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El proteccionismo y el neoliberalismo, aliados del subjetivismo sentimental

No habrá igualdad ni justicia reparadora de las diferencias sin una moralidad comprometida con las instituciones democratizadoras. La Escuela Pública exige esa fraternidad política, no la de una beneficencia segregadora.

El proteccionismo y el neoliberalismo, aliados del subjetivismo sentimental
Ilustración alegórica del Brexit.
Ilustración alegórica del Brexit.

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Manuel Menor

Manuel Menor

El autor, MANUEL MENOR, es analista de educación de MUNDIARIO. Licenciado en Historia y doctor en Pedagogía, ha enseñado Ciencias Sociales en Secundaria. @mundiario

Mientras Susana Díaz y Errejón coinciden en “recuperar la ilusión”, la presencia de Wert en la Subcomisión del Congreso añade un toque surrealista al ansia de “pacto educativo” del PP. Junto con los debates del Brexit inglés que ya están en marcha, la ocasión se presta a ver otra muestra ejemplar del más estricto neoliberalismo -si se le despoja de publicidad-, en la maestría de  jugar a dos barajas: proteccionismo para los amigos y librecambio para los demás. De cómo extraer jugo rentable de lo público, pues aliados tienen en facilitar su legalidad de un Estado fiador. Ahí está el recorte de 9.000 millones a la enseñanza en estos cuatro años y que, al tiempo, su sector privado no haya cesado de crecer en los Presupuestos de comunidades como Madrid. La combinación, esencia del “España va bien”, repite el liberalismo de Trump adobado con proteccionismo, mientras Cospedal sube un 2% la defensa de que nos colonicen. Son los “tiempos modernos” de ahora mismo.

La bondad o maldad es, sin embargo, cada vez más, un problema de comunicación. Lo de Susana idealizando que va a “gobernar desde la victoria” nos retrotrae a cómo nos amaestraron durante tantos años en que la diferencia ya no se dirimía en el plano de la conciencia sino en el del control editorial de los medios. La variante es que, por fallos imprevistos, a veces se dilucida ahora en sede judicial. El turismo cultural no tardará en proponer una ruta por este territorio ambivalente del gradiente del bien, en que podrían estar las privatizaciones cielinas de la Sra. Fígar, los manejos de la Púnica con las concesiones de colegios, las competencias en emprendimiento de la LOMCE, las obsesiones de los infinitos cursos de postgrado, el ranking de los MBA -más preciados si corre por ellos inspiración espiritual para las cosas de este mundo- y, por qué no, algunas votaciones conjuntas de PP y PSOE. Sin contar la gran casuística de lo corrupto, ni la colorista discrecionalidad interpretativa que la legislación soporta.

Plagios del pasado

Este parque temático tiene un rico pasado. El espacio donde se repasa la tapicería de Patrimonio del Estado, es un ejemplo de continuidad en esta tradición. Esperanza Aguirre –neoliberal persistente- había puesto pasta pública en la Fábrica de Tapices. De la desinhibida gestión de este espacio queda un ocupa mimado allí durante largos años, en un apartamento de 700 m. con luz y agua pagadas. No consta si también el gas, energía probablemente innecesaria por ser hoy Iberdrola el gran partenaire de esa “Real Fábrica”.

Ambientes eclesiásticos hay con similar continuidad. El foco de interés se ha fijado estos días en las viejas relaciones de Ruiz Gallardón con sus antiguos mentores educativos en el enclave jesuítico de Chamartín. Un acuerdo del Ayuntamiento que presidía en 2007 estipuló un arrendamiento abusivo del que disfrutarán los ignacianos hasta 2029 aunque aquel aparcamiento de Nuestra Señora del Recuerdo haya sido malísimo negocio: 2,5 millones de euros hemos perdido ahí hasta 2015 los contribuyentes del Ayuntamiento madrileño, pues debemos compensar a los arriesgados emprendedores de la idea.  

Por la vía de las auditorías ciudadanas, expedientes en juzgados de toda España o noticias que menudean en la Web de Europalaica –como la de la Catedral de Zaragoza-, es constatable cómo crece la milagrosa adaptabilidad del ultraliberalismo para administrar los recursos del Estado. Si la más reconocida aportación de España a la Literatura ha sido la del pícaro, ya podría solicitarse a la UNESCO que declarara bien intangible la pervivencia de nuestra acreditada maestría en combinar proteccionismo y libre mercado como al descuido, con el resultado final de privatizar lo que sea con beneplácito del votante de orden.

Alianzas estratégicas

La alegre maniobra sigue especialmente fértil en el terreno de los servicios sociales, de los que libera al Estado con su externalización, el consiguiente deterioro de lo público y, a continuación, por la ley de la gravedad, que privilegiados amigos emprendedores vean rehenes en sus redes un número inusitado  de clientes. La crisis ha ayudado a perfeccionar tan descarado hábito en beneficio de un reducido grupo que, a base de reformas laborales y precariedad en los empleos, hace pagar la factura a los más pobres. De paso, ha acortado las diferencias entre presente y pasado –en derechos. libertades y salarios-, dejando las cosas en su sitio, “como debe ser”.

De muy atrás viene, sin embargo, esta tradición mixtificadora. Todavía es observable, por ejemplo, en la red educativa privada/concertada, perteneciente en un 60% a la Iglesia. Es una historia larga que, en sus últimos episodios, tiene que ver con lo acordado en 1979 –y confirmado en 2006 pese a la crisis- para legalizar en los Presupuestos del Estado “aconfesional” pagos a dicha institución. Pese a que al catolicismo español le escasean las vocaciones y le disminuyen los fieles, no cesan quienes, a su sombra, pretextan “servicio social” y  “utilidad pública” para acogerse a tales recursos (públicos). Las sospechas de negocio extractivo a cuenta de esa y otras partidas, y fundaciones, no entran en el Tribunal de Cuentas, que les exime de fiscalización. Y los más influyentes del PP, congregantes, numerarios o supernumerarios, están encantados. Tal actitud tampoco es nueva. Entronca con las convulsiones del XIX, sobre todo en su segunda mitad, en que la Iglesia buscó la cooperación de los “seglares” para no perder espacio social.

Su preocupación moderna por la enseñanza es anterior, del siglo XVI, pero en la Contrarreforma todavía eran religiosos los que, a través de selectos colegios “para nobles”, hacían llegar la voz eclesiástica a los círculos de poder. De entonces viene, sin embargo, la terca búsqueda de peones dóciles, hábiles en mixturar asuntos a conveniencia, especialmente diestros en la ambigua restricción mental y en subterfugios para expandir los intereses de la jerarquía católica. Como si de un Estado dentro de otro Estado se tratara, a quienes han dirigido esta estrategia, bajo la aparente accidentalidad de lo terrenal nada les ha sido nunca suficiente y todo ha debido orientarse a la eternidad de su misión de la que se han sentido administradores exclusivos. Todo ha sido instrumental en ese juego de apariencias, incluso las personas y, si se ha terciado, los recursos públicos.

Al mentarles persistencias de estos hábitos –documentados como están y trufados de patriarcalismo-, reaccionan airadamente. Enseguida aluden –como si continuáramos en tiempos ignotos- a que les persiguen enemigos anticlericales e incitan a una guerra para la que siempre han tenido cruzados. Lo de la viga en ojo propio es un problema óptico que han tratado de salvar aliándose con lo más conservador y, en este momento, con el elitismo neoliberal. Examínese, a modo de ejemplo, la cartografía de su sólida implantación educativa, y se confirmara cómo retrata sus alianzas hegemónicas, ante las cuales sólo queda como aparente la atención a todo el espectro social que a veces exhiben. El mapa resultante todavía es más significativo si se enriquece con su presencia en Sanidad y Dependencia.

Apologetas

Una especialidad de los más entusiastas ha sido una narrativa histórica en que esos afanes sociales aparecen impolutos, sin ribetes de discriminación ni tacha alguna. Acostumbrados al dogmatismo, ninguna objeción suelen admitir, además, a tan pulcro discurso. Pero que, por ejemplo, sea admirable el arte y algunas aportaciones a la cultura que haya hecho el cristianismo -o la Iglesia católica-,  no implica que haya sido gratis et amore. No exime tampoco de  abusos cometidos en el extenso pasado posterior a que Teodosio les oficializara en el 370 d.C., ni puede ser pretexto irresponsable para el presente. La veneración a los valores de que dicen ser portadores exige rigor en el relato y lealtad: esa historia no es cosa de propaganda ni sólo de quienes se sientan católicos. Además, únicamente si se aceptan los logros y fracasos del pasado -y no se juzga a la sociedad que decidió cambiar las antiguas políticas de “cristiandad”-, se emite un signo de sana relación con el tiempo actual. Hoy y aquí, si desean trabajar por mejorarlo, hay creyentes que aportan su esfuerzos al duro tajo social con las Bienaventuranzas como programa de igualdad humana. Apoyarse en quienes trabajan con esa franqueza para justificar otros manejos contradice la actitud de Jesús con los fariseos.

El mensaje supuestamente “pastoral” que emiten muchos de burocráticos intérpretes del Evangelio suena ajeno al contexto moderno y, a menudo, contradictorio. El Aggiornamento que promovió Juan XXIII en 1959 pilló a muchos con el paso cambiado. Incómodos con las innovaciones de Roncalli renovaron –salvo excepciones- viejas alianzas con el poder: predicar una florida espiritualidad, no exigida de obligación política en justicia reparativa de las desigualdades; mostrar una pobreza “natural” y sin causas, que apacigüe las conciencias de cuantos saben que viven bien a cuenta de que muchos vivan mal. Cierto sentimentalismo caritativo les dispondrá a dar limosna voluntaria, no sea que vaya haber intranquilidad y desorden. Y en los colegios que promocionan, buen cuidado tienen de que no haya desazón alguna. Procuran el máximo de homogeneidad de centros del sistema educativo español. Si hace falta, con aportaciones económicas distintivas que filtren a los más selectos.

En la Gaudium et Spes (07.12.1965), constitución principal del Vaticano II, se proclamaba una voluntad de “fraternidad y diálogo sincero” con “todos los hombres de cualquier nación, raza o cultura” (G.S.,92), a fin de sentirse “íntima y realmente solidarios del género humano y de su historia” (G.S.,1). Pese a ello, en muchos programas y espacios de “actividad social” que amparan instituciones eclesiásticas sigue reiterando el estilo del  Antiguo Régimen, como el capellán que aparece en el Gatopardo. ¿Podrían “convertirse”, al menos, a que no fuera evangélico ser compañeros de viaje de cuantos defiendan políticamente un descarnado individualismo? Liberales doctrinarios de siempre o neoliberales de ahora mismo tal vez aliviaran así sus ansias de ambición: si les enseñaran las exigencias de la moralidad en lo público más allá de la subjetividad, no tendrían excusa para erosionar políticas institucionales coherentes con una fraternidad colectiva. Habrán de romper el aburguesado compadreo que con frecuencia muestran con estas tendencias y, sin duda, les resultará incómodo. Pero, en compensación, tiene el aliciente de que, en un mundo crecientemente globalizado y secularizado, su mensaje espiritual tendrá reconocimiento. No parece, en todo caso, que encubrir egoísmos bien pensantes sea el modo mas leal de compartir “los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias, de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (G.S.,1), sino, más bien, cooperar a que crezca la brecha que ya existe entre supuestos benefactores y necesitados. Por otro lado, si entre los siglos XVIII al XX sólo hubiera existido la  voluntariedad del limosneo, seguiríamos donde estábamos en Justicia distributiva, derechos sociales y obligaciones colectivas; este mundo sería más injusto y trasnochado.

Por ponerlo más claro:  la actualización de la moral de “la caridad” exige comportamientos acordes con las exigencias de lo público. ¡Ojo con lo que decían -hace años- que decía Tomás de Aquino: corruptio optimi pessima! Cuando jerarcas católicos se alían con el IBEX-35 y los neoconservadores en cuestiones que tienen a cubierto, para hablar de “esfuerzo”, “competencia”, “calidad” y similares, cooperan en hurtar al debate democrático aspectos fundamentales para la equidad y la justicia distributiva, dos ideales que sólo pueden satisfacerse en esta Tierra con la obligación mutua de todos los ciudadanos en las exigencias del pacto social democrático. Es decir, en  que  “nadie sea tan opulento que pueda comprar a quien quiera y lo que quiera, ni que nadie sea tan pobre que haya de venderse para sobrevivir”. Esto decía Rousseau en 1762, quien no estaba en el canon de buenas lecturas que el P. Garmendía de Otaola nos permitía leer. Pero gracias al ginebrino, este “valle de lágrimas” no lo es tanto y hasta existe una Declaración Universal de los Derechos Humanos, irrelevante para el Vaticano.

Fraternidades selectivas

La ocasión de un pacto educativo es óptima para transmitir a esta sociedad de hoy un afán democrático. Las “exhortaciones” del Papa Bergoglio en su encíclica Evangelii gaudium (24.11.2013, renovadoras sin  duda en bastantes aspectos, están lejos de ser imitadas con gestos convincentes de sus representantes en España en este asunto y en bastantes otros. Ellos sabrán por qué. Esta sociedad puede tener alguna comprensión con que el nacionalcatolicismo les haya dejado improntas, pero no exijan que la acompañen con que, como si de un negocio comercial se tratara, no se enteren de que les va más la propaganda que la consistencia. En la apuesta pública de la CEE (Conferencia Episcopal Española) –y conste que la enseñanza es una cuestión de muy alto interés público- es dado advertir que presenta lo social como algo light, más bien inodoro e insípido. Aunque crean que su propia actividad social justifica su razón de estar asistidos por el Estado, en cuestiones colectivas suelen mostrar ese territorio ante todo como objeto de su piadosa actividad caritativa. Si las políticas sociales se deterioran y recortan mientras se externalizan entre apaños, ni es tónica de su mensaje  ni acostumbra a ser motivo para que se sientan concernidos. En general, la tendencia es a no parecer que se implican o escoran, aunque no sea creíble. Porque constancia hay de que,  en privado, todavía en época de Maravall, pretendían que Educación decretara lo que parece solían llevar a la firma del ministro de turno.

 En todo caso, las preguntas que suscitan estas actitudes en quienes están atentos a sus mensajes no dejan de ser engorrosas. El reduccionismo del diálogo con los pobres y la caridad suele quedarse en continuismo colaboracionista en propiciar  la resignación de los pobres. Y la esperanza en un mundo mejor no se puede construir sin alentar las políticas de fraternidad como deber cívico colectivo. Tampoco se adivina cómo se habría logrado el sistema de Seguridad social –o la extensión educativa- con la tradicional voluntariedad compasiva, individual y aleatoria que tradicionalmente han enseñado.   Lo que lleva a que, si no se trabaja en que sea exigible jurídicamente –en derecho- la fraternidad, no se ve cómo se pueda defender ante el boyante neoliberalismo que todos los ciudadanos tengan dignos servicios públicos en Educación, Sanidad o Dependencia. ¿Quién  atenderá esos derechos  en lugares donde no sea posible acompasar el negocio? De proseguir su deterioro creciente, ¿en nombre de qué caridad se podrá reivindicar que lo poco  público que no se acabe privatizando sea para aprender a compartir?

Las “masas” -el pueblo, la gente o  las mayorías sociales- han servido para muchos pretextos. Admitamos que el P. Ayala (1867-1960) se dejó llevar por la seducción de que “los selectos” –la élite, vamos,- serían la clave del apostolado católico moderno: traerían un ordenado bien al los no selectos y, de paso, a su “salvación” si trabajaban según su orientación educadora. Habrá de admitirse a cambio que a otros de la misma orden religiosa, de no menor noble mención, como el P. Arrupe (1907-1991) –no la fundación que ha llevado su nombre-, no les gustara esa prédica constantiniana que tanta riqueza y poder atrajo a los misioneros de aquel proyecto. Tanto, que otros grupos, congregaciones y fundaciones protegidas lo afinarían más en los largos años que controlaron a sus anchas cuanto se decía y hacía en el MEN (Ministerio de Educación Nacional), CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y aledaños, no sólo universitarios, antes de introducirse en sectores más remunerados e influyentes. Gracias a ese distintivo pasado se ha llegado a que más del 60% del patrimonio escolar privado  español sea, de uno u otro modo, propiedad tangible de las variadas congregaciones y sociedades de la Iglesia.

¿Esperar?

Sea cual vaya a ser su contribución al posible pacto educativo, de llevarse a cabo no sólo en un plano político sino también social la CEE debería explicar sin subterfugios si la relevancia de la Religión en el sistema educativo español se sostendría hoy sin el proteccionismo de la LOMCE. Por ahora, la perspectiva del “diálogo” en marcha, que además de permitir ven cómo se retratan los partidos entre retrasos y complejidades programadas,  aboga más por un arreglo político que por un pacto social en que tengan peso negociador quienes en estos años han sostenido las reivindicaciones: ni se sabe todavía si los 82 comparecientes a la Subcomisión del Congreso pesarán igual, ni cuánto contará Wert en el cómputo. La situación es propicia, en todo caso, para que la jerarquía católica se plantee también estas cuestiones sin que el pasado sea excusa para no actuar como el propio Papa actual sugiere que debieran hacer en este presente. En síntesis: qué concepto de fraternidad –o de caridad si lo prefieren- pondrán en la balanza ante el  32% de alumnos de privada-concertada y sus 193.972 profesores. Y cuál propondrán ante la fraternidad equitativa que exigirá el otro 68% de estudiantes atendidos por 670.778 profesores escolares de la enseñanza pública (según cifras oficiales del  curso 2014-15).

Cuestión paralela, que también pueden contribuir a solucionar positivamente es si se revertirá a la enseñanza pública lo que se le ha restado estos años. Pero, sobre todo, a la mayoría social de esta España a donde dicen querer seguir llevando el Evangelio –Buena nueva- de  Jesús, le gustará percibir en qué medida contribuirán a que se modifique –si no hubiera pacto también pueden trabajarlo- el estatuto cooperativo existente -el histórico es irremediable- entre este proteccionismo y este neoliberalismo que les ha legalizado la LOMCE. Es probable que no pase nada, que esa mayoría quede desatendida y haya de contentarse con lo que hay y que deba seguir empezando cada día. De sobra saben que siempre cabe esperar, pero ¿qué podrán esperar de tales “pastores”?