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Vivir en Cataluña es difícil para la mitad de sus habitantes, pero muy cómodo para la otra mitad

La política española, instalada en el cortoplacismo, no es capaz de pactar nada sobre Cataluña. Los unos quieren liquidar la autonomía, los otros asegurarse los votos de sus diputados.
Vivir en Cataluña es difícil para la mitad de sus habitantes, pero muy cómodo para la otra mitad
Bloqueo por carretera del aeropuerto de El Prat. / Twitter
Bloqueo por carretera del aeropuerto de El Prat. / Twitter

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

Los radicales independentistas han conseguido colapsar en gran medida el aeropuerto de Barcelona, imitando la táctica de los manifestantes de Hong-Kong. Aunque solamente se han cancelado algo más de cien vuelos, pues muchas operaciones son en horario matutino, han logrado colapsar el interior del aeropuerto, el parking, los accesos y el cambio de turnos de los trabajadores. Consecuencia, una imagen internacional de desgobierno, miles de personas afectadas, daños sin cuantificar y la sensación de que, una vez más, el dispositivo policial funciona mejor reprimiendo que previniendo.

Y no sería por falta de avisos. Desde hace semanas los dirigentes, institucionales o sociales, lanzan continuas apelaciones a la movilización sin ahorrar palabras gruesas. Que a estas alturas no se hayan adoptado medidas contra el Presidente catalán, enemigo abierto del Estado de Derecho, no hace sino agregar preocupación. Y eso que, en contra de lo que se propaga, la sentencia judicial ayuda a desdramatizar el problema mucho más de lo que se ha publicado. Al sancionar los hechos pero simultáneamente dejar abierta la puerta a los beneficios penitenciarios, veremos una rápida acomodación de los presos a condiciones de vida muy llevaderas. 

Todo ello es consecuencia de tres problemas que arrastramos. En primer lugar, y no es el problema menor, una falta de comprensión del problema catalán, que no es el problema de todos los catalanes, pero sí del nacionalismo catalán, electoralmente hegemónico. Desde la política estatal, tradicionalmente más centralista en la práctica de lo que se predica en los discursos, se ha entendido que el problema se resolvía apoyando al Gobierno autonómico y cerrando los ojos. Ha sido el segundo problema, que ha llevado a sostener a Pujol y a Convergencia Democrática sabiendo el nivel de fraude en el que estaban instalados. 

El tercer problema es más triste. El PSC se ha introducido en un laberinto ideológico que le ha llevado a perder electorado, referentes e incluso anclaje social definido. Y por encima a defender posiciones que contribuyeron a llegar al actual conflicto con el Estatuto impulsado por Maragall. La alternativa que en un momento pareció representar Ciudadanos, se ha disuelto en la inanidad de sus dirigentes.

La política española, instalada en el cortoplacismo, no es capaz de pactar nada sobre Cataluña. Los unos quieren liquidar la autonomía, los otros asegurarse los votos de sus diputados. Cuando cambia el Gobierno cambian los papeles, pero nada varía. Aznar hablaba catalán en la intimidad, por ejemplo. El pacto no puede ser sobre la suspensión de la Autonomía una vía sin salida como bien entendió Rajoy. Debería de ser sobre las pautas de encauzamiento del problema, la famosa “conllevanza” orteguiana, que no dará resultados a corto plazo pero ayudará a mantener una convivencia ordenada y a impulsar el pluralismo.

Hoy cuando, decenas de miles de personas protestaban en la Via Layetana o en el aeropuerto barcelonés, no hemos escuchado a ningún dirigente político español hablar del futuro. Bien al contrario nos han regalado declaraciones ajenas a lo que ocurría en la calle. Pocas veces la distancia entre Madrid y Barcelona ha sido mayor. Para la mitad de los catalanes que no votan nacionalismo, el mensaje es reiterativo: callar o marchar. Hoy han sido silenciosos, como casi todos los días del año. Los del ruido ya les han dicho que el país no es para ellos, no es para todos, sólo para los que gritan su fe en la Tierra Prometida. Que haya ciudadanos de dos categorías no es un invento catalán, ocurre en otros países democráticos sin que produzca mayores tensiones. Unos dirigen y gobiernan, otros son dirigidos y gobernados. Como en las empresas, unos mandan y otros obedecen, y a nadie se le ocurre invocar la democracia. @mundiario