¿Somos menos racistas en España que en América?

Una imagen de SOS racismo / sosracismoaragon.es
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En España condenamos ese racismo desalmado en el continente americano pero nos cuesta reconocer el nuestro.
¿Somos menos racistas en España que en América?

En España nos indigna el racismo existente en otras latitudes. La crueldad del policía que asfixió con su rodilla a George Floyd y que tantas protestas ha provocado, nos asombró. La muerte causada por disparos de la policía a un muchacho hispano de trece años, Adam Toledo, cuando estaba con los brazos en alto, nos dejó atónitos. El racismo que sufren los pueblos originarios y la población afrodescendiente en América Latina nos sobrecoge. Colombia, tal vez el país del mundo con mayor número de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, incluye en su triste record un elevado número de muertes de líderes étnicos por defender las tierras comunitarias o el agua de sus ríos. Chile, que presume de ser un país muy civilizado, ha sojuzgado sin compasión al pueblo Mapuche, ese al que cantó Alonso de Ercilla en La Araucana. Y, ¿qué decir de la Amazonía, donde la invasión de colonos y ganaderos no cesa? Bolsonaro se ha erigido en el enemigo público número uno de sus selvas y sus tribus.

En España condenamos ese racismo desalmado en el continente americano pero nos cuesta reconocer el nuestro. Aunque a nadie se le ocurriría afirmar que los inmigrantes africanos o latinoamericanos ya asentados gozan de los mismos derechos y bienestar que la población española, centrémonos aquí en el racismo que sufre el pueblo gitano. Y los datos son incuestionables: no es menor que el de latitudes, aunque adquiera distintas formas. Hace pocas semanas, el pasado 8 de abril, se celebró el Día internacional del pueblo gitano, una fecha que conmemora el Primer Congreso Mundial Romaní/Gitano celebrado en Londres hace 50 años, donde se rindió homenaje a las personas de esta etnia que han sido víctimas de persecución a lo largo de los siglos. Los nazis, al igual que persiguieron al pueblo judío, deportaron a docenas de miles de personas gitanas a los campos de exterminio sin que se conozca, ni siquiera hoy, una cifra aproximada del número de muertos. Pero no fueron los únicos.

¿Qué dicen los datos sobre España?

En España se estima que la población gitana supera las setecientas mil personas, la mitad en tierras andaluzas. Y, ¿qué dicen los datos sobre su situación? Pues, en lo que respecta a derechos fundamentales como la educación, el empleo o la no discriminación, que es notablemente peor a la del resto de la sociedad. Por ejemplo, sólo el 17 por ciento de la población gitana ha terminado los estudios secundarios obligatorios -datos de 2018- frente a casi el 80 por ciento de la población española en general. Todavía hoy, sólo el 45 por ciento de los niños gitanos finaliza la ESO. Y sólo el 3 por ciento cuenta con estudios universitarios, frente al 22 por ciento de la población en general. Si comparamos estas cifras con las de EE UU, resulta que allí el 20 por ciento de la población negra y el 16 por ciento de la latina posee estudios universitarios frente al 35 por ciento de la población en general. La discriminación en Norteamérica es evidente pero resulta que en España, en el ámbito educativo, es mucho mayor.

Respecto al empleo, la mitad de la población gitana está desempleada frente al 15 por ciento de la población española en general -datos de 2018-; pero vean: mientras en EE UU la probabilidad para los afrodescendientes de no tener empleo es el doble que la de los blancos, para los gitanos/as en España es más de tres veces mayor. Y otro dato: las personas gitanas con niveles educativos secundarios o superiores muestran una tasa de ocupación similar a la de la población en general, pero sus niveles salariales son muy inferiores: su salario medio es de 754 euros frente a los 1.250 del promedio general.

La pandemia ha afectado sobre todo a las personas más vulnerables

La situación descrita tiene un fuerte impacto en la pobreza: en torno al 90 por ciento de la población gitana la padece, frente al 30 por ciento de la población en general. Estas cifras incluyen un 46 por ciento en situación de extrema pobreza, frente al 10 por ciento de la población en general. Son cifras escandalosas que interpelan con dureza la labor de todos y cada uno de los distintos niveles de gobierno. Por si fuera poco, la pandemia ha afectado sobre todo a las personas más vulnerables y, entre ellas, a las gitanas.

La mujer gitana padece una triple discriminación: clasista, racista y machista. El resultado: si el 19 por ciento de los gitanos terminó la ESO, sólo el 15 por ciento de las gitanas lo consiguió. Su participación laboral no llega al 40 por ciento, frente al 76 por ciento de la masculina -entre otras razones, porque ellas se encargan del trabajo doméstico y familiar- aunque, en las encuestas, la mayoría desearía tener un empleo.

El nivel de estudios no explica todas las diferencias. Hay otras, culturales, y también está el factor discriminatorio. El 40 por ciento de la población gitana manifiesta haber sufrido algún tipo de discriminación. La Fundación Secretariado Gitano (FSG) publica todos los años un informe sobre discriminación y ha constatado su persistencia: desde la negativa de particulares a alquilar viviendas de su propiedad a personas gitanas, hasta el rechazo a su admisión en bares o restaurantes, o en pubs y discotecas, pasando por insultos y vacíos en centros de estudio y trabajo por parte de los propios compañeros. Los informes de la FSG rebosan de comentarios racistas, como el de una profesora dirigiéndose a una estudiante de comercio: “En serio, ¿eres gitana y tienes estudios?”; o, más grave, de denegación de empleo por el origen étnico, como en un centro de estética cuyo encargado se justificó: “Las clientes no se fiarían de dejar aquí los bolsos”. Se han denunciado también no pocos casos de policías que registran y piden la documentación a personas gitanas y no lo hacen con otras que están en el mismo momento y lugar. ¿Habrá que recordar que la discriminación es un delito susceptible de condena judicial?

Un racismo que cabe rastrear desde tiempos lejanos

Tal vez alguien quiera justificar esas actitudes escudándose en el cuidado que cualquier empleador debe poner ante una nueva contratación o en las garantías que un propietario de una vivienda debe buscar sobre un posible inquilino, pero cuando estos comportamientos se tienen con respecto a una etnia, eso se llama racismo. Un racismo que cabe rastrear desde tiempos lejanos, cuando los Reyes Católicos buscaron la unificación de la Península, centralizaron el poder político e impusieron una única religión y cultura. La etnia gitana, que mantenía su propia lengua y sus costumbres, pronto se consideraría sospechosa y puesta bajo vigilancia, y sería perseguida y discriminada, al igual que judíos y moriscos. Los prejuicios contra todos ellos vienen de allí, y ni siquiera el glorioso Cervantes, él mismo de origen humilde, perseguido, encarcelado y de ideas tan avanzadas, pudo sustraerse a los prejuicios de entonces, como muestra La gitanilla, una de sus novelas ejemplares.

Vean: Preciosa, pues tal era su nombre, una joven de 15 años, llega a Madrid con un grupo de gitanos y encandila a cuanta persona la ve, sin importar su clase social, sus creencias o su sexo. Honrada y bellísima, bailaba y cantaba como nadie y se expresaba con gran claridad y sentido común. No expondré aquí la trama pero sí el hecho que se nos revela al final: aquella moza extraordinaria era en realidad Constanza de Acevedo, hija de un caballero del hábito de Calatrava, quien había sido robada muy niña por una gitana. Cervantes decide que aquella joven con tantas cualidades no podía ser gitana, y decide también que la roba-niños sí lo sería. Y escribe: “Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones. Nacen de padres ladrones, críanse entre ladrones…”. Por cierto, ¿cómo justificarán, quienes creen que estos genes son hereditarios, que el hijo del corrupto Borbón se mantenga en el trono?

Pues bien, desde aquellas épocas podemos saltar sin grandes cambios hasta el siglo XX, tal es el legado del abandono histórico padecido por la etnia gitana, por decir lo mejor. El artículo 4 del reglamento de la Guardia Civil, en vigor durante el franquismo, expresaba: “Se vigilará escrupulosamente a los gitanos, cuidando mucho de reconocer todos los documentos que tengan, confrontar sus señas, observar sus trajes, averiguar su modo de vivir y cuanto conduzca a formar una idea exacta de sus movimientos y ocupaciones…”. Hubo que esperar hasta 1978 para su supresión, cuando el diputado Juan de Dios Ramírez Heredia lo pidió en el Congreso.

¿Hasta que punto somos conscientes de esta situación? Tal vez el imaginario colectivo considera que no hay que preocuparse demasiado por los gitanos porque “se apañan bien”. ¿Acaso no han triunfado como nadie en el cante y en el baile flamenco, y en el rasgueo de la guitarra, hasta el punto de que convertirlo en una de las señas de identidad más conocidas de nuestra piel de toro, un arte declarado por UNESCO “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad? Cuánto nombre famoso: desde Peret, Las Grecas, los Chunguitos, Carmen Amaya, La Niña de los Peines, Antonio Mairena, Manolo Caracol, El Lebrijano… hasta El Camarón, Paco de Lucía, Lole y Manuel, Ketama, Diego el Cigala, pasando por Joaquín Cortés, Niña Pastori, Antonio Carmona, Lola Flores… y tantos otros, unos más “puros” y otros experimentando mezclas: flamenco con rock, con salsa, blues, jazz… Pero, lo cierto es que el común de los gitanos sobrevive a duras penas en los mercadillos, en el rastro, en la venta ambulante, en la recogida de chatarra, en la construcción, en la limpieza de edificios, o malvive de la artesanía y la cestería. La realidad es tozuda y los datos de desempleo y pobreza son los que son.

España y Portugal, entre los países que menos discriminan

Hace un par de años coincidí en una mesa redonda en la Universidad de Salamanca con Sara Giménez, abogada, activista por los derechos del pueblo gitano, representante por España en la “Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia” y diputada en esta legislatura, a quien escuché que las condiciones de vida de la etnia gitana en España han ido mejorando, y también que superan a las de determinados países europeos que menosprecian los derechos humanos de sus minorías. Supe del European Roma Rights Centre (ERRC), una institución que ha llevado a juicio a muchos Estados por casos de abusos contra la población romaní y que ganó uno en 2007 contra la República Checa, por segregar a los niños romá en las escuelas, un precedente histórico contra la segregación escolar en Europa. Resulta que España y Portugal están entre los países que menos discriminan, y encontramos gitanas y gitanos en todo tipo de empleos, en la medicina, la abogacía, la función pública, el empresariado o la mediación social; pero, como también decía Sara Giménez, queda mucho por hacer.

La Fundación Secretariado Gitano es muy clara: lo primero, actuar en la educación. Se necesita un gran empujón para mejorar de una vez por todas la situación escolar de la etnia gitana con un plan de choque educativo contra el fracaso escolar. No es admisible que se mantengan año tras año esos elevados índices de abandono. También hay que actuar en las empresas, con los agentes sociales, para que se permita un acceso en igualdad al mundo laboral y se erradiquen estereotipos entre jefes y empleados; en los medios de comunicación, para que eviten las expresiones racistas y se visibilicen de modo más positivo las etnias minoritarias; y en la policía, para que practiquen el debido trato respetuoso hacia todas las personas.

Se necesitan también políticas contundentes para erradicar la pobreza extrema y para reducir las brechas de género y promover la entrada de las mujeres gitanas en el mundo laboral. Y ya puestos, podrían crearse museos de cultura gitana, estudios gitanos, una red de casas culturales, un archivo histórico, introducir la historia y la cultura gitana en los currículos escolares para que se conozca y se respete… y tantas otras cosas.

Mejorar la situación de las minorías

Mejorar la situación de nuestras minorías, es de justicia y nos hará mejores a todos. En el caso de la población gitana, no son pocos sus valores, como la estructura de apoyo familiar o el respeto a las personas de mayor edad, que se están perdiendo entre el resto de la población y que merece la pena conservar. Pero además, España debe cumplir con sus compromisos internacionales, como la Agenda 2030 aprobada en Naciones Unidas en 2015, uno de cuyos principales propósitos es “que no quede nadie atrás”. O con la “Resolución para la adopción de medidas concretas para la eliminación total de la discriminación racial, el racismo, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia”, aprobada por 124 estados en la Asamblea General de Naciones Unidas del 31 de diciembre de 2020. En ese texto se reitera que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y tienen la capacidad de contribuir de manera constructiva al desarrollo y bienestar de la sociedad. Todas las doctrinas de superioridad racial son científicamente falsas, moralmente condenables, socialmente injustas y peligrosas y deben rechazarse”.

Algunos órganos internacionales encargados de vigilar el respeto a los derechos humanos y la lucha contra la discriminación, como la mencionada “Comisión Europea contra el racismo y la intolerancia”, han recomendado a España la elaboración de una ley integral para la igualdad de trato y no discriminación y, también, reforzar y hacer más independiente el “Consejo para la Eliminación de la Discriminación Étnica” existente. Es este un asunto clave, pues toda labor en este campo ha de hacerse con respeto al pueblo gitano y a su cultura, y con su participación y protagonismo.

¿Qué esperar del gobierno de coalición? En la declaración institucional del Día Internacional del pueblo gitano del pasado 8 de abril se comprometió, entre otras cosas, a luchar contra el anti gitanismo, a reforzar el papel del “Consejo Estatal del Pueblo Gitano” y a elaborar una nueva Estrategia para la Igualdad, la Inclusión y la Participación de la Población Gitana para mejorar todos los indicadores que muestran la enorme desigualdad existente en nuestra sociedad. No está mal para comenzar, pero ahora hay que lograr que todas esas buenas intenciones se conviertan en hechos. Demandémoslo también desde la población paya. @mundiario

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