La estrategia ‘marinista’: retórica, recortes y estabilidad

Mariano Rajoy en el púlpito
Mariano Rajoy en el púlpito.

La estrategia de Rajoy de estos últimos años se ha ceñido a la elaboración de un discurso utópico y sin grandes alardes, y en la práctica, a hacer todo lo contrario a lo prometido.

La estrategia ‘marinista’: retórica, recortes y estabilidad

El mandato de Rajoy no ha deparado nada digno de ser ponderado. A su ya clásico discurso retórico, desprovisto de sustancia alguna, que relata con sombrío énfasis ante sus fieles –que son muy fieles y mucho fieles, no lo olvidemos-, se suman unas políticas configuradas para permitir la evasión fiscal, el fraude y el progresivo empobrecimiento de las clases populares bajo un discurso anacrónico y temeroso, que guarda evidentes semejanzas con el que se prodigaba hace unas décadas en este mismo país.

A pesar de la extensísima lista de casos de corrupción con que carga el Partido Popular a sus espaldas, entre otras muchas cosas, sus afines continúan profesando una nada desdeñable admiración al discurso marianista, que se reduce a ofrecer lo mismo de siempre, es decir, nada en concreto. El aspecto insigne del argumentario del PP, el patriotismo al que alude con frecuencia, sólo tiene fines propagandísticos. Porque ese supuesto patriotismo se sintetiza en unas cuantas acciones superficiales como dirigir apasionados ósculos a la bandera nacional o escuchar el himno con solemnidad, cuando en realidad el amor a la patria se demuestra pagando impuestos, reduciendo las desigualdades y potenciando la cultura.

Aunque resulta inexplicable, por extemporáneo y por la ausencia de argumentos sólidos, el mensaje de Rajoy sigue cumpliendo su objetivo efectista de seducir a las masas, incluso a pesar de sus recurrentes proclamas de aplastante redundancia. Así que aferrarse a la idea de que el Partido Popular es sinónimo de estabilidad nacional y que el resto de propuestas políticas, sobre todo las de izquierdas, sólo pretenden gestar el Mal no sólo resulta electoralmente rentable, sino que además le otorga a la formación de Rajoy un aire paternalista; la de ese progenitor que salvaguardará la integridad de su familia contra los rojeríos.

Ese supuesto patriotismo del PP se sintetiza en unas cuantas acciones superficiales como dirigir apasionados ósculos a la bandera nacional o escuchar el himno con solemnidad, cuando en realidad el amor a la patria se demuestra pagando impuestos, reduciendo las desigualdades y potenciando la cultura.

Obviando el apartado retórico, cuya función exclusiva es la de enfatizar las hipotéticas gestas del PP, el desempeño político de éstos en los últimos años no ha sido precisamente digno de elogio. Periódicamente, el gobierno de Rajoy ha ido anunciando recortes en el gasto público y subidas de impuestos, mientras que el sueldo mínimo interprofesional no ha experimentado significativas variaciones. En este mismo sentido se sitúan otra serie de decisiones drásticas como los recortes en Sanidad y Educación; la reforma laboral que suscitó –y en la actualidad continúa haciéndolo- una generalizada disconformidad entre sindicatos, partidos de izquierdas y clases populares; la sistemática precarización del empleo y de las prestaciones sociales; el rescate de la banca española, es decir, el pago público de una deuda privada; las leyes Wert y Mordaza –esta última irónicamente denominada con Ley de Seguridad Ciudadana-, etcétera. Unas decisiones políticas que, traducidas al razonamiento del presidente en funciones, no sólo han alentado la subida de precio de “los chuches”, sino que han dejado a estos indefensos niños sin sanidad ni educación ni estabilidad.

En medio de esta batalla política en que vivimos inmersos hoy en día, fugazmente atenuada por el acuerdo entre Podemos e Izquierda Unida, se puede aseverar que el único vencedor del descalabro democrático del 20-D es Mariano Rajoy, que aunque en funciones, ha conseguido prorrogar su estancia en Moncloa. Además, la alianza progresista entre las formaciones de Iglesias, Garzón y las confluencias evidencia que la animadversión del Partido Popular hacia Podemos no es personal, sino que, en defensa de los intereses propios, carga contra todo aquel que –políticamente- supone una amenaza para esa supuesta estabilidad a la que aluden. Esto refuerza, una vez más, el discurso dicotómico del PP; por lo visto, el único partido capaz de trazar la vaporosa línea que separa el Bien del Mal.

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