La sentencia del TEDH frustra las esperanzas europeas del independentismo catalán
Durante más de un lustro, el independentismo catalán cimentó su discurso sobre una promesa: la justicia europea acabaría corrigiendo los supuestos abusos de los tribunales españoles. Era el argumento emocional que sostenía su relato de “represión” y “vulneración de derechos”. Sin embargo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha cerrado esa puerta. La sentencia conocida este jueves concluye que España no violó los derechos políticos ni la libertad de expresión de Oriol Junqueras, Jordi Turull y Jordi Sànchez, quienes denunciaron su prisión preventiva tras los hechos del otoño de 2017. El fallo rompe así una de las columnas simbólicas del procés: la idea de que Europa acabaría legitimando su causa.
La decisión de Estrasburgo no solo tiene implicaciones jurídicas, sino que desactiva uno de los mantras más potentes del independentismo: la visión de una España autoritaria que reprime la disidencia política. El TEDH —máximo intérprete de los derechos fundamentales en el continente— ha avalado las actuaciones del Tribunal Supremo y ha desmontado, con un lenguaje técnico pero inequívoco, la narrativa de la persecución. La prisión preventiva, sostiene, respondió a la necesidad de garantizar el orden público y evitar la reiteración delictiva, no a un castigo ideológico.
Para Junqueras, Turull y Sànchez, el golpe es simbólico y estratégico. Durante años, sus defensas insistieron en que el escenario internacional les daría la razón, y que Estrasburgo pondría en evidencia a la justicia española. Ahora bien, el fallo no solo desmiente esa expectativa, sino que además llega en un momento políticamente delicado: una semana antes de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) emita su primera opinión sobre la Ley de Amnistía. En otras palabras, el mensaje de Estrasburgo resuena como un aviso previo: el europeísmo no necesariamente respalda la agenda soberanista.
El independentismo, por su parte, ha respondido con un discurso previsible. Según señala EL PAÍS, Jordi Turull, secretario general de Junts, manifestó su “respeto” por la decisión, pero se reafirmó en que su encarcelamiento fue político. En su lectura, la sentencia no hace justicia, sino que “afina jurídicamente una decisión tomada para descabezar el movimiento”. ERC, por su parte, insiste en que la “lucha antirrepresiva” continúa y que la batalla judicial en Europa sigue abierta, aferrándose al precedente del Comité de Derechos Humanos de la ONU, que en su día les dio parcialmente la razón.
Sin embargo, más allá de las reacciones políticas, lo que deja entrever la decisión del TEDH es un agotamiento del relato victimista. Europa no ve persecución, sino un conflicto político que tuvo una respuesta judicial dentro del marco del Estado de derecho. Y eso cambia radicalmente el terreno simbólico en el que el independentismo ha operado durante los últimos años.
Estrasburgo marca el límite de la narrativa del procés
El fallo de Estrasburgo tiene un efecto que trasciende la letra jurídica: redefine los límites del relato independentista. Por primera vez, un tribunal europeo de máxima autoridad dice, con todas las letras, que España no vulneró los derechos fundamentales de los líderes del procés. Es una desautorización silenciosa, pero contundente. Y, sobre todo, erosiona la legitimidad moral con la que el independentismo justificaba su pulso al Estado.
Esa pérdida de legitimidad llega en un momento en que el movimiento separatista busca recuperar oxígeno político. La Ley de Amnistía, pactada entre el Gobierno de Pedro Sánchez y los partidos independentistas, había devuelto momentáneamente la esperanza de “reparación histórica”. Pero el veredicto del TEDH introduce un matiz incómodo: si no hubo vulneración de derechos, ¿qué es exactamente lo que se está reparando?
El golpe simbólico también alcanza a la imagen internacional del independentismo. Durante años, la causa catalana intentó proyectarse como una lucha democrática reprimida por un Estado intolerante. Pero Estrasburgo ha dicho lo contrario. Y cuando el máximo tribunal europeo en materia de derechos humanos avala el proceder judicial español, la épica del exilio, los eslóganes de “España nos oprime” y las apelaciones al “rescate europeo” pierden fuerza ante la opinión pública internacional.
En definitiva, el mito judicial del independentismo se desmorona. Estrasburgo ha hablado, y lo ha hecho con un mensaje que trasciende los despachos: Europa no compra el relato de la represión. @mundiario