¿Purgará Rajoy su calculada incomparecencia a ciertos debates?

Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. / El País TV
Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. / El País TV

El País propició un debate a través de internet que, aparte de marcar un hito en la historia electoral, tendrá implicaciones escasas si no nulas.

¿Purgará Rajoy su calculada incomparecencia a ciertos debates?

El País propició un debate a través de internet que, aparte de marcar un hito en la historia electoral, tendrá implicaciones escasas si no nulas. Salvo jóvenes internautas -y algunas decenas de miles, seguidores de 13Tv- el resto sobrellevó tan infrecuente penuria informativa. No niego la novedad tecnológica ni el éxito, en ese campo, que supone abrir el camino, pero dudo de su eficacia cara a la praxis. Pareciera una competición artificial, sin pasión, sin rivales, de la que se desprende como único triunfador un muestrario de abalorios. Tuvo tan poco contenido que el alma del mismo estuvo en la incomparecencia de Rajoy. Destacaba, sobre todo y todos, el atril vacío. En su desnudez se centró el debate como si una fuerza superior o dirigida obligara a escuchar un mensaje silencioso. Ignoro si fue causa del azar; aunque temo que una mente sibilina, juguetona, se conjugó con la táctica infausta de resaltar ausencias, por parte del trío, para (desatendidos programas y propuestas) enviar dardos de baratija a quien no podía defenderse. Y eso, en este país donde el débil es sacrosanto, ocasiona duros rechazos. Desde Zapatero, nunca se lo pusieron tan fácil a Rajoy. Y creían que lo engañaban.   

Aquí, más importante que el autor suele ser quien lo reescribe o interpreta. Después de Cervantes, se han escrito mil Quijotes en que (respetando hechos y personajes) símbolos, objetivos y motivaciones fueron certeros, a veces; otras, extraños en razón de fechas y exégetas. Tras la espantada de Rajoy, y la menos entendible negativa de ser sustituido por su vicepresidenta, tertulianos con diverso pelaje y parecidos intereses se dispusieron a repartir objeciones y encomios. Hubo decenas de tertulias que reconstruyeron minuciosamente la ceremonia; en algunos casos, nada que ver con el original. Sin mirar, solo por los pronunciamientos fervorosos o malévolos, uno podía distinguir a qué medio, asimismo señor, servían. A buen seguro buscan un paraguas aparente aunque puedan discrepar del loado. Los tiempos que corren impiden conciliar ideología y recato profesional. Surgen disensiones que se matizan por supervivencia, dejando entendimiento y mesura para épocas menos conflictivas, menos predecibles, menos neuróticas.

Bastantes de estos oráculos pronosticaron que Rajoy hizo mal, marchitó su campaña por mor del vacío atril. Otros, gozosos o a las puertas del banquete, loaron tal negativa debido -según ellos- a la penuria argumental desplegada por quienes hicieron acto de presencia. Para ese viaje, mantenían, no se necesitan alforjas. Cierto que las propuestas fueron sustituidas por la censura al ausente, a su talante huidizo. El ciudadano quiere soluciones, no maniobras de desprestigio. Sin embargo, y a pesar de que el trío pisó a fondo el acelerador inclemente, la verdadera rémora estaba allende ese atril acusador; se debatía entre el tactismo y la cobardía, vicios que se saldan con un costoso peaje.

Estoy seguro de que nuestro presidente lleva tiempo maltrecho. Es difícil perder sesenta diputados de la noche a la mañana. No ya por la subida de impuestos;  tampoco debido a casos tan mediáticos como Gürtel, Bárcenas, Púnica o Rato, reavivados en algunos medios que se encelan por el eco de un prurito progre. A Rajoy lo va a destruir la frustración colectiva, acaso una difundida impotencia fraudulenta. Pobre PP. Sánchez y el PSOE seguirán sufriendo aquel desastre llamado Zapatero, agravado por esa legitimidad democrática que ha ofrecido a Podemos el actual Secretario General, al ofrecer y consentir apoyos. Ellos -un partido populista a la izquierda de IU y con serias dudas sobre su pureza democrática, pese a diferentes máscaras- consiguieron el pedigrí gracias a la adversa política de alianzas de Sánchez. No obstante, si nos fijamos un poco, al santo se le ve siempre subido a la peana. Don Pedro, con estrategia errónea, pretende ocultar un suspenso y va a conseguir un descalabro insólito, amén de radicalizar el partido que debiera ser fiel representante de la socialdemocracia europea.

La encuesta del CIS tiene demasiada sustancia que digerir, pero eso lo trataremos la próxima semana. Tengan paciencia y resignación ante la campaña que se avecina. Quizás interese efectuar una cura de reposo; es decir de ojos ciegos y oídos sordos.

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