Dos sistemas imperfectos escriben un nuevo capítulo en la normalización de relaciones
Para que la normalización de relaciones entre Cuba y EE UU tenga éxito, especialmente a largo plazo, cada lado debe tomar en cuenta ciertas expectativas.
Lo inaudito ha ocurrido: un presidente de EEUU ha visitado Cuba por primera vez desde la década de 1920. Es el paso más importante hasta ahora hacia la normalización de relaciones que ambos países iniciaron a finales de 2014. Con esta visita, Cuba ha sido elevada oficialmente al rango de países con quienes EEUU tiene desacuerdos pero está dispuesto a hablar cara a cara e incluso establecer acuerdos de cooperación. En otras palabras, EEUU tratará con Cuba como trata con Rusia y China. La rueda de prensa del presidente estadounidense Barack Obama en Cuba, junto con su contraparte cubana Raúl Castro, ha proclamado este nuevo estado de cosas.
Una página web estadounidense ha publicado una descripción bastante interesante de aquella rueda de prensa, describiendo el evento como el momento en que Obama le tendió una trampa a Castro. Tal vez, porque de acuerdo con esa descripción Castro se mostró visiblemente incómodo cuando un reportero de CNN le preguntó sobre los presos políticos cubanos, hasta el punto en que Castro terminó la rueda de prensa diciendo que no era correcto que se le hiciese una pregunta así. El Nuevo Herald, órgano oficial de la diáspora cubana de Miami, pasó juicio sobre lo ocurrido: Castro no está listo para contestar preguntas de periodistas impertinentes. Pero lo que me parece más interesante es que ambos presidentes declararon a los cuatro vientos que están de acuerdo en no estar de acuerdo con cosas como derechos humanos y libertades políticas. En respuesta a Obama, Castro dijo que era inconcebible que el gobierno no garantizara acceso a cuidado médico, educación y a la seguridad alimentaria y social y que los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales eran interdependientes e indivisibles.
¿Pueden dos países con ideologías dispares y arraigadas sobre la democracia hacer funcionar la normalización de relaciones sin sacarse de quicio el uno al otro?
Llegamos entonces a una versión de la interrogante que propuso Neil Simon en La pareja dispareja: ¿pueden dos países con ideologías dispares y arraigadas sobre la democracia hacer funcionar la normalización de relaciones sin sacarse de quicio el uno al otro?
Del lado de Cuba, no hay nada malo en demandar que la igualdad socioeconómica sea un basamento del sistema político porque de ello surge el que los ciudadanos sean verdaderamente iguales ante la ley, sean incluidos cabalmente en el proceso político y reciban las mismas oportunidades para alcanzar la cúspide de su realización como seres humanos. Ese es el espíritu de la Revolución Cubana, y no se le puede culpar por ello dado el estado sórdido de Cuba antes de enero de 1959. Sin embargo, aunque Castro no especificó a qué se refería cuando mencionó la frase “derechos políticos”, es obvio que él no cree que el disenso es uno de ellos. Las razones para ello no son difíciles de encontrar si pensamos un poco. En tanto el socialismo cubano y su énfasis en la igualdad socioeconómica sean vendidos a los cubanos como la fuente última de la ley y una representación del interés común en preservar la soberanía nacional, el socialismo cubano es similar a la prototípica voluntad general que acuñó Rousseau. Y porque la voluntad general representa el mejor interés de todos y es infalible, siempre es mejor obedecer cualquier ley sustentada por ella aun si se está en desacuerdo. En consecuencia, los cubanos deben ser forzados a ser libres, como los artistas Tania Bruguera y “El Sexto”, las Damas de Blanco, el escritor Heberto Padilla y el disidente Oswaldo Payá, todos ellos victimizados de una forma u otra por el sistema. En resumen, el problema en cuestión es el mismo que afecta a todas las religiones organizadas: cuando las ideas se convierten en dogma omnipresente e indiscutible. En esas condiciones, los derechos económicos, sociales y culturales que la Revolución Cubana alega haber alcanzado no tienen sentido. Punto para EEUU.
Precisamente del lado de EEUU, no hay nada malo en decir que ningún gobierno, ni siquiera el más progresista, debe asumir que la opinión individual es algo superfluo, especialmente cuando se trata del impacto de las decisiones gubernamentales en los ciudadanos. Es por ello que el derecho al disenso legítimo importa. Pero EEUU tiene graves fallas – una desigualdad económica creciente, afro-estadounidenses muertos a manos de policías (usualmente de raza blanca) o superpoblando las cárceles, el cuidado médico tratado como lujo y no como derecho, políticos vendidos al mejor postor gracias a leyes de financiación de campañas fácilmente sorteables y varias otras fallas. En esas condiciones, las libertades políticas de las que EEUU se ufana tampoco tienen sentido. Además, está probado que EEUU tiene un récord negativo en Cuba en virtud de negarle a los cubanos la independencia luego de la Guerra Hispano-Cubano-Americana y enlistar a gente como Fulgencio Batista, el dictador que Castro ayudó a derrocar. Y si pensamos en escándalos como el de Abu Ghraib, la “trampa” de derechos humanos que Obama le tendió a Castro no es formidable. Punto para Cuba.
Ahora que Raúl Castro se retirará dentro de dos años y se avecina un cambio generacional, es hora de repensar la Revolución
Asumiendo que la normalización de relaciones sobrevivirá el torbellino electoral de este año en EEUU, el hecho de que ese país trate ahora a Cuba del mismo modo que trata a Rusia y China es más prometedor que 50 años más de la misma política fallida de antagonismo tan adorada por la oposición al partido de Obama, la línea dura del exilio cubano y hasta algunos correligionarios del propio Obama (no creo que Donald Trump siga esa política; él, en cambio, ordenaría bombardear La Habana y someter a Fidel Castro a una larga sesión de waterboarding). Pero esa promesa significa que ambos países tienen expectativas que satisfacer. EEUU debe reconocer que no ha jugado limpio con Cuba en el pasado y, por consiguiente, no pensar que la normalización es caballo de Troya para un cambio de régimen como el que trató de imponer por décadas. También debe reconocer que la igualdad socioeconómica no es un pecado en sí misma y que la Revolución Cubana tiene motivos para pensar así. Pero en cambio, Cuba debe reconocer que el modelo totalitario de estado-partido, con sus instintos de reprimir a la sociedad, pertenece ahora al vertedero de la historia y que es imposible esperar que todos los ciudadanos estén de acuerdo con el gobierno todo el tiempo. Ahora que Raúl Castro se retirará dentro de dos años y se avecina un cambio generacional, es hora de repensar la Revolución, especialmente cuando tantos y tantos cubanos simplemente quieren una vida mejor y no tener que abandonar su país para lograrlo.
Pero como quiera que sea, lo inaudito ha ocurrido. Creo que eso significa que el Eibar pronto será Campeón de Liga.