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Vox, producto indeseado del cortoplacismo de los grandes partidos españoles

Los discursos de la noche electoral, también los del día siguiente, son penosos en su huida de una realidad difícil de encarar. No faltan políticos, ni jefes, ni jefecillos. Lo que parece faltar son líderes que vean más allá de lo que todos vemos, votantes de Vox incluidos: que esto va sin rumbo.

Vox, producto indeseado del cortoplacismo de los grandes partidos españoles
Francisco Serrano y Santiago Abascal. / Mundiario
Francisco Serrano y Santiago Abascal. / Mundiario

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

Los grandes partidos estatales parecen afrontar una decadencia histórica. Incapaces de regenerar la vida pública,  ensimismados en discursos autorreferentes, hostiles al mínimo consenso y orientados al cortoplacismo, sólo pueden retroceder

El día después del terremoto electoral andaluz está siendo propicio a la queja. No es para menos a la vista de los resultados  electorales: descalabro de socialistas y populares, auge por primera vez de la derecha más radical, inédita en cuarenta años de democracia.

Varias razones explican su éxito fulgurante. Algunas son territoriales como la larguísima hegemonía socialista que junto a sus logros ha propiciado un sistema inmovilista, con algunos indicadores muy preocupantes, como las tasas de paro endémicas, la inmigración irregular y constante, los malos resultados educativos o el escándalo de los ERE, a día de hoy insuficientemente explicado.

Otros factores son de ámbito estatal, como la corrupción que afecta a los grandes partidos y contra la cual han sido incapaces de pactar unas normas de prevención. Y algunos afectan a la estructura del sistema político, como el conflicto catalán o el nuevo sistema de partidos. Recordemos que tanto Ciudadanos como Podemos han irrumpido con fuerza y por sorpresa en una coyuntura muy determinada, capitalizando distintos fenómenos que inquietaban a la sociedad. Podemos lo ha hecho con la crisis del 15-M que dio voz a los grandes perdedores de la crisis y Ciudadanos con el nacionalismo asfixiante de Cataluña y con la corrupción popular. Vox ha copiado la estrategia: mensaje simple, focalizar al enemigo, en este caso todos los demás partidos, aprovecharse del clima de malestar con el proceso secesionista.

A estas alturas la rebelión secesionista catalana, se ha llevado por delante a Artur Mas, a Carles Puigdemont, a Mariano Rajoy, acompañado de Soraya Sáez de Santamaría y de Dolores Cospedal, a Susana Díaz y amenaza con hacer lo mismo con Pedro Sánchez. Es un verdadero “tsunami” que de forma retardada va destruyendo liderazgos de quienes quisieron surfear la ola sin medir su gigantesco tamaño y su efecto de fondo.

El proceso secesionista no sólo ha cuestionado la arquitectura institucional española, desde la Corona hasta el Poder Judicial, pasando por la Constitución, sino que además ha difundido un discurso cuyo eco recoge Vox. Al predicar el supremacismo, el desprecio por los territorios menos desarrollados, el clasismo basado en la lengua y el desdén hacia todo lo ajeno a su propia cosmovisión, han radicalizado a un sector de la sociedad, ahora dispuesto a escuchar un discurso tremendista. La prudencia de Mariano Rajoy no le evitó ser tildado con todos los epítetos negativos, como la política más arriesgada de Pedro Sánchez no le está evitando críticas acerbas de sus posibles beneficiarios.

La dificultad, hoy metafísica, para que PSOE y PP pacten cualquier política, los deja desnudos ante un electorado radicalizado. Si los grandes fracasan, es la hora de los pequeños, parecen decirnos. La irresponsabilidad de Podemos, tildando a Ciudadanos y PP, de fascistas, falangistas, extremistas, etcétera, hace el resto. Si un sector de quienes los votaban, descontentos con su actuación, perciben que además son censurados sin pausa, lógicamente se sienten libres para explorar otras opciones de voto. Con todo ello, Vox parece inevitable. Si encuentra un Salvini, crecerá mucho.

Los grandes partidos estatales parecen afrontar una decadencia histórica. Incapaces de regenerar la vida pública,  ensimismados en discursos autorreferentes, hostiles al mínimo consenso y orientados al cortoplacismo, sólo pueden retroceder. El problema con los nacionalistas catalanes, como con los nacionalistas vascos, es básicamente que los territorios ricos no quieren cargar con el coste de los territorios más pobres. La ruptura de ese eslabón de solidaridad, es ahora percibida por un sector del electorado que a falta de mayor reflexión se envuelve en los símbolos del nacionalismo español más tradicional. ¿Pero acaso el nacionalismo no se ha envuelto en un haz de símbolos?.

No es un problema menor. De hecho está siendo secundado a buen ritmo por otros territorios, como Navarra y Baleares, también en el top de rentas más altas. A mayor debilidad del Estado, mayores embates de ruptura. Por desgracia nadie parece tener un objetivo más ambicioso que ocupar el poder de inmediato. Los discursos de la noche electoral, también los del día siguiente, son penosos en su huida de una realidad difícil de encarar. No faltan políticos, ni jefes, ni jefecillos. Lo que parece faltar son líderes que vean más allá de lo que todos vemos, votantes de Vox incluidos: que esto va sin rumbo. @mundiario