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MUNDIARIO

Abuso de poder

Lo oscuro, lo prohibido, asusta y atrae. Se rompen barreras y no hay vuelta atrás. Ejercer el poder es una adicción que siempre va acompañada de la sumisión de la víctima.
Abuso de poder
Aplastar al diferente.
Aplastar al diferente.

Vicky Rego

Escritora.

En una entrevista con Télam, el escritor chino Chen Xiwo explica qué lo motivó a escribir  “Amo a mi mamá”, libro donde narra el vínculo incestuoso de una madre soltera con su hijo discapacitado. Dice que la pornografía en su novela es una metáfora de la política. Que la China de hoy es una sociedad de incesto, donde los principios éticos están rotos, donde lo correcto y lo incorrecto se distinguen en la superficie pero no en profundidad. Un país donde la prostitución es un pilar importante de la economía, donde hay hombres que permiten que su superior abuse de sus esposas por conveniencia, donde todo se puede hacer, pero no decir, inspira esta historia de amor y crimen espeluznantes. El sexo es la zona más oscura de la naturaleza humana y el incesto el mayor tabú de la humanidad, tanto en Oriente como en Occidente.

En nombre del socialismo, pero también del capitalismo —dice Chen— se abusa del poder.  El intercambio de intereses entre funcionarios y empresarios es una relación muy parecida a la prostitución.

Lo oscuro, lo prohibido, asusta y atrae. Se rompen barreras y no hay vuelta atrás. Ejercer el poder es una adicción que siempre va acompañada de la sumisión de la víctima.

Pienso en “La flor púrpura”, de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, donde un poderoso hombre de negocios, en aras de su fanatismo católico y protegido por una imagen de persona intachable y benefactora de los indigentes, aplica castigos correctores a sus hijos y su mujer. Todos callan. Se someten porque no saben vivir de otra manera. Y porque lo admiran.

Esto es lo que a uno le ocurre cuando camina hacia el pecado: se quema los pies  — le dice a su hija adolescente, Kambili, mientras le tira agua hirviendo después de haberle pedido que se sumergiera en la bañera. Eso sí, se lo dice con lágrimas en las mejillas, usurpándole el papel de víctima y enalteciéndose a sí mismo por su fidelidad a Dios. Tal vez lo inspiró Abraham que ofreció a su hijo Isaac en sacrificio para ganarse  la gloria de Yahvé. La madre de Kambili observa el castigo y acata. Como también pide perdón a su marido cuando él considera que desobedece y la golpea con tal violencia que termina hospitalizada y con el hijo que llevaba en su vientre, muerto.

Es tanta la necesidad de aceptación de un hijo, que Kambili, la narradora, no puede dejar de amar a ese monstruo y hace lo imposible por ser aceptada por él.

Una escena trae a la otra en esta cuarentena mía de avidez lectora. En “El hijo judío”, el escritor argentino Daniel Guebel,  cuenta que cuando el padre llegaba de trabajar siempre preguntaba cómo se habían portado sus hijos. La madre, después de haberlo amenazado todo el día con un Esperá a que venga tu papá, ahí vas a ver lo que es bueno, contestaba: Con la Chuchi no tuve ningún problema, pero él… El padre se soltaba el cinturón, lo alzaba y empezaba a golpearlo. Esto me va a doler a mí más que a vos, le aclaraba, robándole hasta el derecho al mayor sufrimiento.  Dice Daniel que no recuerda si se bajaba los pantalones y quedaba en calzoncillos o recibía los latigazos directamente con la cola al aire. Hasta que su hermana se interponía, gritando ¡Pará, papá, lo vas a matar! La madre, después de traicionarlo, lo obligaba a pedirle perdón al castigador.

Nos reunimos con Guebel varios años en un taller literario. Los últimos de la vida de su padre. Me consta que lo cuidó con dedicación hasta el final. Más tarde escribió la novela.

A veces el poder se ejerce en forma psicológica, como Herman Kafka, quien,  cuando se sentaban a la mesa, se dirigía a la madre refiriéndose al hijo allí presente. Tan indigno era que no se merecía que le hablara directamente: Bien entendido, no puedo pretender  eso de mi Señor hijo, decía, poniendo de relieve las falencias de Franz. Tanto fue el miedo que Kafka le tuvo que jamás se atrevió a enviarle esa carta desesperada donde mezcló admiración y repulsión, respeto y desprecio. 

En su novela “Llámenme Casandra” — ganadora del premio Ñ, Buenos Aires, 2018— el escritor cubano Marcial Gala cuenta la historia de Raúl, nacido en un cuerpo equivocado, quien ansía llamarse Casandra porque él, como en el mito clásico, también conoce el futuro. En la Cuba de los años setenta es enviado a la guerra de Angola. Ya pueden imaginarse a esa Marilyn —como la empezaron a llamar— en medio de la disciplina, la homofobia, el concepto de la ética y de la obediencia del ejército. De nuevo lo oculto, lo oscuro, el hacer pero no decir. Su capitán, macho indiscutido, lo llama a su tienda: Soldado Raúl, venga que tengo una misión para usted. Le ordena que se baje los pantalones, justo hasta los tobillos y, sin quitarse la ropa lo viola exigiéndole que no grite y advirtiéndole que si cuenta lo que pasó entre ellos, lo mata. La escena se repite varias veces.

Pero las personas no sólo tienen instinto de supervivencia, sino de muerte. Y la muerte es liberadora.  Casandra conoce la suya, y en las otras novelas la ansiamos, porque el abuso reclama un fin, cueste lo que cueste.

El otro día escuché a la soprano del teatro Colón de Buenos Aires, María Castillo de Lima. Su voz me produjo un escalofrío de placer artístico. María nació niño. Su padre era albañil y su mamá, cocinera. A los dos les gustaba cantar pero no lo pudieron hacer profesionalmente. A los veinticuatro años entró en el Teatro Colón como tenor, con el puntaje más alto.  Hoy María tiene treinta y tres, un registro de soprano, y una aceptación natural por parte de sus padres y del cuerpo de cantantes líricos. Ella dice: las personas trans no tenemos por qué estar a un costado de la vida. Si me hubieran dicho en un teatro de la calle Corrientes, pero que me volvieran a aceptar en el Colón…

Creo, como Proust, que todos somos prismáticos, multifocales, bisexuales. Que elegir un sexo o el otro no significa someterse, prostituirse, sino desarrollarse como persona, más allá del género. Sin embargo, parecería que una mujer trans está condenada a la prostitución. La novela autobiográfica “Las Malas” de Camila Sosa Villada muestra esa fatalidad. Esto es posible porque hay muchos capitanes como el de  “Llámenme Casandra”, que ofrecen un mercado más rentable que la ciencia y el arte. De nuevo el abusador y el que se deja someter por temor o porque lo convencen de que no le queda otra.

Todas estas novelas son, como dice Chen, una metáfora de nuestra sociedad.  Una sociedad hipócrita que proclama una amplitud que dista mucho de ejercer, margina a los diferentes, condena a los supuestos pecadores, no deja de discriminar a las personas por su color, su sexo y su condición social. Una sociedad que es cómplice del abuso de poder. @mundiario