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A veces, si se calla el cantor, estamos más a gusto

Ni lo que canta Méndez de Vigo es “cultura tradicional”, ni su pacto educativo  es el que necesita nuestro sistema escolar.

A veces, si se calla el cantor, estamos más a gusto
Íñigo Méndez de Vigo. / RTVE.es.
Íñigo Méndez de Vigo. / RTVE.es.

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. @mundiario

Este año, cuatro ministros de este Gobierno –Cospedal, Zoido, Méndez de Vigo y Catalá-  procesionaron en Málaga cantando el himno que los portadores del Cristo de la Buena Muerte –reproducción reciente del de Juan de Mena-,  era trasladado a la iglesia de Santo Domingo. El novio de la muerte solo tiene que ver con la Legión fundada por Millán Astray cuando la guerra del Rif, en 1920. Y la historia de las cofradías de Semana Santa, plagada de ingredientes variopintos,  en muchos casos no es anterior al nacionalcatolicismo que se impuso tras la Guerra civil.

 Es igualmente cierto que la supuesta “aconfesionalidad” del Estado después de 1978 no forma parte de la cultura política de muchos de nuestros representantes, y más cuando quieren confundir a votantes y extraños. Méndez de Vigo, por ejemplo, es muy libre como particular de cantar o decir lo que estime, pero, como ministro, si justifica sus gestos dentro de una supuesta “tradición cultural” arrogándose esa autoridad para tal aseveración, lo pertinente es que lo explique. De lo contrario cualquier especialista en antropología cultural, etnomusicología o folklore podrá acusarle de entrometido y falsario. Debiera esclarecer, por ejemplo, cuánto tiempo cree que hace falta para que una costumbre o fórmula de comportamiento religioso, civil, festivo o simplemente expresivo de la vida cotidiana, hace falta para testar que es  “tradición cultural”. Y por qué si las tradiciones rituales de Semana Santa no son homogéneas,  atribuye que lo sea lo cantado al paso de los legionarios. ¿Qué cultura tradicional promueve Méndez e Vigo cuando la diversidad es notoria y hasta contradictoria de unas a otras músicas populares? Si se tiene en cuenta quiénes, qué, y en qué circunstancias se suelen cantar, pronto se advierte que bajo el paraguas de “tradición cultural” se acoge de todo.

Muy cantoso es, sin embargo, que, a sabiendas de que el de la tradición es un terreno muy abonado para “la invención” –como explicó en 1983 Eric Hobsbawn-, un ministro de los asuntos culturales quiera colar una falsedad para salvarse de una metedura de pata o de una convicción basada en supuestas creencias,  distintas de las de muchos otros españoles. Tan convencido parece estar de las suyas que ha reafirmado su curiosa teoría al animar socarronamente en el Senado a una parlamentaria que le interpeló: si participaba con él en otro evento similar tal vez le creciera la fe. Esta reacción propagandista le delata: no consta entre las funciones políticas del cargo que todos le pagamos crear orfeones de adictos.

Claros “barones” de Castilla

El reaccionarismo sonriente de Méndez de Vigo es redundante en el itinerario que trazó a su pacto educativo y a la Subcomisión correspondiente. Desde que relevó a Ignacio Wert, ha  preservado la intangibilidad de  la estructura que inclina al sistema educativo a contradecir la igualdad y la libertad que preceptúa el art. 27 CE. Sobre todo, en lo tocante a las relaciones de la enseñanza pública y la privada, los recursos disponibles y la presencia de la Religión en el currículum escolar. No es extraño que a estas alturas se dé por muerto este invento de pacto que, por otra parte, contravendría lo que, desde 1978 –y por hablar solo de leyes orgánicas-  trató de afianzar su partido en la línea que inauguró la LOECE (1980), prosiguió la LOCE (2002) y terminó de construir la LOMCE (2013). Mientras tanto, todavía no ha explicado coherentemente por qué quería un pacto político para una nueva ley, sin haber suprimido esta ni haberla enmendado sino en pequeños matices. ¿No es contradictorio? Todo parece indicar que lo que este cantor de ocasión haya querido sostener es la misma tesitura de los 40 años pasados aparentando cambio de tonalidad. Una partitura de reaccionario tradicionalismo que le exige sostenella y no enmendalla, y cantar cuanto asombre a más de un turista que no sepa de qué va la rica tradición cultural de los españoles, ni si viven en el siglo XXI o en el de “los claros varones – ¿o barones?- de Castilla”, de cuando Fernando de Pulgar. @mundiario