabel Marina, un poemario sobre el dolor de la escritura
Acero en los labios./ Ediciones Camelot
Acero en los labios./ Ediciones Camelot

Manuel García Pérez

Escritor y filólogo.

Acero en los labios, publicado por Ediciones Camelot, es un poemario en el que Isabel Marina escribe con intención de mostrarse. La autora no esconde la crudeza con la que percibe lo traumático que significa la propia existencia.

Una violencia soterrada a través de imágenes apocalípticas se enfrenta a una contenida expresión de símbolos que elevan sus versos a una necesaria síntesis conceptual. Pese al uso de estos símbolos, pese a un manejo talentoso y maduro de los mismos, sobrecoge la esencialidad de algunos versos que muestran una visión dura y realista de la vida, pues exhiben con franqueza, aunque la franqueza resulte un hecho paradójico al hablar del fenómeno poético, el dolor y el miedo como experiencias inherentes a la escritura.

Y, entonces,
comprendemos
que estamos solos,
paranoicamente solos,
aferrados a esta radio,
a estos temores que nos fingen,
a este dolor agusanado. (pág. 21)

En el poemario, encuentro la sutilidad de una escritura meditada, un aprendizaje basado en la lectura de diversas corrientes donde destaca un tono posromántico que se acomoda a esa percepción nostálgica, al mismo tiempo que intranquila y feroz, de una realidad que defrauda. Lo llamativo del conjunto es ese contraste de la belleza de algunas imágenes con la dureza de los sentimientos que se expresan. 

Desgasta este sol mucho antes de ser ancianos,
nos sobrecoge el hastío en noches de fiesta,
y nos damos la espalda, desvanecidos,
como fósiles tallados en ámbar. (pág.43)

Ese tono juanramoniano prende en esa concepción de la soledad como un acabamiento, pero también como una manera de estar en el mundo, una manera de explorar los límites de la escritura, de darle una horma al dolor de vivir en la convicción de que la felicidad no es duradera, sino más bien un encantamiento para presentir la demora o la precipitación de la muerte.

Se agigantan temores,
inquietud de siglos rotos,
siniestra luz pálida.


Insensibles cuerpos vencidos
con nieve en las entrañas. (pág. 32)

 

Otra de las características del poemario es la concisión. Isabel Marina conoce el oficio y sabe que el ornamento y los retoricismos perjudican la expresividad y el contenido de lo poético. Por esa razón, el libro, pese a la gravedad de lo que subyace en cada verso, se caracteriza por el don de la levedad con el que el lector asume ese mensaje de desasosiego ante lo inexplicable de la muerte, ante el abandono que causa el hecho de meditarla.

La poesía como purgación vuelve a comulgar con una voz que alberga una verdad indisoluble: los signos no pueden explicar el porvenir, pero al menos sí describirlo.

Moldes de nuestro cuerpo
surcan el río caníbal,
impresiones lacerantes,
desórdenes internos.
Las palabras son la lluvia
que nos quema por dentro.
Cercados por sombras inútiles,
borrachos de miedo. (pág.47)