Desinformación en salud y el riesgo del autor no cualificado
No es raro encontrar artículos titulados “Cinco alimentos que curan la hipertensión”, “El mineral que tu médico no quiere que descubras”, o “Cómo eliminar el estrés con un solo suplemento natural”.
Como médico, docente universitario y jefe de departamento de cardiología en países allende los mares, he leído en los últimos años a una proliferación alarmante de artículos, columnas, entradas de blog y publicaciones en redes sociales que abordan temas de salud y bienestar sin el menor rigor científico, firmados por personas que no solo carecen de formación sanitaria, sino que tampoco han adquirido competencias básicas en documentación biomédica ni en interpretación de evidencia. Esta tendencia, que ya era preocupante antes de la popularización de las herramientas de inteligencia artificial generativa, se ha intensificado con ellas. Y no se trata de una excentricidad anecdótica: es un fenómeno que entraña riesgos serios para la salud pública.
UNA EPIDEMIA DE CONTENIDOS SIN FUNDAMENTO
El ecosistema digital, propulsado por algoritmos que premian el clic fácil y los títulos llamativos, ha propiciado que cualquier persona, con o sin conocimientos, publique contenido sobre cómo mejorar el sueño, reducir la ansiedad, bajar el colesterol o “desintoxicar el cuerpo”.
Muchos de estos textos ni siquiera parten de la lectura de fuentes contrastadas, algo que es imprescindible para que lo afirmado o rechazado sea realmente plausible; son productos derivados de resúmenes automáticos, copias superficiales de otros contenidos malinterpretados, o —cada vez más— de interacciones con herramientas de inteligencia artificial sin criterio clínico en la formulación de la consulta.
No es raro encontrar artículos titulados “Cinco alimentos que curan la hipertensión”, “El mineral que tu médico no quiere que descubras”, o “Cómo eliminar el estrés con un solo suplemento natural”. Estos textos suelen estar redactados con soltura, emplean un tono pseudoacadémico, y en ocasiones mencionan estudios científicos de manera superficial, sin haberlos leído o comprendido. Se cita PubMed como se cita a Coelho en una novela de autoayuda: para impresionar, no para argumentar.
Este fenómeno tiene un componente particularmente inquietante: la autoridad que proyecta quien escribe. En el mundo digital, un buen diseño gráfico, una redacción fluida y un nombre anglosajón en el perfil pueden bastar para que el lector lego otorgue credibilidad a lo que lee.
Y aquí comienza el verdadero problema: el lector, que busca mejorar su calidad de vida, toma decisiones basadas en estas lecturas. Modifica su dieta, compra suplementos, interrumpe tratamientos, desconfía de su médico, cambia hábitos fundamentales. Y lo hace porque ha leído, en un texto aparentemente riguroso, que “el ajo crudo es más efectivo que un IECA, por poner un ejemplo” o que “la ansiedad se debe a un desequilibrio energético en el chakra raíz”.
El lector no tiene por qué saber que el artículo carece de respaldo clínico. Pero quien lo escribe, aunque no sea profesional sanitario, tiene la obligación moral —y en algunos contextos, legal— de no inducir a error en materias que afectan a la salud, con tal de subir sus audiencias o lecturas. El problema es que muchos de estos autores ni siquiera saben que están desinformando. Porque no saben buscar, no saben leer estudios clínicos, no conocen los criterios de calidad de la evidencia, ni la jerarquía entre opiniones de expertos y revisiones sistemáticas. Ni siquiera saben qué significa “nivel de recomendación” o “grado de evidencia”.
El mayor desastre resulta cuando quienes escriben, sin el más mínimo rigor científico, son personas que se denominan médicos especialistas. Un tal Dr. Abellán o Dr. Rojas, aseguran ser cardiólogos y, por tanto, tienen la suficiente autoridad como para decir las mismas chorradas que los periodistas legos. Ese tipo de autopromoción debería estar prohibido; pero como casi todo, sencillamente las autoridades ni se enteran, y de hacerlo, lo pasan por alto. ¿Quieres hacerte promoción y proclamar lo bueno que eres en tu oficio? ¡Coño, hazlo bien!
Las herramientas de IA, como las utilizadas para generar textos automáticamente, pueden ser útiles —como lo es una calculadora para quien sabe de matemáticas—, pero no pueden suplir la falta de conocimiento. Darle a una IA una pregunta mal formulada o sesgada es como pedirle a un alumno de primero de medicina que opere un corazón con acceso libre a una enciclopedia. No importa que el texto resultante esté bien redactado. Si parte de premisas falsas, mal documentadas o no contrastadas, seguirá siendo un texto potencialmente peligroso.
He tenido la oportunidad de probar cómo algunas plataformas de IA redactan artículos sobre patologías cardiovasculares. Y me he llevado las manos a la cabeza, o me he dicho ¿quéeee?, o simplemente me he reído o cabreado intensamente – según me pille el día —. Si bien ofrecen textos gramaticalmente impecables, con estructuras lógicas, el contenido está plagado de simplificaciones, exageraciones y errores de interpretación. Escriben, por ejemplo, de “desintoxicar el miocardio con alimentos ricos en antioxidantes”, o de “prevenir infartos con respiración consciente”.
No creo que haya intención de engañar (sería el colmo). Pero sí una peligrosa combinación de ignorancia clínica y exceso de confianza tecnológica.
Lo más preocupante de esta tendencia es su capacidad para erosionar la confianza en el sistema sanitario de cualquier país.
Cuando un paciente lee en una web popular que “los médicos no quieren que sepas esto”, y que “la presión arterial se puede controlar sin fármacos solo con frutas exóticas”, comience a desconfiar de las recomendaciones médicas. No importa cuántas guías internacionales avalen un tratamiento. El paciente ya ha sido seducido por un relato más simple, más bonito y sin efectos secundarios aparentes (con demasiados años de experiencia, para mi gusto, estoy en condiciones de afirmar que, hasta ahora, no conozco ningún fármaco que no produzca efectos “indeseados o francamente secundarios”).
Esto es grave en cualquier especialidad, pero lo es especialmente en cardiología – quizá porque es la mía —, donde la adherencia terapéutica es fundamental, y el abandono de la medicación puede conducir a eventos irreversibles. He recibido en consulta a pacientes que dejaron sus betabloqueantes por miedo a “dañar su hígado”, o que sustituyeron una estatina por levadura roja de arroz “porque lo leyeron en un artículo muy bien explicado”.
¿QUÉ RESPONSABILIDAD TIENEN LOS MEDIOS?
Los medios digitales que publican este tipo de contenidos sin filtros ni revisión profesional actúan con una grave irresponsabilidad. El hecho de que no haya una exigencia legal directa no los exime de su papel en la configuración del discurso público sobre salud. Algunos se amparan y escudan en cláusulas de exención de responsabilidad (“Este contenido no sustituye el consejo médico profesional”), pero eso es insuficiente.
Cuando un lector recibe información redactada con autoridad, en un entorno visualmente profesional, y sin advertencias claras, tiende a asumir que es información fiable y plausible.
Hay un elemento añadido: muchos de estos textos están financiados por intereses comerciales. Promocionan suplementos, programas de bienestar o productos alternativos, sin que el lector sepa que está siendo objeto de una campaña de marketing disfrazada de divulgación (qué médico no ha recibido proposiciones de llevarse un regalo de la hostia, o ir gratis y por la cara a muchos congresos internacionales si pública que un determinado producto farmacológico es lo mejor de lo mejor? Porque un servidor cientos, y me da un mal rollo…)
Esta confusión entre información y publicidad médica es especialmente lesiva para el público general, que carece de herramientas críticas para discernir.
No basta con quejarnos desde los despachos o desde los congresos médicos. Resulta urgente que el colectivo médico y sanitario asuma un papel más activo en la divulgación rigurosa (pero, la urgencia, no existe). Hay que ocupar los espacios digitales, generar contenidos accesibles y comprensibles, y formar parte del diálogo público sobre salud.
No podemos permitir que los huecos que dejamos en la conversación sean ocupados por voces desinformadas pero persuasivas.
Además, es esencial que exijamos a las plataformas digitales y medios de comunicación filtros básicos de veracidad y calidad cuando se trata de contenido sanitario. Así como nadie se atrevería a publicar una guía de pilotaje de aviones escrita por un novelista, deberíamos impedir que se publiquen guías de salud redactadas por autores sin ninguna formación biomédica.
Aun sabiendo que, esto caerá fijo en saco roto… si es que tienen saco.
UNA LLAMADA A LA ÉTICA INFORMATIVA
La salud no puede ser tratada como entretenimiento ni como escaparate comercial. El derecho a la información rigurosa sobre salud (o cualquier otro tema, ¡por Dios!) es, en última instancia, un derecho fundamental de la ciudadanía. Y atenta contra él quien, desde la ignorancia o el oportunismo, siembra confusión, alimenta mitos, o pone en riesgo la vida y el bienestar de personas reales. La salud y la medicina, no tolera OPINIONES, como podría ser el caso de otros temas: política, arte…
Como médico y docente, creo tener autoridad para escribir que estamos a tiempo de revertir esta tendencia. Pero necesitamos rigor, compromiso ético y presencia profesional activa en los espacios donde hoy se construye el relato de la salud. Porque cada artículo erróneo puede traducirse en decisiones dañinas. Y cada decisión errónea, en un paciente que sufre las consecuencias de confiar en quien nunca debió hablar en nombre de la ciencia médica.
Un servidor, cada vez que lee alguna chorrada de este tipo, se “descuajaringa”; unas veces de risa; otras veces de horror.
P.S.— Como lo firmo, pues lo escribo. ¡Y aquí estoy a la disposición de supuesto ofendido! @mundiario