Hay profundidades y profundidades

El libro Modernizar la educación de todos, de Mundiediciones, a la venta en Amazon. / Mundiario
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Las hay que solo persiguen que lo que nos ocurre –aunque no sea justo-, sea ininteligible y nos resignemos a la oscuridad.

 

Hay profundidades y profundidades

La apreciación “profunda” de una jueza de Muros a propósito del alejamiento de una criatura de esa población, ha dejado asombrado a todo el mundo. Podía haber puesto en la balanza justificativa cualquier otra razón, pero ninguna más elástica que la de la “profundidad”, ininteligible  como no sea para cubicar la cantidad de agua que pueda tener esa ría tan bella en comparación con cualquier otra. 

Esa supuesta profundidad, mencionada en sentencia sin razones de más peso que el platonismo categórico de quien tiene capacidad decisoria respecto al futuro que espere a alguien, deja mucho que desear en lo relativo a entender la “realidad” de lo que haya acontecido. No se puede decir que esa zona gallega sea de las de supuesta profundidad a que alude el tópico de la Galicia profunda  o de cualquier otra entidad geográfico mental. La Barbanza es zona bien dotada de servicios, no muy alejada de Santiago, una de las ciudades gallegas mejor dotadas, y tampoco es de las que estén en trance de “vaciarse”; sus gentes, que han vivido hasta el presente de manera razonablemente acorde con su entorno, no parecen dispuestas a abandonar su ría al dictado de una juez.

Puede, en todo caso, que esta señora sea una eminente representante de una vieja teoría, avalada por no pocos filósofos, políticos y comunicadores, para quienes “la realidad” es ficción y, por ende, adaptable a lo imaginario, en cuyo caso nadie puede recriminar a esta juez de nada salvo del estilo literario que haya podido emplear. No es la primera vez que sucede en el mundo jurídico ni, tampoco, en la vida de todo ciudadano o ciudadana que, por unas u otras razones, se haya visto forzado a distorsionar, hacer restricción mental o simplemente adornar algo que le haya ocurrido o le vaya a ocurrir. Todo tiene acogida en las maneras que tenemos de ver y no ver, contar y no contar,  emborronar y jurar sin ser pillados en renuncio; es decir, que hay mucho donde emplear una literaria ley del embudo, aunque repercuta en la desigualdad de trato con los demás.

Realidad e ideología

El escenario político de este momento es rico en oportunidades para observar el uso recurrente de esta ley. Es un palco perfecto para no perder de vista cómo se ven unos u otros y cómo ven o no ven a los ciudadanos –a todos, a ninguno o solo a unos pocos- cuando hablan de la vivienda, el recibo de la luz, la propiedad privada, la reforma laboral, las mascarillas  o, incluso, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el impuesto de plusvalía. Casi todo implica recursos y dinero, y tal vez por eso, entre otras razones, todo, incluidas las propias instituciones -como ahora mismo los cambios de sillas en los altos tribunales- admite múltiples versiones, y todo, inevitablemente, tiene dimensión política porque afecta a cuestiones que nos afectan a todos.

Hace poco, según Religión digital del día 14, una emisora bien conocida acusaba a un medio periodístico, también muy conocido, de sesgo ideológico: “subordinar la verdad a la ideología y a los prejuicios” por prestar atención a los ilícitos de pederastia en que estaban incursos representantes de una muy conocida confesión religiosa que, de siempre, en su dinámica doctrinal –como todas las confesiones del mismo carácter- juega ante sus fieles con dos planos en continua relación: el cuerpo y el alma, lo temporal y lo espiritual y, de fondo, el dualismo metafísico de Aristóteles acerca del “ser”, la materia y la forma. Este material es tan sensible que permite evadir todo tipo de contenidos a cuenta de nominalismos y metodologías proclives a la ficción y, por supuesto, la manipulación. La historia de la humanidad ha producido habilidades sobradas para que, incluso los algoritmos  pueda ser entrenados sutilmente para que no nos enteremos de dónde empieza la ficción ni dónde acaba la realidad.

Es difícil, por tanto, modernizar la educación cuando las palabras no significan lo mismo para unos y para otros. En este sentido, la expectativa de este presente respecto al futuro no ha de olvidar que la continuidad de la exégesis restrictiva del art. 27 de la CE78 muestra un sistema educativo formalmente diferente del preconstitucional, y sin embargo persistentemente conservador, por ejemplo, en cuanto a sostener privilegios privados que erosionan el valor democrático de una red pública apetecible para todos. Esta pauta tan firme tiene, entre otros motivos, los acuerdos entre España y el Vaticano de los años 1977-1979, lo que explica el capítulo 6 del libro de Ángel Munárriz , Iglesia, S.A. mostrando en 2019 cómo la batalla política por el electorado más conservador sigue siendo rentable para esta peculiar “sociedad sin acciones”, que vive de haber enquistado la eternidad en la enseñanza pública. Dos años antes, Jurjo Torres había analizado,  en Políticas educativas y construcción de personalidades neoliberales y neocolonialistas (Madrid: Morata), la contribución del sistema educativo –sobre todo en sus redes privada y concertada- a esa actitud convivencial con los demás.

Modernidad y continuidad educativa

En esta historia del presente con que tenemos que lidiar,  la fuerte conexión cultural de los años franquistas con la educación actual obliga a no ignorar que las restricciones educativas de entonces siguen siendo propiciadas por selectos aliados dentro de las instituciones del Estado, que oyen y no escuchan. Quieren que aquel modelo dual en que el Estado tenía las manos atadas para dignificar la educación pública, siga primando a quienes disfrutaron desde 1938 de subvenciones muy generosa; desde 1985 han tenido dinero público garantizado y ansían que su red de colegios crezca más todavía. En este tiempo de apariencia más secular, el  confesionalismo escolar tiene ayudas poderosas para ampliar sus ansias monopolísticas y seguir  limitando la  red pública de centros.

La dejación de 40 años franquistas, alargada en los 43 del “aconfesionalismo” posterior a la CE78,  muestra una “secularización incompleta” de la vida política. La LOMLOE -octava ley orgánica del sistema escolar- la aprovecha para usar la anfibología como forma literaria “profunda”. Ténganla en cuenta cuando se hable, por ejemplo, de “calidad y excelencia educativas”, de “libertad de elección de centro” y, sobre todo, de escolarizar o educar. @mundiario

Hay profundidades y profundidades
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