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MUNDIARIO

Tumbar gobiernos

La última semana de sondeos publicados, indica que solo un acuerdo o coalición inverosímil PSOE-PP consigue mayoría absoluta para formar gobierno.
Urna electoral.
Urna electoral.

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Manuel Olmeda

Manuel Olmeda

El autor, MANUEL OLMEDA, es colaborador de MUNDIARIO. Es profesor y analista socio-político. @mundiario

Según la filosofía aristotélica, un ser puede presentarse en acto y en potencia. Desde ese punto de vista, cuando hablamos de tumbar gobiernos nos referimos tanto a un estadio de los mismos como al otro. Ciñéndonos a cualquiera de ellos, llevamos una racha que no me atrevo a adjetivar adecuadamente. Cuatro años atrás, se tramitó un gobierno en potencia con tanta dificultad que para no tumbarlo hubo que abatir al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Poco después, redivivo éste e impregnado de la argamasa que Iglesias esparció además por independentistas y Bildu, tumbaron el gobierno (ya acto, activo) de Rajoy. La corrupción, ese falso lema “el partido más corrupto de Europa” -cuya resolución jurídica culpabiliza a título lucrativo- fue pantalla providencial incluso para el PNV que dos días antes le había aprobado los presupuestos. Traición, debilidad frente al independentismo del nuevo gabinete y codicia desaforada, fueron las razones reales que tumbaron a Rajoy.

Pedro Sánchez, ese mendaz que el mentís oficial y domesticado transfigura en mandatario impoluto, ligó su palabra -vano empeño- a convocar elecciones de forma inmediata. Hostigado por alguna deserción cuando pretendía aprobar unos presupuestos sui géneris, tuvo que resignarse y adelantar elecciones contra su voluntad. La posterior investidura, gobierno en potencia, dejó al descubierto duros enfrentamientos entre voracidad y ambición. Sánchez, germen voraz del nuevo ejecutivo, se tumbó a sí mismo. Cierto que nacionalistas vascos y catalanes le aflojaron la cincha, pero él mismo (des)amparado por oráculos aciagos se pegó el tortazo. Resulta curioso, tal vez no tanto, que sociólogos de cabecera, Tezanos verbigracia, le hayan empujado (hipérbole tras hipérbole en los sondeos) a estas elecciones que terminen por hacer real aquel viejo augurio de Iglesias: “Si usted rechaza el gobierno de coalición, no será presidente nunca”. ¿Maldad o refinada y definitiva lapidación a manos de la vieja guardia ante el contexto que se avecina? Yo me aventuraría por lo segundo. 

Hace pocos días, leí que el PNV ha investido y tumbado gobiernos con apenas cuatrocientos mil votos cosa que no han logrado Albert Rivera o Pablo Iglesias con cuatro millones. Cierto, pero ese arbitraje vigoroso no le vino por propia sustancia o atributos consignados a la Historia ni al denuedo contemporáneo. PSOE y PP, al alimón, junto a una Ley Electoral que jamás quisieron enmendar, han acarreado la situación ominosa, turbadora, en que nos encontramos y cuya escapatoria se advierte enrevesada. Ahora no preocupa el instrumento, aquella tiranía política que los nacionalismos practicaron a lo largo de tres décadas y que el pluripartidismo, sumado a la evolución independentista, impopular, censurada en el resto del país, ha terminado por relegar al ostracismo definitivamente. Hoy produce insomnio, desasosiego, la quiebra institucional y social a que se ha llegado a causa de enfermiza transigencia, si no dejación de funciones.

El marco político español viene sufriendo una transformación sustantiva, más allá de las reservas europeas. Ahora mismo encontramos seis partidos con cobertura nacional y que, antes o después por interés propio, praxis y exigencia ciudadana, aplicarán un tres por ciento, a nivel nacional, para obtener representación parlamentaria. Mientras, al Senado se entrará con el mismo porcentaje, pero autonómico. Dicha solución, ficticia con el bipartidismo y nacionalistas moderados, aunque pedigüeños e insaciables, se ve ahora urgente, imprescindible. Verdad es que el radicalismo independentista, aireado abundantemente por televisión, suscita tal reacción en el resto que cualquier atisbo de aparejamiento con él de un determinado partido, afectaría de forma severa a sus rentas electorales y futuras. Esta terca conclusión hace irrelevante -cara al pacto- a toda sigla independentista, catalana o vasca. Asimismo, esta coyuntura evidencia la quimera de formar un gobierno consistente, duradero, recurriendo a los actuales mimbres.

La última semana de sondeos publicados, indica que solo un acuerdo o coalición inverosímil PSOE-PP consigue mayoría absoluta para formar gobierno. ¿Queda confiar en el bloque de las tres derechas como solución menos enojosa? Caso contrario, el PSOE (presunto ganador) tendrá imposible confeccionar un gobierno que cuente con la venia de los españoles, por el tema autonómico, y de Europa, por la cuestión económica a propósito de esa cercana crisis galopante. Sánchez no quiere formar gobierno con Unidas Podemos y no debe intentarlo, salvo arrebato letal, con el independentismo obvio (JxCat, CUP y ERC), PNV -corifeo de Bildu e independiente a días alternos- y Bildu. La sociedad está harta de que durante siglos Cataluña y el País Vasco haya gozado de concesiones económicas, aun políticas, para conseguir un nivel de vida muy superior al desaliño castellano, extremeño, andaluz, etcétera, etcétera, a la vez que desempeñan (desempeñaban, porque así se dispuso de rebote, sibilinamente, en la Constitución) un papel preponderante en el gobierno de España.

El debate a cinco ocasionó grandes expectativas que los intervinientes se encargaron de frustrar al momento. A Casado, sin estar catastrófico, le faltó riqueza expositiva y concreción. Sánchez resultó un falaz papagayo lector y cabizbajo, claro. Abascal estuvo contundente y sincero, pero -en desigual pleito- lucha contra las etiquetas. Iglesias estuvo petitorio incansable, casi suplicante (a mí me causó pena pese a la divergencia). Rivera quiso emerger adoquín y terminar enrollado al estilo Koji Suzuki, autor japonés que escribió una novela en un rollo de papel higiénico. Pudiera parecer milagro alguna enmienda demoscópica atribuible a aquellas tres horas sin apenas chicha, restadas al ocio o al sueño. Acaso se salvara la paciencia jobniana del martirizado espectador. Las damas, anoche, tampoco resultaron resolutivas.

Vislumbro, aunque a priori sería lógico juzgarlo de absurdo, nuevas elecciones en breve. Depende del resultado dominguero y vespertino. Si PP, Ciudadanos y Vox consiguieran la mitad de diputados más uno, enseguida formarían un gobierno sólido con matices. Otro resultado llevaría irremediablemente a nueva convocatoria electoral en semanas o al desahucio político del PSOE, la izquierda en general, como ocurre en países de nuestro entorno y tenor. Queda como solución permanente cambiar la Ley Electoral tras un amplio acuerdo de las siglas mayoritarias. Esto o el quebranto nacional a cuyo logro se empeñan antisistemas e independentistas, cuanto menos. @mundiario