INFORME ESPECIAL

La industria militar de EE UU no es ajena a la lógica de su política exterior

Estados Unidos, una nación articulada por el Complejo Militar Industrial
Estados Unidos, una nación articulada por el Complejo Militar Industrial

Cuando Obama pide luz verde para el ataque a Siria abre la puerta a que los congresistas reciban beneficios de los cabilderos que conforman el poderoso lobby del Complejo Militar Industrial.

La industria militar de EE UU no es ajena a la lógica de su política exterior

La Casa Blanca no sólo despliega buques y submarinos en las costas de Siria, también lanzó a una jauría de cabilderos que ya alcanzaron a 185 legisladores, 60 senadores y 125 diputados, favorables al pedido de Obama de una acción militar. En Estados Unidos el lobby es legal y determinante la dependencia de los legisladores a los patrocinantes privados que pueden crear o destruir una carrera a simple golpe de chequera.

El 4 de septiembre el Comité de Relaciones Exteriores del Senado votó favorablemente, 10 a 7, para otorgarle a Obama una “ventana” de 60 a 90 días para que accione militarmente las operaciones militares, medida que quedó en suspenso ante la propuesta rusa de que Siria entregue las armas químicas a un control internacional.

Cuando el secretario de Estado, John Kerry, afirmó en su participación en las audiencias del Congreso sobre la acción contra Siria, que las monarquías árabes ofrecieron pagar por la totalidad de los costos de la operación militar, lo que está también anunciando es un fantástico negocio para corporaciones como Northrop Grumman, Lockheed, Raytheon, General Dynamics y Boeing, entre las más conocidas.

Un negocio que crece pese a la recesión

Durante la era Bush, el Departamento de Defensa adjudicó contratos por 125.000 millones de dólares entre las diez compañías militares más importantes, de un total de 230.000 millones repartido entre 100 empresas.

Desde 2005, los gastos destinados a financiar las guerras de Irak y Afganistán fueron creciendo desde los U$S400.000 millones hasta los U$S502.000 millones en 2011.

En su primer año en la Casa Blanca, George W. Bush gastó 1.2 billón de dólares, pero Obama superó con creces el récord[1], gastando 3.5 billones. En octubre de 2008, Obama autorizó un gasto de 680.000 millones en gasto militar, de los cuales 130.000 fueron destinados a las guerras de ocupación de Irak y Afganistán. Los 550.200 millones restantes fueron designados al Departamento de Defensa.

¿Alguien puede creer que ante semejante torta, las corporaciones dejarán ese presupuesto librazo al azar? Naturalmente no. Y los legisladores no sólo esperan con los cubiertos listos para comer su porción: también compran acciones de las empresas que saben serán beneficiadas. Sin ir más lejos, el ex vicepresidente de los Estados Unidos fue presidente de Halliburton.

La relación con el electorado también es fundamental: más de 6 millones de estadounidenses trabajan en el Complejo Militar Industrial (CMI), por lo que se puede estimar que más de 20 millones de personas dependen todos los meses de un salario del sector, de modo directo. Esto debe multiplicarse varias veces en la cantidad de empleos indirectos que genera (desde servicios de limpieza, logística, médicos, etc.), por lo que una parte importante de la fuerza laboral de los Estados Unidos depende directamente de la guerra.

Para citar un ejemplo, la URS Corporation[2] es una empresa con sede en San Francisco dedicada a la ingeniería y la construcción, que llegó a tener 50.000 empleados en 34 países, y sus ingresos dependen en gran medida de los contratos del Pentágono para la reconstrucción de Irak. Un poco más grande es Electronic Data System, con sede en Texas que emplea a 135.000 personas en 65 países.

Harris Corporation[3], fuerte en el desarrollo tecnológico, tiene sede en Melbourne (Florida) y da trabajo a 16.000 personas.

La puerta giratoria hace transitar a funcionarios, políticos y militares, por el Departamento de Defensa, las corporaciones del complejo militar y los think tanks que diseñan las políticas y promueven funcionarios que determinan el curso de las estrategias militares.

Un ejemplo es el de una de las corporaciones más grandes de los Estados Unidos en materia de Defensa: KBR Inc. (anteriormente Kellogg Brown & Root)[4]. Entre sus directivos se encuentra Lester Lyles[5], miembro de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos durante 35 años, comandante del Centro Misilístico y Espacial, director de la Organización de Misiles Balísticos de Defensa, entre otros altos cargos en el sistema militar estadounidense. Y también fue director de gigantes del CMI: General Dynamics y BAE Systems.

KBR fue, durante la guerra de ocupación de Irak, una filial de Halliburton, la misma empresa que había sido presidida por Dick Cheney.

Además, la industria militar tiene ventajas determinantes en el mercado. Un elemento determinante de la ecuación es que el aumento de los costos son transferidos directamente al Estado, en su carácter de cliente monopólico. Esto le permite destinar fondos prácticamente ilimitados para investigación y desarrollo de nuevas tecnologías, algo nada nuevo en la historia estadounidense, teniendo en cuenta que la Guerra Civil posibilitó la industrialización productiva del país, desde el armamento a la producción en masa de ropa con talles y calidades estandarizadas[6]. En definitiva, los costos son absorbidos por el resto de la sociedad, en un extraño caso de socialización dentro del capitalismo.

Tampoco son menores las ayudas que recibe por parte del Estado. El presupuesto en Defensa de los Estados Unidos, como se sabe, supera a los gastos destinados al sector por el resto de los países en su conjunto. Pero además, las corporaciones del Complejo Militar Industrial tienen el patrocinio del propio Estado para la comercialización de sus productos hacia otros países cuyos gobiernos celebran acuerdos bilaterales en Defensa, por lo que billones de dólares de países como Arabia, Qatar, Pakistán, Turquía, Jordania, Corea del Sur, Australia o Sudáfrica, engrosan las cuentas y beneficios de esas corporaciones.

Tanques de ideas

La política exterior de los Estados Unidos es diseñada por instituciones como el Council on Foreing Relations (CFR), el American Enterprise Institute (AEI), la Heritage Foundation, el Project for the New American Century (PNAC), el Middle East Media Research Institute, el Washington Institute for Near Eastern Policy, el Center for Security Policy, el Jewish Institute for National Security Affaire, el Hudson Institute y el Institute for the Study of War.

Kimberly Kagan es doctora en historia militar y enseñó en West Point, Yale y Georgetown. También presidente el Institute for the Study of War, una fundación que se dice “no partidaria”. Desde ese lugar participó en el diseño de estrategia militar del Centcom (Central Command que abarca desde Egipto hasta Turkmenistán, todo el Oriente Medio y el Golfo Pérsico) y del ISAF. Su instituto es patrocinado financieramente por Northrop Grumman, fabricante de portaaviones y bombarderos; y Raytheon, proveedor de misiles Patriot y Tomahawk. Christopher Hammer[7], analista senior, recomienda en sus últimos informes el uso de los misiles Tomahawk[8] contra las bases aéreas sirias.

Raytheon disparó la cotización de sus acciones[9] en medida directamente proporcional a la posibilidad de un ataque contra Siria: desde febrero al 30 de agosto, sus acciones subieron un 44%. Y de las grandes empresas, es la que menos dinero invierte para el cabildeo: en el primer semestre de 2013 destinó 3.6 millones de dólares para el lobby.

No es algo nuevo. Durante décadas, el cabildeo efectivo les permitió a los fabricantes de armas  ganar financiamiento estratégico en dólares aportados por los contribuyentes mediante subsidios para investigación y desarrollo de nuevos sistemas de armamentos, como también asistencia para vender sus productos a clientes extranjeros[10].

El CMI admite gastar unos 60 millones anuales en cabildeo, aunque superaría largamente los 100 millones. En la primer mitad de este año Lockheed Martin invirtió 7.6 millones, Boeing 7.5 millones y General Dynamics otros 5.5 millones.

Esto explica por ejemplo la postura radical del diputado republicano por el 25° distrito de California, Buck McKeon, contra cualquier proyecto que busque recortar o limitar el presupuesto militar. De hecho, en su sitio oficial de la Cámara de Representantes llama a cumplir el deber de equipar correctamente a las tropas y se escandaliza por los recortes programados[11] y pide no cargar en las espaldas de los soldados la crisis financiera. McKeon es el presidente de la Comisión de Servicios Armados.

El negocio no termina aquí: el hermano del congresista McKeon, Steve McKeon[12],  es el dueño de su propia consultora de cabildeo, Golden Oak.

El CMI (Complejo Militar Industrial) tiene en la palma de sus manos a un formidable aparato de lobby masivo: los medios de comunicación. El dispositivo de Rupert Murdoch encabezado por Fox News y The Wall Street Journal  es seguido por otro tipo de publicaciones como el Washington Times, el New York Sun, el National Review y cada vez más por la CNN, el New York Times y el Washington Post que, de mínima, no manifiestan mayor oposición.

El profesor en Filosofía de la Universidad de Indiana, Edmund F. Byrne advierte que hay tres ejes por los que la población acepta mansamente que los fondos públicos terminen alimentando los beneficios del CMI. El primero es la falta de democracia genuina, y la dependencia del establishment político de los aportes de las corporaciones armamentistas borran cualquier atisbo de legislación coherente en un mar de corrupción “legalizada” por el cabildeo.

El segundo factor es la falta de información que recibe el ciudadano de a pié. En esto el rol de los medios de comunicación resultan fundamentales para ocupar miles de horas de entretenimiento barato antes que actuar como vínculo de información relevante para la vida cotidiana.

Y el tercer pilar es la “inculcación deliberada de miedo” que hace posible que los Estados Unidos gaste más dinero en armamento que el resto de los países del mundo en su conjunto[13]. Este es probablemente el ataque más brutal que la elite norteamericana lanzó contra su propia población para domesticarla y hacerle creer que un puñado de afganos, desde cuevas primitivas sin siquiera señal para celulares, pudo llevar adelante el 11-S sin cooperación interna; o que los iraquíes, que nunca atacaron a un estadounidense, eran un riesgo para la seguridad nacional.

Durante años, los estadounidenses eran atacados desde los medios de comunicación con un absurdo “termómetro del terrorismo” que le decía, por colores, los riesgos de un ataque terrorista en ese día, como si de lluvias o calores se tratase. Cuando era color verde, los periodistas y políticos le decían a la población que era un día para pasear y disfrutar de compras, pero a medida que los tonos iban hacia el rojo, el riesgo de morir víctima de un atentado terrorista era ciertamente peligroso.

El investigador sudafricano, Andrew Feinstein, autor de “The Shadow World: Inside the Global Arms Trade” (2011), refleja lo que le cuesta a los propios ciudadanos estadounidenses semejante sistema: por cada billón de dólares invertidos en el Complejo Militar Industrial se generan 8.555 empleos, mientras que si se destinaran al sistema de salud surgirían 12.833 puestos de trabajo, o 17.100 en el sector de energías limpias, o 17.687 si fuesen invertidos en educación[14].

No se puede obviar a otros sectores que, sin estar dentro del pequeño círculo, dependen del CMI: empresas de desarrollo electrónico, informático e hidrocarburífero. La revolución electrónica es la que posibilita el desarrollo de nuevas tecnologías para la guerra, cuyos costos de investigación son financiados con fondos estatales y redondean el negocio con aplicaciones para uso civil. Misma situación con las corporaciones informáticas y de telecomunicaciones, que aplican para los dispositivos de guerra y también para un inmenso aparato de inteligencia.

La industria petrolera define el destino de billones de dólares diarios a base de guerras, o amenazas de la misma, algo que se hiciera cotidiano con amenazar permanentemente a Irán, que respondería con el cierre del Estrecho de Ormuz por donde pasan 15.5 millones de barriles de crudo por día. El trasfondo de la guerra en Siria tiene que ver con el suministro de gas natural a Europa: mientras existe un proyecto de suministrar gas desde Irán, pasando por Irak y embarcado en los puertos sirios, el plan antagónico es que salga desde Arabia y llegue a Siria pasando por Jordania.

Pero reconvertir los puestos de trabajo, si existiese la voluntad, es inimaginable, que sumado al poder de lobby de las corporaciones de armas que se benefician del presupuesto más descomunal del mundo, que tienen ejércitos privados con poder de fuego superior al de muchos países y también son parte integral e indispensable del aparato de inteligencia estadounidense.

Mientras tanto la trampa sigue. El presidente Dwight Eisenhower, en su discurso de despedida del 17 de enero de 1961, advirtió: “Tenemos que tener cuidado con la adquisición de una influencia ilegítima, deseada o no, por parte del complejo militar-industrial. No debemos permitir nunca que el peso de esta conjunción ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos”.

Así fue que el Complejo Militar Industrial, un oligopolio corporativo, desde la Segunda Guerra hizo metástasis en la vida cotidiana de los Estados Unidos hasta conformarse en una suerte de “Keynesianismo Militar”, disparando una cultura militarista, y su modo de expandir mercados es abriendo guerras. De modo permanente.

“Que nuestro país vaya ahora encaminado hacia un modelo de economía basada en las armas es parte del modelo general de una política desacertada, alimentado con ayuda de una psicosis, inducida artificialmente, de histeria de guerra y nutrida a partir de una propaganda incesante alrededor del miedo.” General Douglas MacArthur, discurso del 15 de mayo de 1951 


[1] La Gaceta, “Obama gasta en su primer año más que los presidentes anteriores”, Madrid.

[2] http://www.urscorp.com

[3] http://govcomm.harris.com/defense

[4] http://www.kbr.com

[5] http://en.wikipedia.org/wiki/Lester_Lyles

[6] John Keegan, “Secesión: La Guerra Civil americana”, Turner, 2011.

[7] http://www.understandingwar.org/press-media/staff-bios/christopher-harmer

[8] http://www.understandingwar.org/backgrounder/required-sorties-and-weapons-degrade-syrian-air-force

[9] Business Journal, “Raytheon stocls hits all-time high on talk of Syrian intervention, New York, 30/08/2013.

[10] Edmund F. Byrne, “Assessing Arms Makers’ Corporate Social Responsibility,” Journal of Business Ethics 74, no. 3 (2007), p. 204

[11] http://mckeon.house.gov/page/savedefense.htm

[12] http://www.goldenoakconsulting.com/about.html

[13] Edmund F.  Byrne, ibid, p. 206.

[14] Andrew Feinstein, The Shadow World: Inside the Global Arms Trade. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2011, P. 366.

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