¿Tiene sentido hablar de Iberia?

José Saramago, / Antonio, en 2002
José Saramago, / Antonio, en 2002
¿Debe España revisar su estrategia al tener ya por delante a tres países donde se habla más el español: México, EE UU y Colombia?
¿Tiene sentido hablar de Iberia?

El centralismo a ultranza que rige en vigor España desde Felipe II contradice el mismo espíritu de las comunidades autónomas del siglo XXI. Tal vez por ello o a causa de ello, la batalla separatista de las fuerzas nacionalistas esté adquiriendo cada vez más auge. El centralismo representado por la concentración de poder en Madrid en detrimento del resto del territorio es como un bosque que no deja ver los árboles. Y hay árboles también más allá de nuestras fronteras mentales.

España es un país centralista, aunque no lo diga la Constitución. La Carta Magna tampoco dice que sea un Estado de hábitos culturales y estigmas católicos y no podemos negarlo, que se manifiesta en el subconsciente de buena parte de los españoles, incluido un servidor, mal me pese. Somos por tanto un país centralista en innumerables sentidos. El poder central y político está en Madrid desde tiempos de Felipe II, pero también el administrativo, judicial, financiero, económico, cultural, mediático, el congresista, hasta militar o el del espionaje.

Lo padecemos, no sé si con plena conciencia o no. En las televisiones y resto de medios, priman las noticias de la capital Madrid, mientras las provincias brillan por su ausencia con alguna excepción de Barcelona, Valencia y Baleares por el turismo  y muy de lejos, el País Vasco. No es raro que transcurran semanas o meses sin una sola noticia sobre Ceuta, Melilla, Albacete, y otras muchas ciudades españolas. Vamos como aquello que se decía tiempos atrás en mentideros periodísticos de que “cuando algo no se publicaba en el diario El País es que no existía”. Gracias a Dios, ya tenemos a Google y que yo sepa no es del Grupo Prisa.

La pandemia se ceba política y mediáticamente en Madrid, muy injusto pero cierto. Obviamente de forma intencionada. La vacunación también causa polémica aparentemente sólo en la capital. Llegan las nieves de Filomena, y la España narrativa se reduce a Madrid, ignorando en intensidad otras capitales de provincia en igual o peor estado.  Lo malo de tanto centralismo deliberado, a pesar de tanta floresta cercana a la capital,  es que no nos deja ver el bosque. Un bosque que abarca mucha más diversidad, complejidad, así como muchos más árboles allende nuestras fronteras mentales.

Mientras exigimos a las instituciones europeas el rigor del principio de subsidiariedad y nadie de los estados miembros de la UE entendería que las decisiones se tomaran siempre en París y Berlín,  se lo negamos a nuestro propio estado autonómico. Los críticos de las autonomías se erigen ahora en defensores del espíritu federal, aún sin entender verdaderamente lo que es el federalismo practicante.

José Saramago. / Mauricio Parra, de Colombia

José Saramago. / Mauricio Parra, de Colombia

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El federalismo mal entendido 

El centralismo hispano es un bosque sin árboles con sombra. Hay tanto empacho centralista que nadie alza la voz para ver más allá. Como decía el antiguo ministro de Defensa en tiempos de Suárez, Agustín Rodríguez de Sahagún: “Madrid  ha sido la primera víctima  del centralismo del Estado español”. Hoy en día, el federalismo autonómico sigue siendo, en contra de otros países de tradicional federal, transgresor de normas y principios equilibristas. Me hace gracia cuando políticos y fuerzas políticas se llenan la boca del federalismo como receta a los males de España ignorando su esencia y negando la voz a los de la periferia. 

Lo malo de ello es que otras comunidades autónomas como Cataluña, siempre en contra del estado centralista con su obsceno eslogan publicitario  “España nos roba”, aplica las mismas pautas de actuación hacia sus cuatro provincias. La Cataluña profunda no cuenta y la Generalitat es tan o más centralista que España con Madrid en su propio territorio. La capital catalana, Barcelona, aplica su centralismo particular, a la catalana, negando a Tarragona, Lleida y Girona el protagonismo que se merecen y acaparando el epicentro soberanista. Barcelona es otra capital con bosque y centro de todos los poderes reales y fácticos, emulando a Madrid. Pero claro, eso no se ve ni se quiere ver por parte de los nacionalistas, hasta el punto de seguir adeudando la Generalitat de Cataluña una bonita cifra al consistorio de  Barcelona sin saldar desde hace años cifrada según ciertas fuentes en más de 200 millones de euros. 

Por si sirviera de algo a las fuerzas que fanfarronean de federalistas: ser federal implica un reparto equitativo de las distintas fuerzas de gravedad. Ello presupone, en clara lógica, que el resto del territorio pudiera repartirse determinados  centros de poder y decisión más relevantes como aplican, por convencimiento, otros Estados federales vecinos. De esa manera, se consigue un equilibrio territorial y un reparto más homogéneo que en el fondo se persiguió con la España de las Autonomías pero de facto fracasó. Pocas son las formaciones políticas que en verdad practican ese principio federal de reparto de fuerzas. Me consta que algún colectivo como Sociedad Civil Catalana (SCC) sí se planteó la posibilidad de que Barcelona compartiera la capitalidad del Estado español junto con Madrid para contrarrestar la narrativa protestona de los separatistas del procés.

La doble capitalidad puede ser un inicio

La doble capitalidad puede ser un buen inicio. Como también aquella otra idea nada egregia del premio nobel de literatura, el portugués José Samarago, sobre la unión de España y Portugal. El  Iberismo late con cierta fuerza en algunos pasillos conformados por seguidores de la derecha y la izquierda sin distinción, así como también la  propuesta de la doble capitalidad de Iberia: Madrid y Lisboa se repartirían los poderes políticos y administrativos del hipotético nuevo país ibérico. Una propuesta, por cierto, la de la Unión Ibérica, conocida en ciertas capitales  europeas y hasta por la misma cancillera alemana Angela Merkel. 

En esencia, el nacimiento de un bosque peninsular como Iberia podría dar pie a un nuevo regeneracionismo, redibujar el mapa de las regiones y autonomías, al mismo tiempo que dificultar entre otros el argumentario del separatismo catalán y vasco. Hay quienes como la Sociedad Iberista han hecho cálculos y afirman que Iberia escalaría el ranking en la UE, con un mayor PIB, candidato al G-8, mayor voz en las instituciones europeas, primer destino turístico mundial, amén de erigirse en una nueva potencia atlántica afianzando el poder de influencia de España y Portugal sobre todo el continente afro-americano y antiguas colonias. 

Algún día habría que dedicarle  una mención aparte al escaso mimo de las autoridades españolas a lo largo de los sucesivos gobiernos de la democracia obcecados con el centralismo, a otro pasaje con arboleda propia. Se trata de la minoría étnica más influyente y con mayor de poder adquisitivo de los EE UU, como son los latinos o hispanos. Con casi de 60 millones de habitantes hispanos legales, y otros cuantos millones sin papeles, la comunidad hispana en los EE UU se ha erigido en la segunda nación hispanohablante más grande del planeta después de México y con Colombia de tercera, por delante de España. De ahí que el irradiante epicentro de Miami sobre toda Latinoamérica hace tiempo que haya eclipsado el poder de influencia de Madrid y su madre patria. Algún día, como digo, tal vez merezca la pena hablar de este nuevo bosque con tanta arboleda sin despejar, con permiso del centralismo. @mundiario

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