¿Son los políticos los únicos culpables del mal momento que vive España?

Botellón
Restos de un macrobotellón en cualquier ciudad española.

Los males de una sociedad se generan, se estimulan, se consienten y se extienden en procesos en los que toda la sociedad, ya por comisión, ya por omisión, es partícipe.

¿Son los políticos los únicos culpables del mal momento que vive España?

Una encuesta recién publicada por un medio nacional refleja que el 54% de los españoles piensan que España no es un país serio, es decir, responsable y de fiar. La encuesta atribuye tan decepcionante percepción a la «cada vez más insoportable constatación de que buena parte de nuestras instituciones y figuras públicas no están sabiendo estar a la altura que nuestra sociedad merece».

Ya se sabe lo que son las encuestas y lo comprometido que resulta establecer relaciones de causa-efecto en magnitudes sociales. Por otra parte, como hijo de la transición entre los rigores de una dictadura y el bálsamo de la democracia, he aprendido a hacer bandera de la tolerancia y motor vital de la liberalidad de criterio. Por eso mismo, tiendo a rechazar el argumento, en el fondo reaccionario, de que, como cantaba el vate, cualquiera tiempo pasado fue mejor y, en consecuencia, vamos permanentemente a peor. Pero es lo cierto es que el momento actual semeja sancionar con creces las palabras del poeta.

Hace unas semanas, en ocasión de cierta jornada profesional en la Villa y Corte, oí un afamado escritor referirse a la bajeza de nuestra sociedad, abarcando el sustantivo los aspectos morales e intelectuales de la misma. Y, contra el criterio de la encuesta mencionada, no tengo yo claro que de esa bajeza y falta de confianza sean nuestros políticos los únicos responsables.

Los males de una sociedad se generan, se estimulan, se consienten, se extienden y, finalmente, se establecen en procesos en los que toda la sociedad, ya por comisión, ya por omisión, es partícipe y no vale con echar la culpa sistemáticamente al gobernante.

Alguien me recordaba al respecto las palabras de un periodista, según las cuales, a partir de un momento dado, en España las cosas dejaron de hacerse según el criterio de «por qué» para pasar a hacerse siguiendo el criterio de «por qué no».

Hace unos días, asistí en la plaza pública de cierta villa marinera a una suerte de fiesta de disfraces en la que, ante un millar de ciudadanos, un dj subido a un escenario, que oficiaba al tiempo de presentador, organizó un concurso: los participantes, también subidos al escenario, disfrazados y con claros síntomas los más de ellos de intoxicación etílica, ganaban 100 euros si eran capaces de morrear (literalmente) con su pareja (según tres grupos: hetero, gay masculino y gay femenino) durante los minutos de una canción. Puede imaginarse el espectáculo subsiguiente, para universal contento del respetable, en el que, por cierto, se contaban no pocos niños y niñas.

Son momentos en los que uno recuerda la cordura del ácrata: parad el mundo, que yo me apeo.

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