Yolanda Díaz y Puigdemont buscan espacio político

Carles Puigdemont tras salir de la cárcel la tarde de este viernes en Cerdeña. / Twitter @KRLS
Carles Puigdemont tras salir de la cárcel en Cerdeña.

Una y otro gesticulan y exaltan a sus fieles mientras pierden influencia en las decisiones gubernamentales donde Sánchez y Aragonés consolidan su alianza.

Yolanda Díaz y Puigdemont buscan espacio político

La Ministra de Trabajo ha aprovechado la fiesta anual del Partido Comunista para postular su candidatura a las próximas elecciones al frente de una estructura por definir y por crear. Como en las series televisivas trata de mantener la audiencia planteando cada semana nuevos giros de guión, sobre su posible liderazgo, los aliados con los que pretende concurrir, el programa político o las alianzas para gobernar, mientras desarrolla una intensa y bien diseñada campaña de imagen. Que las encuestas reflejen su creciente reconocimiento, habla tanto de la profesionalidad de su equipo como de la tolerancia del Presidente Sánchez, más cómodo con ella que con su antecesor Pablo Iglesias.

El problema de Yolanda Díaz, que ella intenta transformar en impulso, reside en las contradicciones en que incurre. Defiende una alternativa más amplia que Unidas Podemos, que incluya a las escisiones y confluencias del estalinismo "cuqui" de Iglesias. (La cursilería de esta última afirmación descalifica a Errejón como analista). Teresa Rodríguez y Errejón, ambos expulsados por Iglesias, Mónica Oltra en Valencia o Ada Colau en Barcelona, serían los mimbres principales para hacer el nuevo cesto que ayer se llamó Unidas Podemos, antes sólo Podemos, mucho antes Izquierda Unida y todavía más años atrás PCE. Pero mientras la candidata predica que quiere construir con la gente, pone de manifiesto que se trata de acomodar las ambiciones del puñado de políticos citados y otros muchos. Con la argamasa organizativa e ideológica del Partido Comunista, que ahora es tan verde y ecológico como antaño pacifista.

No es menor contradicción proclamar que el PCE es el único partido que nunca se ha equivocado. A  la vista de los resultados electorales de los últimos cuarenta años pareciera que los equivocados serían los millones de españoles que no lo votaron. Como no es pequeña contradicción abanderar en la oposición la crítica al precio de la luz o a la carestía de la vivienda y estar en el Gobierno para no hacer nada de lo necesario, cuando no para aceptar mansamente lo que su socio mayoritario, el PSOE,  con más experiencia y solidez ideológica le imponga. Véase la última pirueta dialéctica sobre el salario mínimo, incrementado cuando Sánchez, de la mano de la Vicepresidenta económica ha estimado que ahora era el momento y la cuantía adecuada para no desairar a la Ministra de Trabajo sin darle satisfacción plena. A cambio de ceder, le dejan hacerse la foto.

La hiperactuación de la Ministra es rasgo identitario en Carles Puigdemont, fugitivo errante, que tras la poca digna escapatoria de la Justicia, ha visto como su partido pasaba a la tercera posición parlamentaria y su propia figura era poco a poco difuminada por la nueva realidad. No sabemos si su presencia en Cerdeña fue buscando la detención y un poco de atención mediática o simplemente si la inercia burocrática de la Justicia lo alcanzó allí como antes lo había alcanzado en Alemania. Para el caso es indiferente pues las consecuencias en uno y otro caso son las mismas: un poco de protagonismo rápidamente controlado por su sucesor en el cargo que mientras lo colma de afecto procura que la alianza de intereses con el Presidente del Gobierno español no se vea entorpecida por un personaje políticamente acabado. Hasta el propio Sánchez se ha permitido sugerirle que su mejor opción es presentarse ante los jueces. Le está sugiriendo que, tras los indultos, su estancia en prisión sería simbólica a cambio de lo cual retornaría a la vida pública, si bien inhabilitado. No se puede mostrar mejor la irrelevancia del personaje errante.

ABASCAL SE DESMARCA DE LOS NEONAZIS

Si la semana terminaba con esos dos políticos a la búsqueda de espacio, el comienzo había sido una escena típicamente surrealista de la política española. Una pequeña manifestación de doscientas personas, relacionadas con grupos neonazis, celebrada en el distrito madrileño de Chueca con un carácter provocador aunque sin actos violentos, daba lugar a exaltados discursos políticos. Parece ser que los manifestantes habían comunicado preceptivamente su objetivo pero engañando sobre el contenido de la reivindicación. Lo que fue presentado como protesta por la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, derivó en insultos a los colectivos homosexuales,  menores inmigrantes y otros.

La Delegada del Gobierno impuso al día siguiente multas a los organizadores además de considerar sus actos de “vomitivos”, expeditivo lenguaje en boca de una alta funcionaria gubernamental. La Ministra de Igualdad anunció que serían demandados por presuntos delitos de odio, a lo que se sumaron varios grupos políticos. Éstos, siguiendo el argumentario de sus respectivas organizaciones, insistieron en considerar que Vox extiende un discurso del odio que provoca las citadas manifestaciones. En el extremo opuesto, Abascal, en nombre de Vox, consideró que eran agentes provocadores del Gobierno, desmarcándose absolutamente de ellos. En otros términos, los manifestantes no forman parte del paisaje político a pesar de los inflamados discursos. Mero problema de orden público. @mundiario

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