La tortuosa investidura de Rajoy puede acabar con fumata blanca, tirando a gris

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. / d24ar.com
Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en una imagen de archivo. / d24ar.com

El problema para la resistencia numantina de Pedro Sánchez, no son su barones feudales, sino la sublevación de su gallinero parlamentario, que prefiere escaño en mano, bajo sus culos, que terceras elecciones volando.

La tortuosa investidura de Rajoy puede acabar con fumata blanca, tirando a gris

Escribir en España estos días, no es llorar como en los tiempos de Larra, sino hacer uno de esos trabajos inútiles que producen melancolía. Entre una sucesión de páginas y páginas, tangibles o virtuales, que siempre acaban siendo papel mojado, nadie hace propósito de enmienda y mejor empieza a dejar para mañana, para pasado, para el mes siguiente, para nunca, la sarta de ridículas conjeturas que el cuerpo nos pide publicar hoy. El periodismo nacional ha abandonado la pasión cinegética de cazar noticias y se ha dejado llevar por la extendida fiebre cibernética de la caza del Pokemon Go. Pokemons de derechas, de izquierdas, de populismos de laboratorio, de Kennedysmos sin Nuevas Fronteras y de nacionalismos trogloditas ¡La información ha muerto! ¡Viva el botellón de garrafón, las borracheras ideológicas, el cruce de navajas en los campos de batalla de twitter!

¿Por qué Rajoy podría lograr fumata blanca?

Chico, ya puestos a hacerle la competencia a los Rapheles y las Aramis Fuster, permítanme una incursión en el difícil arte de interpretar a la bola de cristal. Creo, como una premonición, que Rajoy acabará tomando el turrón en La Moncloa y que los españoles nos quedaremos en casa por Navidad. O sea, que no vamos a tropezar por tercera vez con la misma piedra de las urnas. Que, no me pregunten cómo, puede salir fumata blanca de ese grotesco y patético cónclave del Congreso de los Diputados. Y que, un día, una semana, un mes de estos, un camarlengo de la cosa podría perfectamente anunciar urbi et orbi: ¡habemus Presidente! Ahora, también te digo una cosa, oye, sería o será muy difícil vivir en un país con un Rey que no gobierna, un Presidente que no va a poder presidir y un gobierno que no va a poder decidir. Esta, la que se avecina, quizá, no va a ser la investidura de Rajoy, sino la investidura de 350 diputadas y diputados que prefieren salario, retribuciones, privilegios, escaño en mano, que cientos de pájaros reivindicativos, ideológicos, progres, independentistas e inquisidores revoloteando en sus cabezas.

El NO de Sánchez está sublevando a su gallinero parlamentario

Porque, no nos engañemos, sus nuevas y flamantes señorías han visto recientemente pelar las barbas de muchos de sus antecesores en la anterior y fugaz legislatura y, claro, ronda en sus cabezas la humana tentación de poner las suyas a remojo. En cuanto hagan besar por segunda vez la lona del Congreso a Mariano y se sacie la sed de venganza del humillado “Sanchismo”, al que la Cámara devolvió a corrales en la anterior sesión de investidura, ya verás, decrecerá la obsesión de dejar a Rajoy sin La Moncloa y entrará en erupción volcánica el instinto básico de anónimos diputados de aferrase con uñas y dientes a sus escaños ¡Es la condición humana, stupid!, como diría Clinton. Sobre todo entre los socialistas, prietas las filas en torno a su caudillín y al viejo grito de ¡contigo hasta la muerte, Pedro!, empezarán los susurros, después los gritos, al final el clamor propio de cualquier pasaje amenazado por el impredecible iceberg de las terceras elecciones: ¡sálvese el que pueda! De manera que el problema de Pedro Sánchez no es una rebelión de sus Barones regionales, sino la imparable sublevación de su gallinero parlamentario.

Buenas y malas noticias

La buena noticia de la democracia española es que sobrevivirá a estas generaciones de fantoches, de salvapatrias, de pesebreros, de proxenetas ideológicos, de gorrones parlamentarios, de holligan descerebrados, de pescadores mediocres que sólo pueden aspirar a multiplicar sus votos, sus panes y sus peces en un país ideológica, sociológica, económica, laboral, educativa y anímicamente anegado por aguas revueltas. La mala, es este brote colectivo de sarampión sadomasoquista que nos empuja, una y otra vez, a tropezar con la misma y con las mismas piedras. Porque, no nos engañemos, acudir a las urnas en España, en estos tiempos de cólera, es como acudir a un supermercado en Venezuela. Quiero decir que, el sufrido votante español, como el sufrido consumidor de la República Bolivariana, se topa de bruces con el fantasma del desabastecimiento. Da lo mismo que unos acudan a votar y otros a comprar una, dos, tres y las veces que hagan falta. No es que el problema persista, sino que se agudiza a medida que los relojes van marcando las horas. En nuestras mesas electorales faltan los productos básicos para un pueblo que quiere soñar: talento político, capacidad de liderazgo, papel higiénico legislativo, lealtad constitucional, fair play democrático para saber ganar y saber perder, como en las estanterías de los comercios de Caracas ni están ni se les espera a los productos básicos para poder vivir.

El miedo a otro viaje por la historia a ninguna parte

A este paso, con esta mediocre oferta política, esta maniática, monótona y sectaria demanda ciudadana, la proliferación de marcas blancas ideológicas, esas romanzas de cuatro tenores huecos (Mariano, Pedro, Pablo, Albert) y esos coros de grillos mediáticos que cantan a la luna, hacia los que tanto desdén mostraría ahora Antonio Machado, vamos a acabar creando una innovadora línea de españoles errantes resignados a conversar a solas cada uno con el hombre o la mujer que siempre va consigo. Por este rumbo, ya digo, parece inevitable la deserción en masa de los pasajeros de un país, ¡oh, España!, cuyas sirenas anuncian la salida de un nuevo viaje a ninguna parte sobre las aguas turbulentas de su historia.

¡Más vale escaño sin honra que honra sin escaño!

Siempre quedarían las dichosas terceras elecciones, como siempre quedará París en cada reposición de Casablanca. Pero, verás, más vale fumata blanca, perdón, gris de sesión de sesión de Investidura conocida, que espesa y tóxica fumata negra de nueva jornada electoral por conocer. Porque las urnas, chico, las carga el diablo. De manera que es muy posible que Rajoy acabe siendo Presidente (si a eso que le espera se le puede llamar presidir, claro), y bastante probable que Pedro Sánchez deje de ser Secretario General (si a eso que estaba haciendo se le puede considerar secretariado general, naturalmente), y prácticamente seguro que, la solución al dilema, no surgiría de un impulso de grandeza épica por la salvación de España, sino de oscuros y míseros objetos del deseo de alguna señorías por salvar sus culos, con perdón, que ya han empezado a calentarse y pillarle el gusto al confortable encanto del escaño. Vamos, que como diría mi paisano Méndez Núñez, je, más vale escaños sin honra que honra sin escaños…

La tortuosa investidura de Rajoy puede acabar con fumata blanca, tirando a gris
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