Venezuela, ¿ha llegado el fin de la usurpación?
Por lealtad, temor, chantaje o corrupción, los más de 200.000 militares repartidos en cuatro cuerpos siguen a las órdenes de Maduro.
"La comunidad internacional no nos va a dejar solos. Tenemos que trabajar juntos para el cese de la usurpación. Esta dictadura se va a acabar". Con estas palabras reapareció Leopoldo López a las puertas de la embajada española en Venezuela, donde se encuentra desde el pasado miércoles 1 de mayo. Esta llamada –no exenta de riesgos– quiere demostrar que el hospedaje en la residencia del embajador español no significa un paso atrás, sino uno más en el largo camino hacia la restitución de la democracia.
Si no fuese por la distancia que separa este gesto del que protagonizó Hugo Chávez en el año 1992, todo parece indicar que algo importante se está gestando.
"Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la capital”, pronunció entonces el joven comandante, respaldado por un centenar de militares, cuando falló en su intento de Golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez. Habían pasado más de treinta años desde que el “sistema de Punto Fijo” hubiera tomado el testigo al gobierno del dictador Pérez Jiménez.
El gobierno de Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei) fueron alternándose en el poder. Durante los años setenta, la “Venezuela saudita” fue un estado rico y próspero, que podía permitirse un elevado gasto social financiado, fundamentalmente, por los recursos procedentes del petróleo. La inversión pública y las grandes infraestructuras acompañaron a un país que nadaba en la abundancia del crecimiento. Pero el ciclo cambió, la deuda pública comenzó a ser una amenaza para la estabilidad y la espiral de inflación y desempleo marcaron la segunda etapa del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Aquel “por ahora” de Chávez se convirtió en el primer lema de su campaña electoral.
Tras el indulto, que le llegó de la mano de Rafael Caldera, el militar cambió el uniforme por la corbata, compitió y ganó holgadamente en las urnas, alzándose con el poder en 1998, en una Venezuela sumida en el trauma del “Caracazo” tras el que se sucedieron las revueltas, protestas y saqueos. Llegaba la Revolución Bolivariana, según dijo, para salvar al país del desastre de los partidos tradicionales, regenerar la política y devolver a la sociedad la justicia redistributiva.
Ya al mando Hugo Chávez logró ciertos “milagros” económicos con el petróleo a 130$ el barril, pero eran artificiales, no reales. Su sucesor, Maduro, quiso seguir alimentando a los que no tenían nada que perder, se envolvió en una ficción democrática en forma de referéndums encadenados a los que el tiempo acabó por limpiar el maquillaje y destapar el verdadero rostro de una realidad dictatorial. Ni el control artificial de los precios, ni la creación de sucesivos sistemas monetarios, ni el virtual Petro, han podido mantener en pie a un país que vive atenazado ante la paradoja de unos recursos naturales muy valiosos y la miseria más absoluta de la población.
El gobierno ha venido repitiendo un trampantojo hasta en 25 ocasiones en el último lustro: a la vez que suben los precios por una hiperinflación desbocada, desde Miraflores hacen lo propio con el salario mínimo. Hasta en 6 ocasiones lo han subido el año pasado y todo para situarlo en el peor de América, 4 dólares al mes, sí, al mes, eso es su equivalencia.
Pero no es la primera vez que un 1 de mayo trata de sacudirse una dictadura en Venezuela. Fue esa la fecha de 1957 en la que comenzó el proceso que se decantó el 23 de enero de 1958 y acabó con el régimen perez-jimenista. Entonces, igual que ahora, muchos venezolanos salieron a la calle para reclamar un cambio, empujados por el hambre y la inseguridad. Entonces, igual que ahora, las promesas vacías acabaron con la paciencia de miles de ciudadanos que desean la vuelta a la democracia y la prosperidad.
Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, se puso al frente de la movilización y asumió la presidencia interina del país, con el reconocimiento de más de cincuenta países. La Constitución lo avala, pero con el poder electoral en manos de Tibisay Lucena –fiel chavista–, la fiscalía controlada por el oficialismo, el Tribunal Supremo gobernado por los jueces de Maduro y todos los poderes en su contra, le queda aguardar un cambio de posición en los mandos militares, que no parece haberse producido.
Por lealtad, temor, chantaje o corrupción, los más de 200.000 militares repartidos en cuatro cuerpos siguen a las órdenes de Maduro. Los castrenses son ahora también empresarios, políticos, distribuidores de alimentos y, cómo no, petroleros y mineros. Maduro les concedió lo que Chávez nunca permitió, y puso en sus manos la exploración y explotación de los yacimientos de petróleo, al mismo nivel que la estatal Petróleo de Venezuela (PDVSA).
Lo peor que puede suceder es que se desate una guerra civil. Conviene recordar que el reconocimiento internacional que recabó Guaidó como presidente interino del país avaló una transición exenta de un conflicto bélico nacional. Estados Unidos también ha descartado, de momento, una intervención militar. Su estrategia pasa aún por seguir apretando económicamente al país para que, de esta manera, sea un movimiento de abajo arriba, una sublevación popular, la que acabe con el régimen de Maduro.
Lo sucedido hasta el momento no puede entenderse como un golpe de Estado, sino como una lucha insurreccional. Con todos los focos puestos en el país, ¿habrá iniciado Venezuela la fase definitiva para el cese de la usurpación?, como indicó Leopoldo López tras su liberación del arresto domiciliario. Esta es ahora la incógnita y la situación inesperada en la que se encuentra el Estado español le llama a jugar un papel decisivo. ¿Sabrá estar a la altura? @mundiario