¿Y en casa cómo estamos?: contradicciones en el discurso sobre la libertad de expresión

¿Dónde está la libertad de expresión?
¿Dónde está la libertad de expresión?

La marcha de repudio al terrorismo y en favor de la libertad de expresión incluyó a algunos líderes mundiales que, vistas sus actuaciones en casa, dejan mucho que desear.

¿Y en casa cómo estamos?: contradicciones en el discurso sobre la libertad de expresión

El mundo se conmovió con el atentado a la redacción de Charlie Hebdo, la revista humorística francesa. A partir de esta sentencia deberíamos empezar a cuestionar lo que dice el discurso oficial. La publicación es humorística para unos, la mayoría. Pero extremadamente ofensiva para una minoría, no tan pequeña, de siete millones de musulmanes, de los cuales un porcentaje considerable son franceses de segunda y tercera generación.

En el Islam, la práctica de la fe tiene un rol mucho más protagónico, en la vida cotidiana, que en lo que Occidente está acostumbrado a ver entre la mayoría de cristianos y judíos. Esa minoría más que considerable también tiene entre sus puntos de ideario central su pertenencia a una Umma, la comunidad de creyentes que en el mundo suma más d 1.500 millones de habitantes. Naturalmente hay variantes, como entre todos los creyentes, sin importar la confesión.

La expresión humorística, que podrá haberse mofado tanto del cristianismo como con el islamismo (aunque la balanza de portadas está a “favor” de estos últimos), para los musulmanes resulta sensiblemente más ofensivo. De ninguna manera esto justifica ni responsabiliza a los editores de Charlie Hebdo de la carnicería que ellos mismos padecieron. Pero sí esto forma parte del conocimiento de los responsables del Estado francés, que los debió proteger.

Pero esta expresión ofensiva para tantos tiene además un correlato en las intervenciones militares en Afganistán, bajo el paraguas de la OTAN, o como aliado forajido de Estados Unidos en Irak, Siria y Libia. O unilateral como en Mali y República Centroafricana. Todo esto con saldo de cientos de miles de muertos, heridos y desplazados en el medio. Eso es lo que perciben esos franceses (y del resto de Occidente) musulmanes, que fueron educados por los sistemas de esos mismos países, de lo que a diario hace la civilización occidental contra su fe, mientras reniega de palabra del Choque de Civilizaciones, pero lo practica con devoción permanente.

De todas las preguntas incómodas, Julian Assange señaló una más cínica: las autoridades francesas sabían de los planes de los hermanos Kouachi, y para montar una operación de prensa que exhibiera la efectividad de las fuerzas de seguridad. Pero les salió mal.

Pero lo cierto es que el 6 de enero, los servicios secretos argelinos notificaron a la DGSE, la inteligencia exterior de Francia, de la inminencia del atentado. Y la propia inteligencia gala tenía conocimiento de los hermanos Kouachi, uno de los cuales fue condenado por intentar ir a combatir a Irak, y otro por haber permanecido meses en Yemen.

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Libertad de expresión: el doble rasero

 

La tragedia de París fue adjudicada a un claro ataque de la intolerancia fundamentalista contra la libertad de expresión. Ese repudio se tradujo en millones de franceses marchando por la capital, en rechazo a semejante violencia.

No obstante, habría que comparar las reacciones sobre la libertad de expresión, por ejemplo en Siria. Entre mayo de 2011 y septiembre de 2014 perdieron la vida, en la república árabe, al menos 124 periodistas árabes, tanto trabajadores de medios oficiales de Siria como de países de la región.

Serena Shim, una periodista estadounidense de ascendencia libanesa murió en octubre de 2014 en Turquía, en un sospechoso accidente de tránsito, un día después de haber sido acusada por los servicios de inteligencia de ese país de haber cometido actos de espionaje.

Serena estaba cubriendo el sitio de Kobani por el ISIS, y la complicidad turca con los terroristas takfiríes, que reciben toneladas de armamentos de origen occidental, intermediados por Qatar, Arabia, Jordania y Turquía; o arrojados por reiterados “errores” de la aviación estadounidense que equivoca las coordenadas en el suministro a sus aliados en el norte de Irak.

Pero tal vez el hecho de que la muerte de Serena no tuviera eco es porque trabajaba como corresponsal del canal estatal iraní PressTV.

Ninguno de estos trabajadores de prensa árabes que reportaban para medios de Medio Oriente merecieron ser tratados del mismo modo que James Foley, y ni que hablar de manifestaciones como las que tuvieron lugar en París tras el ataque a la revista Charlie Hebdo. El año pasado, la Casa de los Sindicatos de Odessa fue prendida fuego por agitadores de Kiev, impidiendo a las 42 personas que estaban adentro pudiera salir. Como los gobiernos de la Unión Europea apoyan a Petro Poroshenko, el hombre que depuso al gobierno electo de Viktor Yanukovich, ninguno de los de Odessa o de los miles del Donbass tienen su marcha.

Arabia Saudita es la cuna de la secta wahabita que infecta de fundamentalismo al mundo, ya sea con armas o financiando con petrodólares mezquitas, madrasas y predicadores en todos los continentes, especialmente de Europa y su principal sponsor, los Estados Unidos.

En ese reino, Raef Badawi (30), un bloguero cofundador de Saudi Liberal Network, no sólo tuvo su sitio baneado sino que fue encarcelado en 2012 y sentenciado a diez años de prisión y a recibir mil latigazos en público “por haber insultado al Islam”.  Un año más tarde las autoridades judiciales sauditas reconsideraron semejante crueldad y redujeron la cruel pena: siete años de prisión y seiscientos latigazos.

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Es cierto que Amnesty International, Reporteros Sin Fronteras y el Departamento de Estado de EE UU se pronunciaron sobre el hecho, pero no hubo una acción política concreta. Badawi tampoco tuvo su marcha ni encuentro de líderes mundiales reclamando su libertad. Su “crimen” fue criticar al wahabismo. 

En septiembre de 2012, el presidente de Austria, Heinz Fischer, condenó públicamente al líder del derechista Partido de la Libertad, Heinz Christian Strache, por postear en su cuenta de Facebook una caricatura “antisemita”. Lo cierto es que esa caricatura no tenía un ápice de provocación mayor a lo que habitualmente publica Charlie Hebdo, pero tampoco se acusó al mandatario austríaco de atacar la libertad de expresión.

En marzo de 2013, el embajador israelí en Berlín alzó su voz contra el diario muniqués Süddeutsche Zeitung por haber publicado una ilustración que describía a Israel como un monstruo salvaje, hambriento y con cuernos. La sátira era hacia el Estado de Israel, que de hecho recibe armamento producido por Alemania, en gran parte de los casos de forma gratuita.

No solo no se escucharon palabras contra un ataque a la libertad de expresión sino que otros medios aprovecharon para criticar al diario impreso en Munich. Criticas que no se hicieron a las provocaciones de Charlie Hebdo, ilustrando al Profeta Mahoma con un culo en la cabeza.

Richard Falk, relator especial de Naciones Unidas, publicó en 2011, en su blog personal, una sátira de una clásica imagen de la Justicia, con su vendaje, balanza y espada mirando para otro lado, mientras un perro la orina, vestido con una sudadera de Estados Unidos, un kippah y mascando un esqueleto.

Semejante atrevimiento movilizó al primer ministro británico, David Cameron, a instruir a los representantes del reino en Ginebra, a presentar una condena por “antisemitismo” contra Falk ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. ¿Y Charlie Hebdo? En el Reino Unido se estima que viven unos 300.000 judíos. También viven unos 2.5 millones de musulmanes.

En 2013, el 27 de febrero, día que se conmemora en el Reino Unido el "Holocaust Memorial Day", el diario Sunday Times publicó una caricatura de Gerald Scarfe sobre Benjamín Netanyahu construyendo un muro con la sangre y cuerpos de palestinos. Aunque claramente la crítica era hacia Netanyahu, Scarfe recibió la andanada de acusaciones por antisemitismo por parte del Congreso Europeo Judío y los representantes parlamentarios de la comunidad judía en Londres.

Netanyahu, sólo en un mes y medio de ataque contra Gaza en 2014, dejó un tendal de más de 2.400 muertos, con una abrumadora mayoría de civiles, niños, mujeres y ancianos. Entre esa terrible sangría, murieron por acción directa de las fuerzas armadas de Israel diecisiete periodistas.

Si de Israel y la libertad de expresión se trata, durante la ofensiva de Gaza del año pasado se llevaron a cabo 72 ataques contra periodistas claramente identificados: 17 reporteros perdieron la vida bajo las armas israelíes. En 2008, Israel detuvo e interrogó bajo tortura al periodista palestino de 24 años, Mohammed Omer, y provocó la muerte del camarógrafo Fadel Shana´a. En 2009 fueron 5 los trabajadores de prensa que perdieron la vida. Y la cuenta es más larga. 

Otra contradicción flagrante se ve en la propia revista Charlie Hebdo, cuando en 2009 uno de sus ilustradores, Maurice Sinet, conocido como “Sine”, fue enjuiciado acusado de antisemitismo, tras dibujar al hijo de Nicolás Sarkozy, de 22 años en ese entonces, casándose con Jessica Sebaun-Darty, heredera judía de una cadena de productos electrónicos, convirtiéndose al judaísmo por razones financieras.

¿Cuál fue la reacción del editor de Charlie Hebdo, Philippe Val? Le pidió a Sinet que se disculpara ante la comunidad judía, pero el dibujante se rehusó diciendo que “antes me corto las bolas”. Así fue que Sinet fue despedido.

La cumbre de la hipocresía se produjo apenas sucede el atentado. Un humorista fue detenido por haber posteado en su cuenta de Facebook algo que fue judicialiado por apología del terrorismo. Se trata de Dieudonné M'Bala que publicó "sepan que esta noche, en lo que a mi respecta, me siento Charlie Coulibaly". Esto demuestra que hay límites a la libertad de expresión, ante lo que se considera un límite. Pero esa línea roja se aplica solo a una parte, que es la que se siente violentada. Ese límite se le permitió y permite a publicaciones como Charlie Hebdo.

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