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MUNDIARIO

Volver a John Rawls

Ortega, a quien muchas veces se cita mal, decía “yo soy yo y mi circunstancia”, pero añadía algo que con frecuencia se omite: “Y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.

John Rawls.
John Rawls.

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Pablo González Mariñas

Pablo González Mariñas

El autor, PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS, es colaborador de MUNDIARIO. Es político, profesor de Derecho Administrativo y escritor. Fue miembro del Partido Galego Independiente y diputado por la UCD en el primer Parlamento de Galicia. Tras ser uno de los fundadores de Coalición Galega, en 1985 encabezó la escisión del sector más nacionalista, que dio origen al Partido Nacionalista Galego. Fue conselleiro de la Presidencia y diputado por el BNG. @mundiario

Volver es un verbo enigmático, ya que aclara una intención, una voluntad, pero no dice hacia dónde. Soporta, además, una connotación peyorativa: quien lo conjugue será sospechoso de conservadurismo. Y esto suele conducir al silencio, a la falta de valentía para proclamar muchas cosas que es necesario proclamar.

En este país nuestro tenemos hoy en día un grave problema: la gente no cree o desconfía de la Justicia. He oído que se la llama “bonoloto” cuando no cosas peores. No me refiero a la jueza visionaria de Lugo y su tarot, que pudiera ser una anécdota aunque lamentable, sino a los cientos de sentencias  contradictorias, con dorso más que inquietante, hechas con frecuencia a “corta y pega” a conveniencia, y en definitiva incomprensibles no sólo para los legos en Derecho. Y la tosca actuación de los fiscales, al servicio acrítico de las órdenes del Ministro o Conselleiro de turno.

La cosa viene de antiguo. Creo que fue en 1985 cuando Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, pronunció su famosa frase “aquí la justicia es un cachondeo”, que le costaría dura pena de inhabilitación. Pero es que veinticinco años después Felipe González, con tono aún más radical, afirmó: “la justicia está hecha unos zorros por el ganao que hay dentro”. Y no digo yo que confirme estas radicales opiniones, pero ahí están.

Pero hoy en día, al hilo de las redes sociales, las cosas, el problema, se ha “socializado”. La sentencia de La Manada y el otorgamiento a sus miembros de libertad provisional; el, por el contrario,  mantenimiento en prisión de los inductores o gestores del “proces”; la sentencia de Juana Rivas, tan agitada por movimientos feministas; la imposibilidad jurídica de divulgar el nombre de los acogidos a la ilegal, por inconstitucional, amnistía de Montoro, por no hablar del caso Noos… y tantas otras sentencias socialmente conflictivas han generado una profunda decepción de nuestra sociedad ante la Justicia y su aplicación. “Nuestra sociedad” y su opinión no es un concepto vacío. A todos nos enseñaron en el colegio y la Universidad que esencia, razón, libertad y crítica califican  –o deberían hacerlo– los cánones del comportamiento y sus juzgadores. Y la sociedad española percibe hoy que las cosas no funcionan así entre nosotros. Estamos en una gran crisis moral, en la que nada importa la distinción entre esencia y apariencia. Y nuestros jueces sufren para dictar sentencias que la sociedad no sólo acate –¿qué remedio?– sino que acepte el fallo como razonable y justo. Todo lo que no sea razonable, no merece ser Derecho.

Ante este verdadero tsunami, ¿resulta comprensible que nuestros partidos políticos, los convencionales y los otros, no hayan sido capaces de llegar al afamado “Pacto por la Justicia”, tantas veces anunciado? No se trata de un pacto electoral, sino algo más profundo: recuperar en las buenas el prestigio de los buenos jueces y las honestas sentencias.

Nuestra actual Justicia resiste la prueba en lo civil, pero difícilmente lo hace en lo contencioso (insoportable deferencia hacia la Administración), ni aún menos en lo penal, donde la ciudadanía se hace cruces a diario ante sentencias que no comprende. Falta pedagogía del Derecho, porque muchas de esas sentencias llegan a lomos de la obligatoriedad del juez de aplicar la ley sin mucho margen para la ponderación, que tanto reclaman Alexy y John Rawls.

Nuestras gentes están absortas, manejadas a veces por interesadas opiniones de minorías (basta pensar en Manos Limpias, ahora desmontada judicialmente), porque nadie les explica las cosas y el funcionamiento del juicio y procedimiento de aplicación de la ley.

La Justicia, como todo lo humano, puede incurrir en errores y defectos, claro que sí. Pero cuando estos se divulgan, interesadamente (¿) por quien sea, pueden llegar a ser destructivos. La estructura básica de la sociedad, dice Rawls, “es el objeto primordial de la Justicia”. No es cuestión de oportunidad o de circunstancia, es de esencia del sistema democrático. Ortega, a quien muchas veces se cita mal, decía “yo soy yo y mi circunstancia”, pero añadía algo que con frecuencia se omite: “Y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. @mundiario