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El terrorismo, último invitado al aquelarre catalán

El rostro ominoso del terrorismo asoma ya en Cataluña. No es que el nacionalismo lo apoye, pero tampoco lo condena. La violencia de baja intensidad sirve como válvula de escape para los más exaltados.
El terrorismo, último invitado al aquelarre catalán
Quim Torra. / Mundiario
Quim Torra. / Mundiario

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José Luis Méndez Romeu

José Luis Méndez Romeu

El autor, JOSÉ LUIS MÉNDEZ ROMEU, es licenciado en Pedagogía y columnista de MUNDIARIO. Exdiputado y exportavoz parlamentario del PSdeG - PSOE, fue conselleiro del Gobierno de Galicia y secretario de Estado del Gobierno de España. @mundiario

Dos días antes de unas elecciones generales, más complicadas de lo que se suponía cuando fueron convocadas, se filtra oportunamente una parte del sumario judicial contra presuntos terroristas vinculados al nacionalismo catalán. Los videos hoy conocidos son doblemente preocupantes. De un lado aparecen personajes frikis, de cuya capacidad operativa surgen dudas razonables. Hacían las pruebas de explosivos en la cocina de casa, se fotografiaban como terroristas islamistas, usaban claves ridículas, pero lo que decían era, metafóricamente, una bomba.

Torra, al frente, o en el medio, o detrás, pero formando parte del juego. Tan fuerte que el interesado ha necesitado muchas horas para dar una nota de prensa vacía de contenido mientras sus esforzadas portavoces negaban todo. Como negaron que el lunes fuesen golpeados ciudadanos pacíficos que pretendían asistir a un acto institucional. Como negaron que hubiese un problema de violencia vinculado al nacionalismo.

Hay un motivo más de preocupación. Personajes tan inconsistentes que necesitan piratear la señal de wifi de restaurantes del entorno y que con seis mil euros montan la infraestructura necesaria, sólo pueden estar ahí porque alguien los manipula, dirige, financia y les señala los objetivos. Como ha ocurrido con todas las protestas que tienen su origen, artificial, en la sentencia del Tribunal Supremo contra los dirigentes que hace dos años intentaron un golpe de Estado, nada de lo que ocurre es ajeno a la voluntad del Gobierno catalán. Luego de siete años en los que aquel poder autonómico ha estado dedicado prioritariamente a socavar la convivencia democrática y a romper la estructura del Estado, los presuntos terroristas detenidos no pueden considerarse sino una pieza más del engranaje.

Los partidos estatales, más divididos que nunca

Siete años después del inicio del proceso secesionista, si nos atenemos a su manifestación pública, los partidos estatales están más divididos que nunca. Sánchez, de perfil, esperando que el PP le evite la dependencia de los nacionalistas sin pagar ningún precio por ello. Iglesias entregado a los secesionistas. Casado y Rivera envueltos en el artículo 155 de suspensión de la autonomía y Vox, extramuros de la Constitución propugnando toda suerte de propuestas inviables. Unos, los secesionistas, saben adónde van y, más allá de diferencias sobre quien manda, no sólo permanecen unidos sino que tienen variados apoyos: PNV, nacionalistas valencianos, navarros y baleares, BNG y otros menores, además de Podemos en toda su amplísima colección de siglas locales. Los constitucionalistas, ni parecen saber adónde ir, ni tienen capacidad para pactar entre sí. De hecho sobre el futuro de Cataluña procuran no hablar.

Dicen estar preocupados por el crecimiento de Vox. Es poco creíble. Al PSOE no le resta votos por el momento, aunque ya lo intenta siguiendo el modelo francés de Le Pen. De momento cree que perjudica al PP. A éste no le preocupa a corto plazo pues está concentrado en eliminar a Ciudadanos como contrincante. Podemos necesita a Vox, es la justificación de muchas de sus diatribas. De modo que Vox crece porque en realidad nadie se ocupa de desmontar sus falsedades, inconstitucionalidades y a veces ilegalidades. Crece en el páramo de debate político que es España, como crece en las redes sociales, medio ideal para todos los que desprecian la verdad.

El rostro ominoso del terrorismo asoma ya en Cataluña. No es que el nacionalismo lo apoye, pero tampoco lo condena. La violencia de baja intensidad sirve como válvula de escape para los más exaltados y como aliño del plato que cocinan los secesionistas. Que un grupo minoritario se prepare para un salto cualitativo es más preocupante para el Estado, garante último de la convivencia, que para la autonomía, que está a lo que está. Por eso el silencio es su respuesta. @mundiario