La covid persistente y la celiaquía son reconocidas como enfermedades crónicas

Un paciente hospitalizado. / RR. SS.
Sanidad y las comunidades aprueban un documento común para el abordaje de la cronicidad.

El Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas han dado este viernes un paso que llevaba años gestándose en los márgenes de la atención médica: reconocer oficialmente como enfermedades crónicas a patologías como la covid persistente y la celiaquía. Una decisión que no solo pone nombre a la realidad de cientos de miles de personas, sino que comienza a reparar años de incertidumbre clínica, desamparo institucional y relatos individuales invisibilizados. El acuerdo alcanzado en el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud no es una mera etiqueta administrativa. Supone, en la práctica, la apertura de rutas asistenciales claras, protocolos comunes y, sobre todo, un reconocimiento de que estas dolencias no son pasajeras ni imaginadas.

En el caso de la covid persistente, la demora institucional ha sido especialmente dolorosa. Cientos de miles de personas han vivido atrapadas en un cuerpo que ya no responde igual que antes de infectarse, pero sin una hoja de ruta clínica que les amparase. Los síntomas, tan dispares como devastadores —niebla mental, dolores musculares, disnea, alteraciones cardíacas, fatiga crónica— eran muchas veces minimizados o atribuidos a otras causas. Se trataba de una enfermedad sin diagnóstico certero, sin tratamiento curativo, sin cifras oficiales. Y, lo más hiriente, sin credibilidad. La decisión de incluirla como dolencia crónica no cura, pero al menos dignifica.

Para muchas personas afectadas por covid persistente, lo más duro no ha sido el dolor físico, sino el cuestionamiento constante. Que la dolencia no se viera, que no tuviera un marcador biológico concluyente, generaba una duda sistémica sobre la legitimidad del sufrimiento. “Hasta ahora nos decían que nos íbamos a curar, pero por desgracia todavía estamos enfermos y muchos vamos a peor”, cuentan al diario El País desde asociaciones de pacientes como Long COVID Aragón. Ahora, con este reconocimiento, empieza a revertirse una narrativa dañina: ya no es el paciente el que debe convencer al sistema sanitario de que está enfermo; es el sistema el que, por fin, se compromete a acompañarlo.

Y es que cuando una enfermedad entra en la categoría de “crónica”, cambia todo. No solo se abren protocolos clínicos y seguimiento especializado, también se abren puertas a recursos públicos: más acceso a prestaciones, mejor coordinación con servicios sociales o educativos, y sobre todo una atención más estable y menos dependiente de la voluntad del médico que toque en cada centro de salud. El reconocimiento no es solo simbólico: es estructural.

La celiaquía, una vieja conocida sin el apoyo suficiente

Aunque la celiaquía está mucho más diagnosticada y normalizada en el discurso social, su inclusión oficial como dolencia crónica tiene una lectura importante: acerca el reconocimiento institucional a las reivindicaciones históricas del colectivo. En España, se estima que entre un 1% y un 2% de la población es celíaca. Y, sin embargo, su único tratamiento —la dieta estricta sin gluten— sigue sin estar financiado.

El paso dado este viernes puede allanar el camino hacia la financiación pública de productos sin gluten, como ya ocurre en otros países europeos. Porque si una persona celíaca necesita seguir esa dieta toda la vida, el coste económico no puede seguir recayendo exclusivamente en las familias. La cronicidad, cuando se asume con todas sus consecuencias, implica también una visión de justicia social.

La enfermedad como construcción social y política

Lo que el CISNS ha aprobado este viernes no es solo un documento técnico, sino un cambio en la mirada colectiva sobre la salud. Decidir qué enfermedades se consideran crónicas es, también, decidir qué sufrimientos merecen estabilidad, seguimiento y comprensión institucional. Es una construcción política que tiene efectos reales sobre la vida de las personas.

Durante años, tanto la covid persistente como la celiaquía han habitado una suerte de limbo clínico: presentes pero inasibles, molestas pero mal definidas, reales pero dudadas. El reconocimiento como enfermedades crónicas no resolverá todos los retos —seguirá sin haber cura para la covid persistente, y seguirá siendo difícil detectar casos de celiaquía silente—, pero al menos encuadra mejor la realidad, con una nomenclatura que obliga a actuar.

El reto, a partir de ahora, está en pasar del acuerdo político a los cambios tangibles. Porque tener un protocolo escrito no garantiza que se aplique, y declarar algo como crónico no evita que se sigan cometiendo negligencias. Se necesita formación específica en los centros de salud, implicación en los servicios sociales, sensibilidad en el ámbito educativo y, sobre todo, voluntad política para dotar de recursos las buenas intenciones. @mundiario