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¿Tragedia o farsa en Cataluña?

Puigdemont quiere elecciones y reforzar su mayoría, pretendiendo que al hacer ingobernable la comunidad antes o después el Estado se avenga a negociar. Está muy lejos de conseguirlo. Mientras, el deterioro de las instituciones catalanas es profundo.

¿Tragedia o farsa en Cataluña?
Roger Torrent y Carles Puigdemont.
Roger Torrent y Carles Puigdemont.

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

Es tan célebre como discutible el axioma de Marx sobre la repetición de los hechos históricos, primero como tragedia y luego como farsa. En Cataluña están intentando hacerlo veraz aunque nada sea como parece. Repitiendo la candidatura de Puigdemont, que nadie sensato espera ver coronada con el ejercicio efectivo de la Presidencia de la Generalitat catalana, sino solo como un gesto que permita seguir alimentando el proceso que ha sustituido el gobierno real por un vodevil de imágenes, declaraciones y símbolos, totalmente alejado de cualquier realidad política o social.

Ello es así porque bajo la apariencia del show se dirime la reordenación del espacio político del soberanismo catalán. Puigdemont ha conseguido un claro liderazgo y trata de fagocitar a ERC, que ha cometido error tras error desde hace meses, básicamente por tener asumido su papel secundario en el reparto de roles tradicional del catalanismo. No habiéndose atrevido en su día a forzar la convocatoria de elecciones, claudicando luego en la candidatura y al tiempo falseando su papel en la trama que desembocó en la suspensión de la autonomía.

Por mucho que gesticule, Puigdemont tiene detrás a dos millones de votantes, una cifra muy respetable pero a todas luces insuficiente para cambiar el curso de la historia de Cataluña y menos de España

Puigdemont quiere elecciones y reforzar su mayoría, pretendiendo que al hacer ingobernable la comunidad antes o después el Estado se avenga a negociar. Está muy lejos de conseguirlo. Mientras el deterioro de las instituciones catalanas es profundo y la desconfianza que han generado en el resto de España tendrá consecuencias. Por mucho que gesticule, tiene detrás a dos millones de votantes, una cifra muy respetable pero a todas luces insuficiente para cambiar el curso de la historia de Cataluña y menos de España.

Durante medio siglo Cataluña ha representado en España la modernidad. Fue una imagen trabajada durante los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el pensamiento liberal, la vida cultural y la proximidad con Francia, forjaron una sociedad más avanzada que el resto del país. La autonomía política reforzó esa imagen culminando con los Juegos Olímpicos de 1992, brillantemente publicitados. Fue el punto culminante del modelo. A partir de ahí devino un cierto estancamiento. El ensimismamiento de la política tomó carta de naturaleza en la década siguiente, dio lugar a un intento de nuevo Estatuto que pretendía reconciliar al socialismo con el catalanismo y derivó en el actual conflicto. Lejos ya de la modernidad, la tolerancia y la integración sustituidas por un pensamiento hosco, intolerante con quienes no piensan igual y entregado totalmente a la creación de una sociedad  regida por el nacionalismo excluyente. Poco hay que aprender hoy allí y casi nada que imitar. Sus instituciones han sido colonizadas de forma sectaria. Los mensajes hostiles se multiplican en todos los sectores y foros donde el nacionalismo es hegemónico.

La solución le corresponde al cuerpo electoral catalán y no hay ningún motivo para pensar que en estos momentos esté fraguando un pensamiento integrador

Puigdemont es la punta de lanza de un pensamiento totalitario que avanza en Europa de la mano de populistas y nacionalistas. Puede hacer mucho daño todavía, en especial a las instituciones catalanas. Pero poco más. Si hay nuevas elecciones el resultado será similar y el conflicto se prolongará hasta enquistarse. Se puede vivir así, a la espera de que el nacionalismo reaccione e imponga soluciones pragmáticas. Desde fuera el problema se puede mantener más o menos controlado, pero no es posible resolverlo. La solución le corresponde al cuerpo electoral catalán y no hay ningún motivo para pensar que en estos momentos esté fraguando un pensamiento integrador.

Por el momento el conflicto se ha agudizado, radicalizado y cronificado. ERC, gracias a sus errores, es ahora el nuevo enemigo. No tardará, una vez más, en acatar los dictados de su socio. Tabarnia existe, también en el nacionalismo. @mundiario