Sánchez traslada su pulso con Israel a Eurovisión mientras forma un frente en Oriente Próximo
El presidente del Gobierno ha intensificado su enfrentamiento diplomático con Tel Aviv para cuestionar su participación en el certamen musical, y al mismo tiempo emprende un viaje por países afines a la causa palestina.
Pedro Sánchez ha vuelto a mover ficha en su estrategia de confrontación diplomática con el Gobierno de Israel. Esta vez lo ha hecho desde un escenario inesperado: el Festival de Eurovisión. El presidente español ha afirmado que Israel “no debería participar” en el certamen, aludiendo a la necesidad de evitar “dobles estándares en la cultura”, una declaración que conecta directamente con la exclusión de Rusia, de Bielorrusia también, tras la invasión de Ucrania.
Su posicionamiento no es casual, ni aislado: forma parte de una escalada política contra el Ejecutivo del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu que ha traspasado los márgenes de la diplomacia tradicional y se proyecta ya en foros culturales, humanitarios y multilaterales. “Nadie se llevó las manos a la cabeza cuando se inició hace tres años la invasión de Rusia a Ucrania y se le exigió la salida de competiciones internacionales y también no participar como hemos visto recientemente en Eurovisión. Tampoco debería hacerlo Israel”, aseguró el presidente del Gobierno.
El detonante inmediato fue la fuerte presencia de Israel en la final de Eurovisión 2025, donde su representante quedó en segunda posición gracias a un masivo apoyo del televoto —incluido el de España— lo que ha generado una polémica nacional. RTVE ha solicitado una auditoría del proceso de votación, con el argumento de que los conflictos internacionales están afectando la esencia cultural del festival. Mientras tanto, partidos como Podemos e Izquierda Unida (IU) han exigido directamente la exclusión de Israel del evento, mientras Vox ha criticado la “politización” del certamen y ha pedido el cese del presidente de RTVE por emitir mensajes en favor de Palestina durante la retransmisión.
Lo que ocurre en Eurovisión no puede entenderse al margen de los movimientos internacionales de Sánchez. Este mismo fin de semana, el presidente español participó en la cumbre de la Liga Árabe en Bagdad, donde reafirmó su compromiso con Palestina y anunció una iniciativa para que la Asamblea General de la ONU promueva una resolución ante el Tribunal Internacional de Justicia contra Israel por bloquear la ayuda humanitaria en Gaza. Allí no dudó en calificar la situación en Palestina como una “desangrante tragedia ante nuestros ojos”.
Ahora, Sánchez viajará a Turquía para reunirse con el presidente Recep Tayyip Erdoğan, un encuentro marcado por el conflicto en Gaza. Erdogan, un mandatario con más de 20 años en el poder y que ha emprendido una deriva autoritaria contra la oposición liberal (y minoría kurda), mantiene una relación estrecha desde la cumbre bilateral de alto nivel 2024 en Madrid, ha sido uno de los aliados regionales más críticos con Tel Aviv. El Gobierno español enmarca este viaje como una misión oficial centrada en asuntos bilaterales y regionales, pero coincide también con una reunión de la Internacional Socialista, organización presidida por Sánchez, lo que refuerza el cariz político y estratégico de la visita.
Eurovisión como símbolo de la nueva diplomacia simbólica
La reacción española ante el resultado de Eurovisión —incluso pidiendo una revisión del televoto— marca un precedente en el uso de espacios culturales como instrumentos de presión internacional. No es la primera vez que esto sucede: la exclusión de Rusia en 2022 sentó una base ética que ahora el Gobierno español invoca para exigir coherencia. Sánchez parece sugerir que, si se aplicaron sanciones culturales a Moscú por su invasión de Ucrania, el mismo rasero debería utilizarse con Israel en el contexto de la ofensiva en Gaza.
Sin embargo, para muchos países europeos el asunto no es extrapolable, porque Moscú invadió un país soberano sin provocaciones previas y su operación militar atenta contra la integridad territorial ucraniana. Mientras que la ofensiva de Tel Aviv en Gaza ha sido entendida bajo la premisa del “derecho a la legítima defensa” por los atentados terroristas de Hamás del 7 de octubre, cuya respuesta fue avalada por la UE y la mayoría de los países occidentales en 2023, más allá de que después haya países que endurecieron su postura contra Netanyahu a raíz del grado de proporcionalidad de sus ataques sobre la Franja y sus consecuencias humanitarias sobre la población civil gazatí.
Este uso de la cultura como altavoz político no ha pasado desapercibido. Desde el Gobierno israelí, el ministro de la Diáspora y Lucha contra el Antisemitismo, Amichai Chikli, reaccionó con ironía al televoto español que dio 12 puntos a su país. “Parece que los españoles han hablado y la bofetada la hemos escuchado aquí en Jerusalén”, escribió en redes. Por su parte, desde la derecha española, figuras como Isabel Díaz Ayuso acusaron a RTVE de “politizar” el festival y de “silenciar” los abusos cometidos por algunos países musulmanes en materia de derechos humanos.
“Ya nos gustaría ver a los del numerito de Eurovisión con Israel decir algo del terrorismo, o de la ejecución o encarcelación a homosexuales en países musulmanes”, escribió la presidenta de la Comunidad de Madrid en X, donde añadió que “RTVE en esta gala es, de lejos, la más secuestrada por la politización bochornosa de todo lo público en manos de su Gobierno. Síntoma de debilidad y decadencia, de régimen”.
Un frente internacional en expansión
La estrategia del Ejecutivo no se limita al marco simbólico de Eurovisión. Desde la Asamblea Mundial de la Salud de la OMS en Ginebra, la ministra española de Sanidad, Mónica García (Sumar), denunció los “ataques indiscriminados” de Israel contra instalaciones sanitarias en Gaza y llamó a la comunidad internacional a frenar “la barbarie”. Este mensaje llega en una edición marcada por la salida de EE UU de la OMS, hecho que aumenta el margen de maniobra para que otros actores —como España— lideren iniciativas humanitarias en foros multilaterales.
Mientras tanto, la organización de Eurovisión ha defendido su sistema de votación como “el más avanzado del mundo” y ha asegurado que revisará los datos junto a RTVE, aunque sin admitir irregularidades. La Unión Europea de Radiodifusión (UER) insiste en mantener el carácter apolítico del festival, una pretensión cada vez más difícil de sostener en un contexto global donde cultura, derechos humanos y geopolítica convergen inevitablemente.
La pregunta ahora es si esta política simbólica, mediática y multilateral logrará el respaldo necesario dentro de la UE, o si acabará aislando a España frente a otros socios europeos más cautos con respecto al conflicto en Oriente Próximo. Por lo pronto, lo que está claro es que el conflicto en Gaza ya no se libra solo con misiles ni en los pasillos de la ONU: también se combate en los platós, en los festivales, y en las votaciones populares de certámenes culturales que, inevitablemente, se han convertido en campos de batalla diplomática. @mundiario