Comes sano y no adelgazas: el problema podrían ser los ultraprocesados
Los pasillos del supermercado están llenos de enemigos disfrazados. Envases coloridos, ingredientes "saludables", promesas de energía, saciedad y bienestar. Las barritas de cereales, los espaguetis instantáneos, los yogures, las sopas listas para calentar. Todos ellos tienen algo en común: pertenecen al universo de los alimentos ultraprocesados. Y lo que hasta hace poco se intuía, ahora lo confirma la ciencia: incluso si una dieta está bien planificada desde el punto de vista nutricional, la presencia de estos productos puede frenar, o incluso bloquear, la pérdida de peso.
Una nueva investigación liderada por la Universidad Global de Londres ha puesto el dedo en la llaga. No basta con mirar calorías, grasas o proteínas: la forma en la que están diseñados los alimentos también cuenta. Este estudio, publicado en la revista Nature, demostró que los participantes que siguieron una dieta baja en ultraprocesados perdieron más del doble de peso que aquellos que, con una dieta igualmente equilibrada, incluyeron productos procesados en su alimentación. Y eso que ambos grupos comieron lo mismo… al menos sobre el papel.
El hallazgo no solo es revelador, es incómodo. Porque obliga a mirar más allá de la etiqueta nutricional y asumir que comer sano no es solo una cuestión de números, sino de estructuras, texturas, estímulos y hasta engaños. Los ultraprocesados están diseñados para ser irresistibles, para que el cuerpo no se sacie, para que siempre quieras un bocado más. En otras palabras: son una trampa invisible que funciona incluso cuando crees estar haciendo las cosas bien.
Más preocupante aún es que este tipo de alimentos no son marginales ni exclusivos de un grupo poblacional concreto. Están en todas partes. Son baratos, accesibles, y muchas veces vendidos como opciones “fit”, “light” o “naturales”. En España, según una investigación de 2018, el 20,3% de los alimentos que los españoles consumen son ultraprocesados. Pero en ciertos hogares, especialmente en contextos de menor poder adquisitivo, la proporción es mucho más elevada.
El envase bonito no adelgaza
La idea de que comer equilibrado basta para perder peso está desfasada. La calidad real de los alimentos importa tanto como su valor nutricional. Y es aquí donde los ultraprocesados, incluso aquellos que cumplen con las recomendaciones oficiales, pierden su máscara. No todos son iguales, por supuesto, y no se trata de demonizar. Pero sí de comprender que su alto nivel de procesamiento, el uso de aditivos y el diseño industrial con fines comerciales afectan a cómo el cuerpo los percibe y los gestiona.
No es casualidad que el estudio liderado por Samuel Dicken también registrara diferencias en la sensación de saciedad. Según señala El País, las personas que consumieron productos mínimamente procesados comieron menos, se sintieron más satisfechas y, como consecuencia, perdieron más peso. El cuerpo no responde igual ante un puñado de avena natural que frente a una barrita "energética" que la contiene, pero además lleva edulcorantes, aceites refinados, conservantes y saborizantes.
¿Responsabilidad individual o política?
Cargar sobre las personas toda la culpa de su obesidad o de su incapacidad para adelgazar es una postura cómoda, pero ciega. Los ultraprocesados están en el centro de un sistema alimentario que beneficia a las grandes industrias y margina las opciones realmente saludables. Si queremos que las dietas saludables sean eficaces, también deben ser sostenibles, accesibles y realistas. No basta con decirle a alguien qué comer: hay que garantizar que pueda hacerlo.
Las políticas públicas deben dejar de mirar hacia otro lado. Así como se han implementado etiquetas nutricionales o restricciones publicitarias en productos dirigidos a menores, ha llegado el momento de incorporar el grado de procesamiento como un factor clave. Porque no todos los alimentos que brillan son oro. Y no todo lo que tiene “0% azúcares añadidos” es bueno para la salud.
Mientras los científicos piden más estudios, los supermercados siguen llenando sus estantes con “soluciones” para la vida moderna: rápidas, sabrosas, listas para llevar. Pero la comodidad tiene un precio, y ahora sabemos que no solo se paga en euros, sino también en kilos y salud. Perder peso no es solo una cuestión de fuerza de voluntad. También es una cuestión de entorno, de información clara, y de políticas que protejan al consumidor. @mundiario