A REDROPELO: A propósito de raíles y de la tragedia ferroviaria de Santiago

Primeros momentos tras el descarrilamiento del tren en Santiago.
Primeros momentos tras el descarrilamiento del tren en Santiago.

Análisis con perspectiva. El mal no es asunto para que Dios declare como imputado, es un asunto de tejas para abajo al que la razón puede y debe entrarle sola.

A REDROPELO: A propósito de raíles y de la tragedia ferroviaria de Santiago

Las grandes desgracias invitan a meditar sobre el origen del mal. Tarea que ha ocupado desde antiguo a filósofos y teólogos, a éstos más porque su existencia choca con la idea de un Dios bondadoso y omnisciente que lo deja campar a sus anchas. Tal vez no sea ocioso darle un meneo en plan paisano a tan acuciante cuestión.

Aunque no resuelven todas las preguntas que el mal plantea, atinan los pensadores que prefieren no imputar a Dios su existencia y dejan a la capacidad intelectual del hombre el palpado de sus entresijos, más resbaladizos que anguila enjabonada. Aparecido con la vida humana o sobrevenido, el mal está ahí al acecho, y nos interesa saber cuanto quepa para como poco poder soportar con menor perturbación de ánimo sus incómodas ocurrencias. La tesis de que nacemos con la matriz de lo bueno y lo malo grabada en el corazón, de suyo más que discutible, es en todo caso un constructo inútil a este efecto.

Convengamos en un punto: el comportamiento de la naturaleza, madre y madrastra, no parece que se rija por los conceptos abstractos de Bien y Mal. Cabe pues sospechar que éstos son “invención” de la especie humana, a la que la evolución acertó a dotar de un instrumento capaz de apreciar la sinrazón de los sucesos que le amargaban la existencia y le encogían la garganta. Dicho de otra modo, el mal entra en escena el día que un Rañolas cavernario descubre su impotencia ante las fuerzas ciegas del universo. Lo que pasaba antes en la tierra no era ni bueno ni malo, tampoco lo contrario.

Se deduciría de aquí que erradicar totalmente el mal está fuera del alcance de los humanos, y que lo hacedero es educarse para la aceptación serena del inevitable y comprometerse en la lucha contra los evitables, ya sean físicos o morales. No tenemos la culpa de habernos encontrado con el mal, pero la tendríamos grande si le renovamos a éstos últimos la licencia que seguir haciendo daño. Lo propio de la cultura es enderezar lo que natura tuerce.

El descubrimiento de los términos de mal y bien puso en manos del hombre un recurso  envenenado, que es la posibilidad de hacer el mal para conseguir lo que su autor considera un bien. Le dieron un nombre grandioso: libre albedrío.

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