Tanta discrepancia política dificulta el derecho a la vida

La lucha de los trabajadores se hace intensa en España. / RR SS.
Lucha de los trabajadores. / RR SS.
Nos lo recuerdan todos los días materias de enorme importancia: la electricidad, la pandemia, la educación de los hijos... todo.
Tanta discrepancia política dificulta el derecho a la vida

Fue con la la Revolución Francesa, en 1789, que el “derecho a la vida” pasó a estar explícitamente en las grandes declaraciones de la convivencia entre humanos como asunto político principal.

No es que antes fuera inédito, pues desde el Código de Hammurabi en Babilonia, 1800 años a. C. hay constancia de la preocupación por conductas que empezaron a estar fijadas por escrito en igualdad para todos. En torno a cuatro siglos más tarde, el Decálogo de Moisés (Éxodo, 20 y Deuteronomio, 5) las remarcó para la organización sociopolítica de los israelitas, y el cristianismo las concretó –entre los años 80-90 d.C.- en torno al “amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mateo, 22, 36-40). La posterior cristianización del Imperio romano entre el siglo cuarto y quinto hizo que ese bagaje nutriera la cultura occidental en los siglos siguientes, incluso como referente de lo humano frente a otras culturas; tras el largo ensimismamiento feudal, se contrajo la amplitud de lo humano de manera estrechamente etnocéntrica y patriarcal; pero como ha estudiado Fernando Álvarez-Uría, con los descubrimientos geográficos del siglo XV surgieron los primeros brotes de apertura en el reconocimiento de la humanidad de los otros.

La humanidad de todos

Acabarían eclosionando en la revolución de los colonos americanos contra los ingleses, y muy pronto en París, pero no de modo pacífico. Mientras los privilegiados del Antiguo Régimen se aprestaron a conservar sus privilegios en lo posible, cuantos desde los estratos sociales inferiores -en particular los burgueses-  treparon en el ascenso social y económico ayudaron a mantener a salvo los viejos intereses, mientras los pobres y asalariados del trabajo hubieron de asociarse mejor para defender su derecho a la vida; el genéricamente denominado “movimiento obrero” –nutrido de influencias incluso religiosas- fue, sobre todo desde 1848, su brazo en la pelea social y política, mientras el poderoso grupo de los percentiles económicos más altos se reforzó en conservar el pasado. 

Esta ha sido la gran dificultad, después de esa fecha, para ampliar más el derecho en igualdad a la vida. En el momento actual, ahí seguimos los humanos en esa pelea que, en los países democráticos, se ha traducido en la configuración de un conjunto de derechos sociales, nunca a gusto de todos por la pugna subyacente: unos  deseando ampliarlos y otros tratando de recortarlos. En el caso de España, la pandemia de la que no logramos salir lo muestra claramente y el salario mínimo, la sanidad, la educación de los hijos, la energía eléctrica o el gas, se suman de manera muy destacada a las urgencias de cuanto define la mayor pobreza de muchos o la creciente riqueza de unos pocos a cuenta de los “medios de producción”, imprescindibles para atender las necesidades humanas –empezando por las más básicas-, pero que siempre han sido y serán escasos.

Igual derecho a vivir

Detrás de esta constante, siempre ha habido una soterrada lucha por la “propiedad” de los bienes capaces de solucionar las necesidades, y  hasta casi finalizado el siglo XIX se logró sostener como sagrado el derecho de propiedad privada, mientras el Estado solo se ocupaba de un “orden” siempre idéntico y una miseria manifiesta, sobre todo en las relaciones laborales. Tanta era que, por más que se intentara ocultar con eufemismos como el de “la cuestión social”, crecieron los partidarios de coartar aquella inviolabilidad, sobre todo desde que en el último tramo de ese siglo -para evitar conflictos que rompieran la “seguridad social”-, empezaron a regularse los derechos de propiedad, y se crearon las primeras leyes sociales que, después de la II Guerra Mundial, configurarían el “Estado de Bienestar” con un abanico de prestaciones para todos soportadas por instituciones del Estado. Hasta entonces, las formas limitadoras de la propiedad, variadas -y  a veces con fondo religioso- nunca habían sido obligación legal, e igual sucedía con los “derechos humanos”, que nunca habían sido exigibles ante un tribunal.

El “Bien general”

Las declaraciones de ayer por parte del llamado Foro Nuclear, junto con algunas afirmaciones y preguntas en el control parlamentario, reiniciado el día 15 de este mes, documentan fehacientemente que la lucha básica por el derecho a la vida con mínimos de igualdad sigue latente y no se soluciona con alivios. La vieja pugna de fondo sigue ahí, a veces incluso recortando derechos que están asumidos constitucionalmente; hay quienes quieren que todo sea un negocio, y cuanto más rentable mejor, pero también es cierto que, de no atender la justicia distributiva,  todos perderemos. Sobre esa base renovó Bismarck la “Política económica”  en la Alemania de los años ochenta del siglo XIX; y con esa nueva sensibilidad, a partir de 1902 se legisló en España por primera vez un derecho social, el seguro de accidentes de trabajo; los demás han llegado tarde y algunos ni han llegado. Cien años después, la moda neoliberal, imitada por el más doctrinario conservadurismo –no frenado por una socialdemocracia en declive-, se concertó en imponer la “Economía política” del siglo XIX. Se sucedieron los recortes y silencios, pactados o consentidos pese a teatrales broncas, y ahora pretenden saltarse el art. 128 de la CE78 sobre la predominancia que debe tener “el bien general” en este conflicto profundo.

Degradando el derecho de todos a la vida, les da igual que se trate de salarios, luz eléctrica, cautelas con la pandemia, servicios sanitarios, la dignidad debida a la educación de todos  o la atención a los mayores. No es fácil aquí y ahora el tratamiento de estos problemas reales, tan necesitados de consensos democráticos, por más que cuanto atiende presupuestariamente cada año con dignidad el Estado ejemplifique que es posible, y que, de no lograr conciliar una moderada satisfacción de todos, peligre el entendimiento colectivo.

El pasado pesa mucho, pero lo que no puede ser es que, como si las vidas de los de percentiles económicos más bajos valieran menos, siempre tengan quien les ronronee: “tengan paciencia”. Dicho de otro modo, que lo que estos días sigue en riesgo, entre tanto vocerío, es el interés general de todos y con un particular de unos y otros, no por compasiva devoción caritativa o benéfica de alguien. @mundiario

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