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MUNDIARIO

Racismo, poder y modernidad

En la historia del mundo que habitamos, las conquistas, esclavitudes, expoliaciones y usurpaciones no han sido cosas infrecuentes; sin embargo, quienes las padecieron no se quejan tanto y admiten la evolución lineal de las sociedades y la mirada hacia la modernidad.
Racismo, poder y modernidad
Imagen relativa al racismo. / Pixabay.
Imagen relativa al racismo. / Pixabay.

Ignacio Vera de Rada

Escritor y profesor.

El racismo, prescindiéndose de los conceptos posmodernistas, es la exacerbación discriminadora de un determinado grupo étnico y la consecuente subyugación —moral o física— de otro grupo oprimido. Pero como es usual en la posmodernidad relativista, se suele argüir que los martirizados, débiles y excluidos no tienen la posibilidad de ser racistas, dado que “no existe racismo inverso”. Los hechos, sin embargo, señalan todo lo contrario, ya que los grupos sociales históricamente relegados también pueden presentar pautas de comportamiento y psicologías propias de los grupos encumbrados más privilegiados y excluyentes y segregacionistas, y pueden ser tan arbitrarios y marginadores como éstos. Incluso tomando en serio aquel argumento de la imposibilidad del “racismo inverso”, podríamos decir que éste se queda cojo si se lo aplica en la compleja maraña de la sociedad latinoamericana occidental. Ejemplo: una estancia campesino-originaria, en la que existen pequeñas células sociales blancas, puede someter al desprecio y la injuria a éstas, incluso si el gobierno del estado en donde cohabitan les pertenece identitariamente a éstas también. Ejemplos como éste en el que los marginados se convierten en opresores, hubo por decenas en la Europa multiétnica de antes de la Gran Guerra. La sociedad no admite generalizaciones, y es por eso que, según mi modesto entender, el racismo es una práctica que puede provenir tanto de los unos como de los otros.

Pero sin tener en cuenta nada del párrafo anterior, recuerdo al distinguido lector que Bolivia cuenta con una mayoría étnica originaria. Entonces me pregunto: ¿Cómo, bajo el argumento de la no existencia del racismo inverso, podría sostenerse que no existe racismo proveniente de originarios hacia blancos o mestizos, si en Bolivia la mayor parte de la población es originaria?

En varios países de Latinoamérica, la cuestión del campesinado y del indio es aún un problema irresuelto. En Bolivia, esta cuestión fue hallando soluciones graduales (muchas de ellas terminaron en rotundos fracasos) como la Guerra Federal, las escuelas ayllu, el congreso indigenal de 1945, la Revolución de 1952, la Constitución de 1994, la instauración del Estado Plurinacional, etc.; pero lo curioso es que todas estas trasformaciones fueron pensadas o, por lo menos, ejecutadas por élites blancas o cuando menos mestizas. Así, la lucha violenta iniciada por Túpac Katari, continuada por Pablo Zárate Willka y culminada por los líderes originarios de hoy, no fue un camino que halló una solución, sino solamente un ultimátum que puso contra las cuerdas a las élites de poder para que éstas la encontraran.

Pero fueron respuestas parciales, acaso tentativas fallidas, pues el problema aún permanece irresuelto. Parecería, vistas las cosas como están hoy, que la cuestión va más allá de la soberanía económica y la inclusión en la vida educacional, laboral y citadina del nativo. Parecería, desgraciadamente, que el problema es mucho más profundo: uno psicológico y hasta de razas. La emergencia de élites pensantes indianistas no da paso a vacilación ninguna: según ellas, la fatalidad histórica, o lo inexorable, siguiendo la filosofía del Nayra Pacha, es el retorno al Kollasuyo, es decir, a un estado indio.

Las aseveraciones extremosas de personajes políticos como Felipe Quispe o de los pensadores indianistas, delatan las pretensiones íntimas de muchas células de este amplio grupo social, históricamente relegado sin duda. Pero lo que temo es que, por muy estudiosos que aquéllos sean, no pueden vencer taras, prejuicios y resentimientos, lo cual los hace lamentablemente irracionales; no llegan a comprender en su verdadera dimensión el mundo de hoy ni, mucho menos, aportan soluciones realizables. Pues por factores sociales, económicos y políticos, la constitución de un estado indio sería hoy algo poco menos que descabellado. En lo político, el mundo prehispánico no ha aportado con ningún sistema pacífico, liberal ni de lejos democrático (aquí se practicaba algo similar al clásico despotismo oriental y no hubo debate de ideas). En lo económico, si bien en cuanto a la provisión de alimentos hubo en el incario un avance tecnológico considerable, la demografía contemporánea haría que se tuviera que terminar apelando indefectiblemente a la tecnología agropecuaria de occidente. En lo social, ¿cómo serían el gobierno y los gobernados? ¿Se fundaría una nueva dinastía imperial? ¿Se re-crearían castas? Respecto a este último punto, solo me quedan preguntas.

Lo cierto es que en la historia del mundo que habitamos, las conquistas, esclavitudes, expoliaciones y usurpaciones no han sido cosas infrecuentes; sin embargo, quienes las padecieron (en muchos casos por tiempos más prolongados que el ancestro latinoamericano) no se quejan tanto y admiten la evolución lineal de las sociedades y la mirada hacia la modernidad. Se adaptan a la globalización y a las normas de convivencia liberales, y ese espíritu —no de hermandad ni de solidaridad, sino de mero practicismo— los lleva hacia la prosperidad material y social.

Así, lo más saludable para todos, haciendo caso omiso a las posturas radicales como las que pretenden la reinstauración del Tawantinsuyo o del Kollasuyo (pues sería perder energías el rebatirlas), sería la subsunción de todos en la cultura de la modernidad, que no solamente significa consumismo e individualismo furiosos, sino también democracia liberal, un sistema jurídico racional y civilizado, tecnología de avanzada e institucionalismo descentralizado. Un camino para llegar a aquélla podría ser la educación. De no llegarse a esta aceptación o subsunción, las tensiones étnicas en Bolivia persistirán hasta cuando las vacas vuelen, so pena de hallar rutas de desenlace quizá muy violentas.

En realidad, vistas las cosas desde lo más profundo, en esto el MAS no es tanto el problema, cuanto un sector radical que halló en este partido un instrumento para tomar el poder democráticamente, pero cuyo método ideológico de lucha es la violencia sistemática y la guerra.

Como dijo un teórico importante de la Escuela de Frankfurt, la modernidad es un hecho que no tiene retroceso, y lo que podemos hacer en este camino, es tratar de que la vida sea más benigna, llevadera y democrática entre todos. La convivencia de una pluralidad de razas, en un marco jurisdiccional geográfico arbitrario o elegido, es un imperativo y no una opción.

El racismo es una realidad. Procede de encumbrados y de humildes. De ricos y de pobres. Es una categorización que no toma en cuenta las clases económicas. Y creo que parte de su solución consiste en admitir su presencia entre nosotros. Con mucha dedicación, en otra entrega, me ocuparé de analizar el racismo del oriente boliviano, tan nefasto como el que en estos días volvió a aflorar entre las montañas del Ande y sus moradores. Ignacio Vera de Rada en @mundiario