La trascendente caída de la URSS en 1991 desató importantes cambios en el mundo

La disolución de la Unión Soviética culminó en diciembre de 1991. / @histeriaobrera
La disolución de la Unión Soviética culminó en diciembre de 1991. / @histeriaobrera
El derrumbe del sistema soviético provocó un serio desconcierto en la izquierda política y social que apostaba por la continuidad de aquellos regímenes.
La trascendente caída de la URSS en 1991 desató importantes cambios en el mundo

Una persona que haya nacido hace 30 años puede tener un conocimiento de la existencia y desaparición de la URSS a través del contenido de los currículos académicos, de calidad más o menos contrastada. Para quienes doblamos -o más- ese horizonte vital, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fue mucho más que un capítulo en la historia del siglo XX.

Representó el primer intento de construcción de un sistema social, económico y político alternativo al que venía rigiendo los destinos de los principales países del planeta. También fue ejemplo de una destacada participación -pagada con un gran sacrificio en vidas humanas- en la derrota militar del nazismo. Y, complementariamente, suscitó muchas dudas y posteriores frustraciones respecto a la no concordancia entre los principios proclamados y las prácticas vigentes en aquel universo político y social.

En realidad, la experiencia soviética estuvo atravesada, desde el comienzo, por una paradoja de complicada resolución. Los revolucionarios que conquistaron el poder en 1917 querían acometer el conjunto de transformaciones que figuraban en los idearios de los fundadores del marxismo a pesar de que estos imaginaban, para su aplicación, un cuadro social que no se correspondía con el que existía en la vieja Rusia zarista. Inglaterra o Alemania eran dos ejemplos de los países que mejor encajaban con las tesis y las hipótesis barajadas por Carlos Marx.

Llegados a esa circunstancia histórica, los dirigentes del PCUS decidieron hacer de la necesidad virtud y optaron por articular un sistema que les permitiera conservar el poder, aunque no se habían cumplido las condiciones previstas en las teorías que fundamentaban su propia existencia como partido. Se consolidó, de esa manera, una disociación entre lo que realmente sucedía en aquel Estado -sometido, durante años, a una fuerte beligerancia exterior- y los relatos que formulaban sus autoridades.

La caída de la URSS, a partir de 1991, provocó importantes cambios. Algunos afectaron a las lógicas dominantes en las relaciones internacionales. El final de lo que se denominó -a partir de 1945- “guerra fría” entre el bloque liderado por los EE UU y el dirigido desde Moscú dio paso a una situación mucho más incierta, menos controlada y, por tanto, más peligrosa desde el punto de vista de la militarización de los conflictos en distintas partes del mundo.

El atentado de las Torres Gemelas en Nueva York y las intervenciones militares de la Administración norteamericana en Afganistán e Irak constituyeron episodios relevantes de las nuevas dinámicas surgidas en los primeros años de este siglo. El progresivo incremento de la influencia de China en la arena internacional certifica la presencia de importantes factores de multilateralidad que antes resultaban desconocidos.

Los partidos comunistas no afrontaron su reconstrucción

El derrumbe del sistema soviético provocó un serio desconcierto en la izquierda política y social que apostaba por la continuidad de aquellos regímenes, aunque solo fuese por la aplicación de la vieja máxima de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Ciertamente, hubo diferencias entre unos casos y otros. No fue equivalente el impacto que padeció, por ejemplo, el Partido Comunista de Cuba -que tuvo que aguantar el estrangulamiento de la economía de su país a causa de la progresiva eliminación de las ayudas recibidas desde la URSS- del que experimentaron los Partidos Comunistas de Portugal, Francia o España.

En aquellas organizaciones que -en el ámbito europeo- no ocupaban posiciones de poder, las consecuencias se situaron en el campo de la necesidad de una refundación de su identidad ideológica y política. La desaparición de las premisas identitarias conformadas a partir de 1917 requería una revisión a fondo de los postulados anteriores para crear nuevos referentes capaces de sintonizar con las energías transformadoras emergentes en las distintas sociedades. Con la perspectiva que proporcionan los 30 años transcurridos, se puede afirmar que en la gran mayoría de esos partidos primó el conformismo o la incapacidad para asumir el reto de su reconstrucción como formaciones atractivas para sectores significativos del cuerpo electoral y, por tal motivo, pagaron el precio correspondiente en forma de debilitamiento o desaparición de la vida política.

El interés por profundizar en el estudio de la experiencia del  PCUS -y de la propia URSS- radica, entre otras cosas, en el hecho de que debió afrontar algunos problemas que siguen siendo muy relevantes en cualquier agenda de cambios transformadores: construir un modelo económico que posibilite una mayor igualdad entre las personas; establecer una arquitectura política democrática que permita la expresión de la pluralidad existente en el cuerpo social y conseguir el reconocimiento de las identidades nacionales a través de fórmulas constitucionales que aseguren la libre adhesión de todas las comunidades que conformen un espacio estatal común. @mundiario

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