Los problemas crecen, indiferentes al ritual electoralista

Martin Luther King. / nuestropensar
Martin Luther King. / nuestropensar

El cambio climático y las muchas maneras del odio intolerante siguen ahí, aunque numerosos mensajes pretendan adormilarnos con señuelos de despiste.

Los problemas crecen, indiferentes al ritual electoralista

Acaba de empezar una primavera neurótica y, según avanzamos hacia finales de abril crecen las razones para el desasosiego. En el entorno mediático y político los mensajes, cortos y capciosos, tan dirigidos van al logro del voto que a menudo nos hacen parecer extraterrestres, indiferentes a la realidad.

De la codicia y del hambre

Que el deterioro del clima es creciente, visible incluso en las peculiaridades de este invierno recién acabado, ya solo es negado por los más recalcitrantes. En todos los ámbitos de la vida humana, en que las confluencias de naturaleza, cultura, conocimiento o credulidad tienen presencia, existen siempre grados de negacionismo o aceptación de explicaciones coherentes. Como quiera que el grado de apertura de las personas en todos los campos de la experiencia humana suele ser corto y contradictorio, en lo relativo al clima –con ciclos largos en sus mutaciones-, al implicar cambios drásticos en nuestros hábitos, será difícil llegar a tiempo de que este planeta continúe mucho tiempo habitable.

Pregonaba Gibran –el autor de El Profeta, uno de los libros del contraculturalismo de los años sesenta y setenta- que “en el intercambio de los frutos de la tierra hallaréis abundancia y satisfacción. Pero si el intercambio no se hace con amor y bondadosa justicia, llevará a unos a la codicia y a otros al hambre”. Fue escrito en 1923, año de serias crisis europeas que, en España, trajo la dictadura de Primo de Rivera. Era una advertencia, como otras que vendrían después de la IIª Guerra Mundial y sus 50 millones de muertos, con la Declaración de los Derechos Humanos en 1945. Pero la explotación abusiva de la Tierra, despiadada y en provecho rentable de muy pocos, ha seguido implacable. De poco han servido los llamamientos de la ONU: lo de Auschwitz volvió a repetirse en el Gulag, Camboya, Uganda o los Balcanes y prosigue en múltiples lugares. Pese a las últimas reuniones internacionales en pro del “desarrollo sostenible”, como la que desde 2015 ha fijado 17 grandes objetivos para la Agenda-2030, disminuir la codicia para que no crezca el hambre sigue siendo complicado.

La propia ONU ha decidido que, en el comienzo de la primavera, se celebrara el “Día Internacional de la Felicidad”, término que aglutinaría un conjunto de indicadores económicos y culturales válido para establecer un muy ambiguo ranking por países, a cuya cabeza estuvo este año Finlandia. El escurridizo término, como el antiguo cuento de La camisa del hombre feliz, es tan  manipulable como la multitud de objetivos, propósitos y doctrinas a que ha prestado su hipotético ascendiente. Con lo que ha dado de sí en la historia,  nominar como “felicidad” los anhelos más preciados del hombre bien puede valer para seguir ocultando múltiples injusticias y abusos de quienes dicen tener siempre a mano artificios para que los demás se crean felices. Por si acaso, el movimiento iniciado en Noruega por la adolescente Greta Thunberg –que ha tenido en España importante repercusión- ha sido más concreto en mostrar la desconfianza de la población más joven respecto a lo que las otras generaciones hayan hecho: temen que no estemos siendo capaces de salvaguardar su futuro.

Palabras y voces

Más acá del cambio climático, parece sino que se estén reproduciendo de modo inquietante no pocos de los ingredientes que, en el citado 1923  emblemático, dieron al traste con la República democrática de Weimar o evidenciaron las carencias del canovismo restauracionista en España. Es de destacar la enorme desconfianza e inquietud que, ahora mismo, despiertan en muchos ciudadanos las palabras hiperbólicas y desacomplejadas que, de unos meses acá, proliferan en boca de líderes políticos, a las que se añaden las más enfermizas todavía que, desde las elecciones andaluzas, invaden los medios  públicos. Si nos atenemos a que las palabras son nuestra casa –en Vigo hay un museo, Verbum, conocido como Casa das palabras-, no parece sino que cuanto las hace ser la expresión más humana –por su propiedad, veracidad y lealtad a los interlocutores- esté mutando, regresivamente, de modo que, más que nuestra casa común, dan cada vez más signos gritones de trinchera. Aristóteles ya advirtió esta distinción y lo poco que vale ese griterío de diatribas ocurrentes, desmedidas y no pocas veces infames, para construir la Polis.: “Solo el hombre tiene la palabra; la voz es una indicación del dolor y del placer, por eso la tienen también los animales” (Política, I, 2).

Por este motivo, cobra especial relevancia –por traición al significado de las palabras más hermosas de la experiencia humana- que el día 21 de marzo también haya sido reclamado por la ONU como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Algunos centros de la UNESCO lo han celebrado  ligándolo al Día de la Poesía. El Movimiento contra la Violencia, que lidera Esteban Ibarra, ha aprovechado la conmemoración  para presentar su Informe Raxen 2018, que monitoriza incidentes o hechos que evidencian diversas formas de intolerancia tras las que se trasluce el aprendizaje del odio en España.  

Esta recogida muestral de información añade, a la recopilada desde 1995, graves agresiones y asesinatos. El análisis de 660 incidentes de odio que hacen quienes han atendido a las víctimas, documenta un diagnóstico muy inquietante. Alerta sobre aspectos que no tienen la debida atención institucional -que solo una estrategia integral del Estado podría abordar- y avisa sobre las formas en que esté creciendo el discurso del odio. Especial atención presta a cómo crece en plataformas de Internet y en cómo no debieran poder ampararse bajo una elástica libertad de expresión: lo acontecido con el atentado en Nueva Zelanda, transmitido en directo, es sumamente problemático. Hace constar, asimismo, cómo se siguen produciendo numerosas agresiones violentas de corte racista o neonazi, se mantienen los incidentes de xenofobia y otras formas de intolerancia, y crecen el antisemitismo, Islamofobia y Odio identitario. No se le escapa la consolidación que adquiere el mensaje del populismo xenófobo, mientras emerge y se evidencia la Hispanofobia, especialmente en Cataluña, al lado de Catalanofobia en muchaos ambientes del resto de España. Y da cuenta, en fin, de otras muchas manifestaciones que dañan la convivencia de palabra y obra, como la Aporofobia, la Homofobia y Transfobia, la Disfobia, el Edadismo, la Misoginia y el Sexismo.

Educar

El Informe Raxen-2018 reclama la urgencia de una acción legislativa y judicial consecuentes. Y también la importancia de que la educación –ámbito donde abunda el odioso bulling escolar- no sea instrumento segregador sino inclusivo cuando, además, los problemas de abandono temprano  y de “fracaso” siguen con índices alejados de la media de la UE. En medio de un panorama político y mediático tan tensamente displicente como el actual, varios libros recientes urgen a repensar que toda educación es política y son muchas las instancias que advierten sobre las desigualdades que fomentan algunas leyes y directrices que rigen la educación o, de fondo, la propia estructura del sistema. Movimiento contra la Intolerancia acaba de promover en 1500 centros educativos de toda España un manifiesto escolar contra el odio intolerante en que han hecho saber su preocupación ante la proliferación creciente de acontecimientos violentos e intolerantes; han invocado la Declaración Universal de los Derechos Humanos; han recordado las palabras de Luther King –“arrepentirnos no tanto de las acciones de la gente perversa, sino de los pasmosos silencios de la gente buena”-  y han tratado de comprometerse –estudiantes, docentes y familias-  a “no ser parte del problema sino parte de la solución”. Es una esperanza. @mundiario

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