Sordera por ruido alto: el precio oculto de los conciertos que puedes evitar

Una niña disfrutando de un concierto. / RR. SS.
La salud auditiva se juega a todo volumen: tapones, apps y sentido común para no perder lo que no se recupera.

Hay riesgos invisibles que dejamos entrar sin resistencia, y uno de los más subestimados es el que viaja por nuestros oídos. En cada concierto, cada festival o cada noche de discoteca se cuela una amenaza disfrazada de euforia: el volumen descontrolado. Más de mil millones de jóvenes están hoy en riesgo de perder parte de su audición por la exposición constante a sonidos por encima del umbral seguro. No se trata de una exageración sensacionalista, sino de un hecho documentado por la revista British Medical Journal Global Health y respaldado por expertos consultados por El País. La música, cuando se disfruta sin límites, puede convertirse en un enemigo silencioso, y el daño, en muchos casos, es irreversible.

La sordera no llega de golpe. Se cuela lentamente, agazapada en cada decibelio de más que toleramos por unos minutos de placer sonoro. El problema es que cuando la detectamos, ya es tarde. No hay forma de reconstruir las células ciliadas que protegen nuestro oído interno una vez destruidas por el exceso de ruido. En un mundo que romantiza el “vivir el momento” y el “sentir la música”, protegerse parece casi una actitud antisocial. Pero ¿de qué sirve oír cada nota si eso te va a costar no volver a oírlas nunca más?

Es aquí donde la prevención se convierte en una forma de resistencia. No hace falta renunciar al placer de un concierto para preservar la audición: basta con actuar con cabeza. Existen tapones de alta fidelidad que reducen el volumen sin matar la calidad del sonido. Hay apps que te dicen con precisión cuándo estás en zona de riesgo auditivo. Y hay medidas tan sencillas como alejarse de los altavoces, hacer pausas auditivas o simplemente regular el volumen de los auriculares. Cuidar los oídos no es incompatible con disfrutar de la música; al contrario, es la única forma de seguir disfrutándola a largo plazo.

Quien ha sufrido tinnitus —ese zumbido persistente que suena incluso en el silencio más profundo— lo sabe: la vida cambia cuando el oído falla. Se alteran el sueño, el ánimo y la concentración. El aislamiento social se hace más probable, y la calidad de vida se resiente. Aun así, la mayoría sigue ignorando los primeros síntomas tras una noche ruidosa: el zumbido, la sensación de taponamiento o la necesidad creciente de subir el volumen para entender una conversación. Y la industria musical, aunque cada vez más consciente, no siempre pone de su parte para reducir el impacto sonoro en los eventos.

Tapones con filtro y apps: aliados contra el daño auditivo

Frente a este panorama, surgen aliados tecnológicos y prácticos. Los tapones con filtro acústico reutilizables —mejor aún si son hechos a medida— permiten disfrutar de conciertos sin sacrificar la calidad del sonido. No son un lujo, sino una inversión en salud auditiva. Reducen entre 15 y 25 decibelios sin distorsionar la música y permiten seguir oyendo las voces sin aislamiento. A su vez, las aplicaciones móviles para medir el ruido ambiental han democratizado el acceso a la información: saber cuándo el entorno es peligroso para los oídos está hoy al alcance de cualquiera con un teléfono inteligente.

Y no todo depende de dispositivos externos. La ubicación en la sala, las pausas en lugares tranquilos y el sentido común siguen siendo factores decisivos. Si un concierto alcanza los 110 dB —como ocurre con frecuencia— no deberíamos estar allí más de dos o tres minutos sin protección. Lejos de los altavoces, en zonas centrales o traseras, el impacto es menor. E hidratarse, evitar el alcohol y dar al oído al menos 16 horas de descanso tras el evento no son manías de médicos: son protocolos básicos de recuperación sensorial.

Una decisión personal con consecuencias colectivas

Proteger la audición no debería ser un gesto aislado, sino un hábito colectivo que se normalice, como el uso del cinturón de seguridad o la protección solar. Hoy, usar tapones en un concierto sigue siendo visto como una rareza, una “excentricidad de adultos”. Pero cuanto antes asumamos que la salud auditiva es finita, más tiempo podremos gozar de lo que amamos. Porque perder la audición no solo nos aleja de la música: nos separa del mundo.

Cada vez que se asiste a un evento masivo sin protección, se está jugando una ruleta rusa con uno de los sentidos más delicados. La decisión es simple: prevenir o lamentar. La música es una de las pocas formas de arte que entra por el cuerpo. Cuidar los oídos es, en última instancia, una forma de cuidar el alma. @mundiario