La resignación de la población podría tornarse en una cierta agresividad

Palacio Municipal de A Coruña en la plaza de María Pita.
Palacio Municipal de A Coruña en la plaza de María Pita.

El frente abierto contra la reforma de la administración local puede ser letal si los gobiernos de España y Galicia supeditan los intereses de los ciudadanos a los electorales 

La resignación de la población podría tornarse en una cierta agresividad

Tras el fiasco olímpico con su correspondiente frustración, los temas que configuran la actualidad hoy, son coincidentes con los que la perfilaron los últimos años. Sin embargo, aparece vigoroso el de la oposición a la reforma de la administración local. Esta reforma genera temor y enfrentamiento en quienes regentan los ayuntamientos como si en ello les fuera la vida.  Posiblemente  ahí está la base del mal y no en la supuesta y temida pérdida de servicios mínimos, especialmente, en los pequeños.

 Los padres del Estatuto de Autonomía de Galicia para ratificar la propia identidad de su país, desempolvaron la comarca y la parroquia. Nadie se opuso. A finales de 1989, cuando Manuel Fraga Iribarne se presentó a las elecciones autonómicas de Galicia, considerando urgente la reorganización de su territorio en la que se recogieran los cambios generados por la emigración, interior y exterior, de su población más productiva, amplificada en los comienzos de la década de los 60, el PP  recogió como básica, en su programa electoral, la reforma territorial. Ganadas las elecciones, con apoyo absoluto, con  Dositeo Rodríguez, en la Consellería de  Presidencia y Precedo Ledo, en la dirección del Gabinete de Planificación y Desarrollo Territorial, que más tarde elevaría al rango de Secretaría Xeral de Planificación e Desenvolvemento Comarcal, el recién elegido presidente, dada la trascendencia del tema y para dar cumplimiento al texto estatutario, inicia los trabajos de actualización del mapa comarcal. De hecho, en el Boletín Oficial de Galicia, 20 de febrero de 1997, se publica el decreto que lo aprueba con 53 comarcas en las que queda dividida Galicia, potenciando así los dos pilares fundamentales de su organización territorial, la comarca y la parroquia. Esas 53 comarcas, (18, en A Coruña; 13, en Lugo; 12, en Ourense y 10, en Pontevedra), podían, con los retoques que el transcurso del tiempo recomiende, convertirse en la base de la reforma pretendida ahora por la administración central. Reduciendo a 53, o a cifra similar, los 314 ayuntamientos gallegos, los grandes servicios, como el aeroportuario, el universitario, el sanitario, etc. podrían  hasta alcanzar el grado de rentabilidad que hoy no tienen y financiar así todos los demás que deben recibir los administrados.

La constitución de un frente gallego, cuyo protagonista pretende ser la propia Federación de Municipios, en contra de dicha reforma, no debe menospreciarse. Puede ser bueno o fuertemente perjudicial para Galicia. Si el objetivo es acabar con la división comarcal y mantener la actual municipal, acabará siendo letal. La comarcalización, ya entonces, contó con la férrea oposición de los barones provinciales del PP. Fueron ellos, no otros, los que yugularon, con su postura, nada dialogante y bastante  caciquil, la conversión de Galicia en  un todo, fragmentando su territorio y sus servicios con el consiguiente deterioro de ambos. El bipartito posterior al 2005 tampoco hizo nada para mejorarla.

 Entonces solamente eran cuatro los que ostentaban el verdadero poder popular. Hoy, lo componen más de 230 alcaldes y casi dos mil concejales con pocos, pero pudientes, directivos regionales. Cuentan además, con el apoyo tácito y, en algunos casos, explícito, de casi un millar de concejales socialistas y poco más de medio, de nacionalistas. Todo este frente puede cercenar el futuro de esta tierra si las administraciones central y autonómica no cogen el toro por los cuernos y piensan en España y Galicia, al margen de previsiones electorales. Si las mayorías absolutas que sustentan a ambos gobiernos no se ponen al servicio de todos los españoles, llevando a cabo la profunda reestructuración del mapa municipal que la realidad demanda, la actual resignación de la población podría tornarse en agresividad. El horno no está para bollos y todos demasiado cansados de frustraciones. ¡Ojo pues, con lo que se avecina!

La resignación de la población podría tornarse en una cierta agresividad
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