Señora Merkel, por favor, no les haga caso: es usted bárbara...

El inconfundible gesto de manos de Merkel
El inconfundible gesto globalizador de Merkel

Angela Merkel no es dueña de sus actos ni puede firmar su obra. Su abrumadora victoria no es fruto de su destreza política, sino del milenario destino de su país.

Señora Merkel, por favor, no les haga caso: es usted bárbara...

Apabullante Sra. Merkel:

Ya sabrá usted que una de las peores derrotas sufridas por los ejércitos del primer emperador romano, Octavio Augusto, se la infligieron unos antepasados de usted: los queruscos, unos paisanos suyos de Baja Sajonia.

A base de emboscadas y escaramuzas en el bosque de Teutoburgo, aquellos bárbaros (con perdón) borraron de la faz de la tierra a las tres legiones del gobernador Publio Quintilio Varo –la XVII, la XVIII y la XIX– y se quedaron con sus águilas y estandartes.

Pasaron tanta vergüenza aquellos pobres latinos que ninguna legión volvió a llevar esos números; es más, hubo un momento en que los romanos de dieciséis pasaban, directamente, a cumplir veinte, con lo que se ahorraban la edad del pavo. Nuestros chavales de hoy preferirían ahorrarse de los veinte en adelante: "Porque, a mí, lo que me da vergüenza es no tener futuro", se quejan.

En fin, que, tras semejante derrota, la frontera entre mis ancestros latinos y los suyos bárbaros, dicho sea sin acritud, quedó bien marcadita en el Rin. Pero aquello, más que frontera, fue la barra libre de la boda de la hija de un constructor, pero de los de antes, claro. Aquellos bárbaros se colaban por allí como los parientes de nuestros ministros en los chollos. ¡Anda que no hicieron botín los suyos a costa de los nuestros! Porque no se vaya usted a creer que en el Mediterráneo hemos sido siempre igual de pobres.

Marco Aurelio, que fue otro emperador romano y que dicen que llevaba sangre hispana en las venas, se tuvo que emplear a fondo para escarmentar a las rapaces –discúlpeme, pero esto yo lo he leído así– tribus germanas. Y total para nada, mi férrea cancillera: al final, otro de sus ta-ta-ta-tarabuelos, Alarico, se plantó en Roma y la saqueó a modo.

Hay que ver qué obsesión, la de sus muertos gloriosos, con Roma; una fijación de nuevo rico, si usted me lo permite. La de siglos que se tiraron nombrándose emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, y eso que se lo habían llevado por delante. Que imagino yo que se querrían quitar de encima la peste a bárbaro, no sé si me entiende.

Para que vea que no me lo invento, uno de aquellos emperadores sacrogermanos, Federico Barbarroja, metía los mostachos, un día sí y otro también, en los asuntos de la Italia del siglo XII y en los del Vaticano, hasta el punto de poner y quitar al Papa de turno.

Nuestro primer Carlos, el quinto de los suyos, que fue, como Barbarroja, otro emperador germánico, estrujó como un limón las riquezas americanas y la sangre de los Tercios para conservar su trono alemán. Sus lansquenetes teutones, bárbaros imprevisibles y mercenarios, volvieron a arrasar Roma allá por el XVI. "Igualico, igualico que el defunto de Alarico", que decían antes en los tebeos.

Por cierto, estará usted al tanto de que el Papa de ahora, el Papa Paco, anda animando a los jóvenes a pedir justicia social, a denunciar el desprecio conservador por los derechos públicos y a no caer en la pasividad. Que se ande con ojo, no haya que mandarle otra horda de lansquenetes.

Si ha tenido usted la paciencia de llegar hasta aquí, Sra. Merkel, permítame que le recuerde, para terminar, la unificación de su país; la de 1870, claro, no la de 1990. ¡Hay qué ver cómo se pusieron sus bisabuelos de nacionalistas! En comparación con aquello, con valquirias de Wagner y todo, lo de aquí es nacionalismo de tonadillera.

Como la cabra tira al monte, el canciller Bismarck se acordó por entonces de todos sus muertos –sus muertos bárbaros, quiero decir– y los puso de ejemplo hasta en las etiquetas de cerveza. Sin ir más lejos, el bárbaro que derrotó a Varo –Arminio para nosotros, Hermann para ustedes– se convirtió en el símbolo de lo que la nueva Alemania quería para Europa.

Después de darle la del pulpo a los gabachos en la guerra de 1870, sus abuelos del casco–pincho se cansaron de levantarle estatuas al tal Hermann. Para más inri, lo pusieron con la espada apuntando a París, como anunciando a esos mediterráneos corruptos, irresponsables, indolentes y derrotados que si los habían zapateado una vez, los podían zapatear tres. Y del dicho al hecho, que en eso se pasaron la mitad del siglo siguiente; es lo que tiene el nacionalismo cuando coge carrerilla y le dan pista.

En fin, mi inoxidable cancillera, lo que yo quiero transmitirle es que no sienta usted ningún complejo por su victoria, pese a quien pese. Acaba de barrer a las tribus germanas disidentes y nos barrerá, de nuevo, a los decadentes mediterráneos, jaleada por nuestros senadores más renegados. El triunfo le pertenece como les perteneció a Arminio, a Alarico y a Bismarck. Así que usted a lo suyo, que lo lleva en los genes y en la Historia.

Nos pongamos como nos pongamos por aquí abajo, yo la felicito: ¡Es usted bárbara, Sra. Merkel! De nada.

Señora Merkel, por favor, no les haga caso: es usted bárbara...
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