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MUNDIARIO

Abuelos que colonizan las playas de Torrevieja a las seis de la mañana

 Pese a las advertencias y amonestaciones, cuando llega el verano los abuelos colonizan las playas con ímpetu y mala leche, como si no existiera un mañana.

Abuelos que colonizan las playas de Torrevieja a las seis de la mañana
Playa de Torrevieja/ EFE
Playa de Torrevieja/ EFE

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Manuel García Pérez

Manuel García Pérez

El autor, MANUEL GARCÍA PÉREZ, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y licenciado en Antropología por la UNED. Premio Nacional Fin de Carrera, fue coordinador del área de Sociedad y Cultura de MUNDIARIO, donde actualmente es columnista y crítico literario. Docente, investigador y escritor de narrativa juvenil, su última obra es el poemario Luz de los escombros. @mundiario

No duermen. Piensan en su Día D. Porque cada día es una operación militar para estos jubilados que se levantan de mala leche. Ni desayunan. Prefieren morir en la orilla antes que perder un minuto preparando café y tostadas. Son los abuelos heroicos, los jubilados del felipismo, intrépidos, sin desaliento.

A las seis de la mañana llenan las aceras de Torrevieja, bajan con sus carros de la compra, atiborrados de sombrillas, macutos, canastas para hacer punto, hornillos y con el cocodrilo hinchable para los nietos. Colonizan la playa, orinan dibujando un círculo para marcar el territorio. Son los abuelos del Día D, descamisados, con el ceño fruncido, mirando atrás con ira.Han tomado la cabeza de la playa. Torrevieja es Normandía. Las veinteañeras en topless y el gitanillo que vende los ajos y los pareos son el ejército nazi.

Nadie les va a usurpar esa primera línea. Abren las sombrillas y las neveras, y las hamacas, y la playa deja de ser ese espacio de resonancia poética y freudiana, de reencuentro místico con la divinidad, para convertirse en una corrala de tipos malencarados, de vello blanco en tripa y de mujeres que se embalsaman a sí mismas con toda clase de óleos, faraonas que se momifican al sol mientras sus machos alfa se bañan solamente una vez. Temen que otras especies se asienten cerca de su perímetro y les roben la arena. No son los abuelos de Cocoon, felices de ver en la caducidad de la vida una nueva oportunidad.

Cuando abandonan la playa sobre las dos, lo hacen con la misma fiereza, amarran los bártulos con maromas y lazos, cargan con el campamento, caminan exhaustos a refugiarse en el interior de sus casas donde seguirán mirando con ira a ese mundo que sigue en la playa, y que resopla aliviado, pues al fin se ve la lisura del mar y felices los niños pueden jugar con sus palas y sus cubos en la orilla sin que les echen mal de ojo.