¿Puede una civilización formarse por sí sola y luego desarrollarse plenamente?

Averroes
Averroes, figura clave en la España musulmana.

La cultura que tiene una civilización es una fuente de la que emana un saber que enriquece las demás civilizaciones. Y es este intercambio mutuo el que la lleva a la prosperidad.

¿Puede una civilización formarse por sí sola y luego desarrollarse plenamente?

Tras la culminación de la reconquista en 1492, con la toma del Reino de Granada, último territorio musulmán entregado por el rey Boabdil de forma pacífica, tras la firma de un acuerdo entre él y los reyes cristianos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla –con la presencia de testigos tanto árabes como cristianos- en el que se estipulaba una serie de medidas destinadas a reconocer la identidad religiosa, lingüística y cultural de los musulmanes, como la libertad del culto,  las tradiciones, ritos y la propia justicia.

Boabdil, viéndose apurado, y ante el progresivo declive del ejército musulmán, se había decantado por la vía de la negociación para solventar aquella dramática situación.

La reina Isabel en persona juró cumplir con su promesa de respetar tanto la religión como la cultura a cambio de que la élite gobernante árabe se comprometiera a entregarle las llaves de Granada. La reina y todos los demás representantes del poder jamás cumplieron con su promesa. Fue un engaño para evitar el desencadenamiento de una sangrante guerra civil, que se avecinaba inevitablemente con la resistencia del ejército musulmán, pues de lo contrario los musulmanes granadinos, tanto civiles como soldados, se habrían rebelado contra un dominio contrario al statu quo anterior y a la identidad cultural y religiosa del pueblo dominado, hecho que derivaría en un cruento enfrentamiento entre ambos bandos.

 El último rey árabe en la Península Ibérica, mientras abandonaba Granada junto con la familia real, y a cierta distancia de donde estaba la ciudad, ubicada encima de una colina, dio una vuelta y fijó atentamente su dolorosa mirada en sus bellos murales, sus jardines y su geografía. El rey no pudo contenerse ante aquella escena apasionante y estremecedora y se puso a llorar de tristeza, incapaz de creer la pérdida de su propia patria. Su mujer, que estaba allí, también consternada, no pudo, o digamos, no quiso consolar a su marido del dolor que sufría ante la pérdida de aquel grandioso reino, y dejó soltar un juicio, seco e impactante, que no hizo sino avivar todavía más la tristeza del rey: “Llora, llora como una mujer, lo que no pudiste conservar como hombre”. Esa frase debió de incrustarse en lo más hondo de la consciencia de aquel hombre, aquel hombre al que siempre se le achacaba la responsabilidad de llevar a la civilización musulmana al ocaso en la Península Ibérica.

Tras una estancia efímera en España, que le habían asignado los Reyes Católicos, Boabddil viajó junto con su familia a Marrakech, desde donde recibía las noticias de los “mudéjares” (musulmanes bajo dominio cristiano) y poco después de los moriscos (musulmanes convertidos al cristianismo por la fuerza y la coacción), hasta que le llegó la muerte.

Hacia el año 1500, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, por órdenes expresas de la reina, promulgó una drástica orden de conversiones forzosas al cristianismo para todos los mudéjares granadinos si éstos querían seguir viviendo en  sus tierras. Ante cualquier protesta, rechazo o resistencia a pasarse al cristianismo, los mudéjares quedaban expulsados de sus tierras, que luego pasaban a ser confiscadas por la Iglesia. Esto había sido precedido unos años antes por unas férreas órdenes que precisaban la eliminación de algunas manifestaciones culturales propiamente islámicas y sustituirlas por otras exclusivamente cristianas, tales como la ropa, las bodas, los nombres, etc.

Algunos moriscos, acusados de “herejía” o pillados con las manos en la masa realizando alguna que otra práctica islámica, eran quemados en la hoguera o sometidos a torturas físicas en los tribunales de la Inquisición, sede donde los eclesiásticos interrogaban a las personas sospechosas de “herejía”. Esto queda confirmado por los documentos históricos y por algunos historiadores como Mercedes García Arenal. Otros muchos, reacios a convertirse e incapaces de sufrir más opresiones por parte de las autoridades cristianas, abandonaron sus tierras rumbo al norte del Magreb.

Libros quemados

Los libros de erudición árabes, estimados en centenares y que abarcan varios campos del saber, fueron quemados públicamente, a excepción de los de la medicina que se habían salvado de la hoguera gracias a los ruegos de algunos cristianos a Cisneros para que los eximiera de la quema debido a su valiosa importancia. No obstante, se afirma que antes de la quema de los libros, los cristianos les habían hecho una traducción en secreto, reservándose para ellos una copia.

La tensión se fue aumentando conforme avanzara cronológicamente el tiempo. Sucedieron varios edictos anti-moriscos, después la guerra de Las Alpujarras (1568-1571) –a raíz de los reiterativos edictos anti-moriscos- seguido de nuevo de otras represivas medidas contra la cultura islámica, que por falta de espacio no queremos extendernos o explayarnos en su explicación.

En 1609, Felipe III, incitado por un importante lobby anti-morisco que lo instaba constantemente a promulgar la expulsión de los moriscos –tal como habían hecho con su padre pero que habían fracasado en sus intentativas-, firma el edicto de expulsión, la cual, por la ardua tarea que suponía la evacuación de los moriscos, así como la preparación de los barcos y la carga de las mercancías, se prolongaría hasta 1614. Acabaron desterrados principalmente, a modo de una diáspora, en el norte de los actuales cuatro países del Magreb –Argelia, Marruecos, Túnez y Libia-, así como en otros países como Egipto, Turquía, Italia y Francia, en menor proporción.

Este no es más que un escueto recorrido histórico, con el que queremos partir para contextuar el momento político-histórico en el que queremos abordar la problemática cuestión del contacto de civilizaciones y su ingente importancia en el desarrollo de las naciones tanto a nivel cultural como económico; o, por el contrario, el retraso cultural y económico que ello conlleva cuando este mismo contacto entre las religiones y culturas es antagónico, siendo éste el caso del llamado choque de civilizaciones.

Para que surja una civilización, es necesario que existan pueblos y razas diferentes. La civilización aparece, a mi modo de entender, cuando alcanza un grado de desarrollo cultural y económico que le permita destacarse por encima de otros pueblos, a los que puede dominar o influir, acabándose éstos, a veces, por desaparecer después de largo tiempo de una pervivencia agónica en su seno.

Pero también se puede dar el caso de civilizaciones dominadas por otra mucho más poderosa, económicamente hablando (pues a mi juicio no hay un poder cultural por encima de otro, debido a que el valor de una cultura dada producida por una civilización dada, tiene su propio prestigio y unos rasgos que no puede tener otra por muy influyente que sea, y viceversa), siendo éste el caso por ejemplo de la civilización incaica y azteca, dominadas por Pizarro y Hernán Cortés, respectivamente, ambos pertenecientes a la civilización cristiana. Lo mismo se puede decir de la civilización islámica en la Península Ibérica, que después de tantos siglos acabó por declinarse.

El ocaso y los restos

Tras el ocaso de una civilización dada quedan los restos, esto es, su escritura, su arte, su arquitectura, etc.; estos elementos se eliminan o perviven hasta el presente dependiendo de quién domine dicha civilización. En el caso de la civilización islámica, por ejemplo, en plena “reconquista” cristiana de los territorios que hasta entonces estaban bajo control de los musulmanes, las mezquitas se cristianizaron convirtiéndose en iglesias. Sin embargo, pese a ello, siempre subsisten algunos elementos culturales –volveremos a este tema más adelante-.

¿Puede una civilización formarse por sí sola y luego desarrollarse cultural y económicamente, sin que su desarrollo dependa en gran medida de su contacto con otros pueblos o con otras civilizaciones aunque sean menos poderosas que ella? Incluso cuando domina a otra civilización o a otro pueblo, éstos le son necesarios para que pueda prosperarse. El florecimiento cultural de una civilización es fruto del contacto y el mestizaje. No hablemos de la civilización incaica y azteca cuya cultura sufrió un desgaste debido al saqueo al que fue sometida por parte del imperio español, pero  nos ocuparemos del caso de la civilización islámica junto con la cristiana que tuvo lugar en la Península Ibérica. La convivencia entre ambas trajo consigo una extraordinaria riqueza cultural, pero también un avance económico y científico de gran calibre en la historia de la humanidad. Durante el apogeo musulmán en la Península Ibérica, las universidades árabes acogieron un importante elenco de alumnos e investigadores cristianos que, fascinados por el alto nivel educativo al que habían llegado dichas universidades, venían a embeberse de sus fuentes. En aquel entonces es bien sabido que Europa vivía en la denominada “Edad Oscura”, denominación que se le ha asignado por la carencia de actividades culturales y científicas.

Averroes, por su parte, tuvo la admirable e importante tarea de explicar en una de sus obras el pensamiento aristotélico, que llegó hasta manos de los cristianos. Ésta y otras más figuras árabes como Ibn Massarra, Ibn Tufail, Ibn Arab, versadas algunas en la filosofía, otras en la teología, así como la poesía e incluso la medicina o astronomía, han dejado una huella muy firme en la Península Ibérica.

Por otro lado, está también Alfonso X, el “Sabio”, quien reunió a eminentes figuras tanto árabes como cristianas para traducir los libros de erudición árabes al latín.

En los tiempos de la “reconquista”, con el avance creciente de los cristianos desde el norte hasta el sur, se produjo un tipo de mestizaje artístico que no hubiera sido posible sin el contacto. Este mestizaje lo podemos apreciar en el llamado “arte mudéjar”, al que podemos definir como la mezcla de elementos artísticos cristianos con otros árabes, forjando un tipo de arte híbrido, muy admirable que queda latente hasta hoy en día en algunas mezquitas “mudejarizadas”. Artistas árabes trabajaban junto con artistas cristianos. Esto se producía en pleno avance cristiano, lo cual nos demuestra la idea que hemos sostenido anteriormente: una civilización se necesita de otra para garantizar la continuidad de su florecimiento cultural y económico, aunque ésta esté inferior a ella.

Cuando una cultura se retrae, se cierra en sí misma, y se resiste a tolerar la otra cultura, cae en el fanatismo, cuyas consecuencias no son sino el odio y el rechazo del otro, lo cual deriva en una crisis y en un retraso cultural.

Esto es lo que queremos demostrar con el breve recorrido histórico que hemos hecho respecto a los moriscos y con el que hemos comenzado el presente trabajo. Hemos mencionado el despojo al que fueron objeto por parte de las autoridades cristianas: conversión forzosa, eliminación de su lengua y su propia ropa, prohibición de sus bodas y demás aspectos culturales. Los cristianos pensaban que con estas medidas protegían su propia religión y su propia cultura, y se perseguía en aquel entonces un ambicioso proyecto de unidad política y religiosa, en un contexto histórico en el que España temía el avance del imperio turco. No obstante, las consecuencias que derivan de todo ello son muy negativas. Tomemos la lengua como ejemplo, si se prohíbe la lengua árabe, se prohíbe también un medio de transmisión del saber; por lo cual, los eruditos moriscos que querían expresarse en árabe, no lo podían hacer, y se ejerce, pues, un monopolio del saber o, dicho de otro modo, se produce un saber por parte de un solo lado, mientras que el otro lado queda como un elemento pasivo. Todo ello acaba empobreciendo la producción cultural y científica.

Lo defendido anteriormente nos lleva a tratar otra idea que los cristianos pusieron en la práctica, y que según la cual, los hijos de los moriscos conversos se educarán en castellano, seguidos de nuevo de otra generación que recibirá también clases en castellano, y así sucesivamente hasta que se generalice su uso y se convierta en el único vehículo de comunicación y de transmisión del saber. Pero, ¿acaso se puede prescindir de la herencia cultural de los árabes, de su lengua, de su saber, de sus libros y de sus aportaciones? Existen cosas en árabe que no están en castellano y viceversa; y en árabe también se produjo todo un monumental de saberes científicos y humanísticos construidos a lo largo de largas generaciones por parte de figuras árabes de gran talla.

El conocimiento y la verdad
Una verdad produce una sola verdad, mientras que varias verdades acaban produciendo otras tantas. La suma de las verdades nos conduce a verdades supremas. El conocimiento y la verdad que aporta una civilización enriquecen a otra que carece de ellos o que todavía no ha llegado a tenerlos. Por otra parte, cada aspecto cultural es un símbolo, cada símbolo alude a alguna cosa –sea ésta abstracta o concreta- y cada cosa de las cosas que hay forma parte del conjunto de las verdades que existen. La cultura que tiene una civilización es una fuente de la que emana un saber que enriquece las demás civilizaciones. Y es esta influencia e intercambio mutuo los que las llevan a la prosperidad. La expulsión de los moriscos supuso el cese del contacto cultural, del intercambio de experiencias en el campo de la agricultura –de ahí el siniestro debacle económico que conoció España, debido a la falta de una mano de obra morisca, la cual era bastante cualificada y experta en la fabricación de seda y en otras técnicas agrícolas-, así como un gran anquilosamiento en el campo de la artesanía, el arte y la industria.

    

¿Puede una civilización formarse por sí sola y luego desarrollarse plenamente?
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