La tragedia del 11 de septiembre, veinte años después

Piscina que rinde homenaje a las víctimas del 11-S, en Nueva York / X. L. Mahía
Piscina que rinde homenaje a las víctimas del 11-S, en Nueva York / X. L. Mahía

Los estadounidenses –y el mundo– recuerdan hoy con dolor los atentados terroristas en Nueva York y Washington, que causaron un giro radical y penoso en la historia contemporánea.

La tragedia del 11 de septiembre, veinte años después

Con un dolor profundo la nación norteamericana conmemora este 11 de septiembre el vigésimo aniversario de los pavorosos atentados cometidos en la misma fecha de 2001.

Ese día de triste recordación, miembros de la organización terrorista Al Qaeda secuestraron cuatro aviones de pasajeros. Lanzaron dos contra las Torres Gemelas de Nueva York, provocando su espantoso derrumbe, y uno contra el edificio del Pentágono, sede del Departamento de Defensa, en Arlington, Virginia, en el que causaron daños considerables. El cuarto avión iba dirigido contra el Capitolio nacional, en Washington, pero pasajeros y tripulantes se enfrentaron heroicamente al comando terrorista y la aeronave se estrelló en un área rural del estado de Pensilvania, a unos 200 kilómetros de su objetivo.

La guerra contra el terrorismo

Los atentados del 11S (o del 9/11, como se conocen en inglés) dieron lugar a que el entonces presidente, George W. Bush, iniciara la “guerra contra el terrorismo”, cuya primera acción bélica fue la invasión de Afganistán ese mismo año. La invasión, apoyada por la OTAN, tenía el propósito de derrocar al gobierno talibán, que protegía a grupos terroristas. Los aliados tomaron con rapidez la capital afgana, Kabul, y pusieron en marcha un plan de democratización.

Pero Bush difícilmente podía adivinar que estaba lanzando a su país a la guerra más larga de su historia, un conflicto de dos décadas en el que los talibanes y otros grupos nunca cejaron en su empeño de expulsar a las tropas de la coalición. Veinte años después de la invasión, los talibanes volvían a dominar el país centroasiático, entraban en la capital y se instalaban de nuevo en el palacio de gobierno.


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Los ataques terroristas del 11S también causaron un retroceso de las libertades individuales que los norteamericanos atesoran. El temor a nuevos atentados llevó a que en puertos marítimos y aeropuertos –entre otros lugares– se implementaran estrictas medidas de seguridad que siguen en vigor. Los viajeros deben quitarse los zapatos y todo objeto metálico que lleven encima, pasar por una máquina de rayos X, al igual que su equipaje, y aclarar cualquier dato que pueda parecer sospechoso a los oficiales de seguridad. En algunos casos tuvieron que someterse a registros corporales. También se aprobó la Ley Patriota, que suspendió y limitó algunas libertades y derechos constitucionales en aras de la seguridad nacional, y que ha sido fuertemente criticada.

Los atentados del 11S constituyen uno de los golpes más brutales que ha recibido la nación estadounidense. Veinte años después de la horrorosa caída de las torres del World Trade Center, los neoyorquinos volverán a contemplar el sur de Manhattan con el dolor de la pérdida terrible. En total, 2.996 personas murieron ese día; de ellas, 2.606 en Nueva York, dentro de las Torres Gemelas y en su base. Algunos saltaron al vacío desde pisos elevados, al no poder soportar el quemante calor provocado por la explosión de los aviones al estrellarse contra los edificios.

Conmovidos en cada aniversario

Los neoyorquinos, y los que hemos vivido en Nueva York y también amamos a la maravillosa ciudad, nos sentimos especialmente conmovidos en cada aniversario de la tragedia. La primera vez que regresé a la urbe, acompañado por mi esposa y mis hijas, no me atreví a visitar la parte de Manhattan donde se alzaban las Torres Gemelas. La segunda vez sí fuimos, y no pude contener las lágrimas ante el espacio vacío, ante los estanques construidos donde se alzaban los majestuosos edificios. En los bordes de los estanques están grabados los nombres de las víctimas. Su evocación hace del lugar un sitio sagrado.

Hace muchos años, cuando me establecí en Nueva York, una de las primeras cosas que hice fue visitar el World Trade Center y fotografiar las torres, acostado en la acera para captar lo más fielmente posible la impresionante dimensión de su altura. Tuve el privilegio de subir al mirador, en la cumbre de una de las torres. Desde allí, bajo los tintes rojizos del ocaso, el paisaje de la ciudad, del río Hudson y de la bahía, al sur, en medio de la cual se alza la Estatua de la Libertad, es uno de los más hermosos que he visto.

Así pensaremos siempre en las Torres Gemelas, eternas en nuestros recuerdos, en nuestros corazones, en nuestro amor por Nueva York.


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