Los secretos de la resaca: por qué a algunos les dura más que a otros
Hay dolores que se sienten en la piel, otros que retumban en los huesos, pero pocos tan traicioneros como el de una resaca en plena forma. La angustia vital, la náusea sin tregua, el dolor de cabeza pulsátil y una ansiedad que no parece tener raíz visible: todo ello conforma un cóctel más complejo que cualquier combinado de la noche anterior. Lo curioso —y desconcertante— es que, a pesar de ser una experiencia universal, la resaca sigue siendo un misterio para la ciencia. ¿Por qué hay quienes la sufren durante dos días y otros ni la rozan? ¿Cómo es posible que una misma cantidad de alcohol cause tal variedad de efectos?
La respuesta corta es que no lo sabemos. La larga, sin embargo, es fascinante. La investigación científica sobre la resaca avanza a paso lento. No es una prioridad sanitaria ni económica, aunque tal vez debería serlo. Entender sus mecanismos podría arrojar luz sobre trastornos más profundos relacionados con el consumo de alcohol y la salud mental.
Cuando bebemos, el cuerpo convierte el alcohol en acetaldehído, una sustancia 20 veces más tóxica. Esta reacción química, lejos de terminar con la digestión del alcohol, desencadena un efecto dominó: inflamación cerebral, desequilibrio de neurotransmisores y fallos en las mitocondrias, las fábricas de energía celular. A esto se suma la deshidratación, la fatiga y la alteración del sueño. Y por si fuera poco, al despertar nos enfrentamos al fenómeno conocido como hangxiety o resaca emocional, que no es ninguna exageración. La ciencia ha demostrado que, al disminuir el efecto del alcohol, el cerebro pasa de la calma del GABA al frenesí del glutamato. De ahí ese estado de alerta, nerviosismo y ansiedad que nos hace repasar cada palabra dicha la noche anterior.
Pero lo más desconcertante es la variabilidad. Hay personas —un 23%, según estudios— que son inmunes a la resaca. Ni dolor de cabeza, ni náuseas, ni culpa existencial. ¿Qué tienen ellos que no tenemos nosotros? Se ha propuesto una posible base genética, aunque los estudios aún no son concluyentes. Lo mismo ocurre con los desafortunados que, tras un par de copas, quedan noqueados durante dos días. La genética podría jugar en su contra, haciendo que su sistema inmunológico reaccione con especial violencia a los efectos del alcohol.
Una consecuencia molesta
También hay sospechosos habituales: sensibilidad a los sulfitos del vino, reacción a la levadura de la cerveza o incluso la edad. Aunque sorprendentemente, algunos estudios afirman que con los años las resacas tienden a ser más leves. No porque el cuerpo tolere mejor el alcohol, sino porque envejecemos con una sensibilidad al dolor algo disminuida. Vamos, que nos duele igual, pero nos quejamos menos.
Todo esto no hace más que reafirmar la idea de que la resaca es algo más que una simple consecuencia molesta del alcohol. Es un espejo, una pista de cómo nuestro cuerpo y mente se defienden ante un agente invasor. Entender por qué algunos quedan arrasados durante días y otros sobreviven sin un rasguño es un rompecabezas bioquímico, psicológico y hasta social. Y quizás, si se invirtiera más en estudiarla, podríamos empezar a desmontar no solo sus efectos, sino su papel en la normalización del consumo excesivo.
Mientras tanto, solo nos queda seguir preguntándonos por qué la resaca parece tener sus favoritos. Y aceptar que, si el castigo no llega hoy, quizá solo estemos aplazando lo inevitable. @mundiario