La torpeza de Rajoy con una periodista americana humilla a los de casa

Sara Eisen, periodista de Bloomberg TV
Sara Eisen, la periodista que le dijo "no" a Rajoy.

La torpeza comunicativa de Rajoy, elevada al absurdo con su intento de censurar a la periodista norteamericana Sara Eisen, evidencia el poco respeto que siente por los periodistas españoles.

La torpeza de Rajoy con una periodista americana humilla a los de casa

La piedra de toque de los buenos modales infantiles en mi generación era la visita a domicilio. El modo en que te comportaras en una casa extraña decía mucho del sentido del respeto y de la noción de límites de tus padres, virtudes en franca decadencia hoy, con tanto niño desatado y tanto perro consentido.

La grosería del primer ministro del Gobierno de España con la periodista Sara Eisen, de Bloomberg TV, da a entender fuera de casa que Rajoy desprecia a los periodistas españoles. Eisen no cedió a la imposición de obviar la corrupción en su entrevista a Rajoy y lo ametralló con preguntas bien documentadas.

El culmen del ridículo de nuestro primer ministro llegó cuando Eisen le preguntó sobre la financiación irregular del PP y Rajoy le respondió como un delincuente de ficción: "Hay cosas que no se podrán demostrar". La gente de su equipo se llevó las manos a la cabeza y pretendió que la periodista "editara" aquella respuesta. Eisen se negó y Bloomberg hizo público el intento de censura. Como si no estuviéramos hartos de saber lo poco que les gustan a los periodistas americanos los presidentes-pinocho.

Si el campeón de los políticos alérgicos a la verdad pretende censurar a toda una corresponsal internacional del más reconocido canal financiero del mundo, qué no hará en su país, pensarán por el mundo adelante. Y con razón.

Desde el momento mismo en que Rajoy se presentó ante los medios en una pantalla de plasma y ni un solo periodista abandonó aquella farsa, a nuestro prognático líder le dimos permiso para todas las insolencias que a él y a sus colaboradores se les pudieran ocurrir.

No tardaron en llegar otras faltas de respeto: de un límite de preguntas en las ruedas de prensa en Moncloa pasamos a solo un par y, para que escociera más, delegadas en un portavoz de los medios. Es decir, los periodistas destacados en Moncloa tenían que convocar un breefing –ojalá hubiera sido una asamblea– para ponerse de acuerdo.

La desconsideración gubernamental hacia la Prensa llevó a Rajoy, finalmente, a elegir a su interlocutor, como el día funesto en que le dio la palabra a un redactor de ABC y se la negó a los demás, evitando cualquier pregunta sobre el caso Bárcenas. Aquella tragicomedia bananera tuvo como testigo al presidente de Polonia; otro bochorno internacional, y no sólo para Rajoy.

Hay miedo, mucho más del que se quiere reconocer, en una profesión muy acostumbrada a vocear los conflictos laborales ajenos sin entrar a solucionar las injusticias propias. Difícilmente encontraríamos, ni con una linterna y a plena luz del día, un periodista que se considere trabajador. Nos vestimos con otros disfraces: desde la Transición, con el de adalides de la democracia, y cuando llegaron las televisiones, con el de estrellas y estrellitas mediáticas. Belén Esteban matará por Andreíta, pero muchos colegas matarían por el piloto rojo de una cámara.

Lo nuestro es una cruzada, una misión, un sacerdocio, un perfil bueno, un subidón, quince minutos de fama, pero nunca un trabajo. Así nos pinta: el símbolo de la progresía informativa, El País, abre un ERE en año de beneficios; los primeros que desfilan son los periodistas veteranos. Vaya usted y ponga a un becario a pedirle respeto y verdades a Rajoy.

¿Qué es lo que pasado con nuestro periodismo?, se preguntan los ciudadanos. Es sencillo: está tan endeudado con los bancos como todo hijo de vecino y, por tanto, en manos del entramado financiero, el verdadero titiritero del guiñol político. Alguien podrá argumentar que aún queda una aldea gala que resiste al Imperio: El Mundo. Me gustaría pensar que Aznar no lo usa como herramienta de su vendetta; y me gustaría no saber que los bancos que cuidan de su inversión en Unidad Editorial son italianos, es decir, competidores de los bancos españoles.

Y es que la crisis llegó, y llegó para todos, así que muchos periodistas prestigiosos se han visto abocados –¡se me parte el corazón!– a vivir de la publicidad, alquilándole su imagen a un banco, al mercado privado de la salud, a una compañía de móviles o a un fabricante de alimentos sintéticos y prescindibles. Habrá ciudadanos que se pregunten cómo se van a creer lo que esos comunicadores y locutores mercenarios digan sobre rescates, primas, listas de espera o sobre la dictadura de los oligopolios.

El estado del periodismo
Hace unos días, nos alegrábamos en MUNDIARIO de la salud del periodismo deportivo español. Ahí me di cuenta de cuánto echo de menos a José María García. Creo que el periodismo lúdico-deportivo que manejamos por aquí es como el algodón de azúcar de una feria: colorista, fácil de tragar y sin sustancia; su único riesgo es el de que seas tan torpe como para tragarte el palo.
Hasta aquí, todo lo dicho sólo tiene el valor de una opinión. Pero las encuestas del CIS se hacen con datos. En marzo de este año nos enteramos, gracias a la última de ellas, de que los jueces y los periodistas somos los profesionales peor valorados por la ciudadanía, muy por detrás de los médicos y, pásmense, de los barrenderos. Rajoy y los suyos, alejados de la realidad a base de embustes y manipulación, creen, con esos datos en la mano, que cuando salen por el mundo adelante todo el monte es orégano. Y entonces se dan de bruces con periodistas que tienen preguntas y las hacen.

 

La torpeza de Rajoy con una periodista americana humilla a los de casa
Comentarios