El presentismo actual propicia la destemplanza y la discordia

Derechos humanos. / Bernard Bouton
Derechos humanos. / Bernard Bouton

Mientras nos infantilizamos, los supuestos principios que decimos nos deben regir no dirigen realmente nuestra convivencia.

El presentismo actual propicia la destemplanza y la discordia

Es muy paradigmático lo que está pasando, a golpe de telediario, en el cercano patio palestino entre israelíes y palestinos, donde los clamores del poeta Darwix siguen tan vivos como en 1947, mientras los cautelosos europeos, simulan plañir ante una situación que les sigue siendo tan “compleja” como entonces lo fue, y el sionismo, sintiéndose heredero de la furia veterotestamentaria, tiene permiso para la desproporción. Este domingo pasado, las cámaras televisivas han añadido  otro fenómeno a todas luces “más complejo” todavía a nuestros ojos, el del ensueño atropellado de una población africana añorante de una Europa que, entretanto, verbaliza en torno a poner alambradas a un viento que no cesará de soplar mientras siga todo como hasta ahora. En ambas situaciones, el soplo de nuestros tan alardeados Derechos Humanos se queda básicamente para un relato de imposibles utopías, a merced de quienes –por unas u otras razones- tienen nuestra delegación para tranquilizar nuestras conciencias, como sea, en el siguiente noticiario a la hora de comer.

Padre padrone

Más cerca todavía, en el patio de nuestra corrala, crecen los gritos entre ruidos de todo tipo, mentiras interesadas y falsas promesas de confort; nuestros supuestos representantes tratan, en la sesión de los miércoles del Congreso de Diputados, de contentar nuestros gustos particulares como pueden, en parte por miedo a perder su propio estatus mediático, y en parte por la convicción de comerciantes que estuvieran vendiendo un producto en que no creen. Adela Cortina señalaba hace unos días que debieran regirse, al menos, por las mismas leyes de la publicidad, de modo que supiéramos por qué regirnos y, en caso de fraude patente, poder reclamarles el fraude. Es posible que no se arreglara mucho, pues ha avanzado mucho la técnica de la publicidad y, sobre todo, los modos y maneras de captar con facilidad a los más propensos a dejarse embaucar con cualquier mensaje.

Los problemas que denota la situación actual tienen un recorrido largo, que no se circunscribe al estricto presente. Los dos que tanto espacio ocupan estos días en las noticias añaden más muertos y damnificados a una larga historia de colonizadores y colonizados, en que los principios de actuación siguen siendo los de siempre entre dominadores y dominados, modulados adecuadamente para no dar demasiado el cante; en cada momento concreto siempre un mal mayor tiene hegemonía para prolongar el malestar o la injusticia de modo más o menos subrepticio con un mal menor que sigue imperando, en manos de un supuesto amo superior –el primo de marras o el padre padrone de los Hermanos Taviani- que impone su ley; miren detrás de Israel, de Marruecos o de la Unión Europea quien lleva la rienda de los hilos y se verá mejor lo que está sucediendo.

En campaña

En nuestro espacio público es lamentable la apariencia de que, entre tantas voces controvertidas como grupos parlamentarios, sea mayor la furia que les conmueve a cada uno que las palabras capaces de orientar a la ciudadanía. No parece sino que lo relevante fuera ver qué provecho saca cada cual de la discordia, y qué ventaja posicional adquiere para una eventual situación electoral. Los supuestos principios parecen estar fuera de la escena, casi exclusivamente como un recurso de tramoya, pero no como algo que deba regir internamente el discurso, las propuestas, acuerdos y demandas. La duda que asalta al oyente es si estos portavoces partidistas serán capaces de aguantar la interminable pelea preelectoral en que están, acuciados por los comentarios más o menos concordes de las muchas tertulias y cotilleos con que cadenas de radio y televisión acompañan esta fiesta ruidosa en que dicen querer “informar”; no menos urgidos están por las condicionadas encuestas de opinión, continuas y providenciales.

¿Qué importa?

En esta dinámica del corto y cortísimo plazo, lo que como gota malaya va formando opinión en el común de los ciudadanos es que esto es lo que importa, más o menos lo mismo que hemos visto este fin de semana pasado, como si de un interminable botellón celebratorio del final del año de la peste se tratara, en honor de no se sabe bien qué libertad individual omnímoda, ajena a toda libertad comunitaria. A este ritmo va a ser más difícil cada día construir una casa de verdad colectiva, capaz de aguantar las durezas que depare un futuro que ya se está construyendo.

Benedetti, desconsolado de los entresijos de estas tentaciones en el exilio, al iniciar en 1976 su libro de poemas La casa y el ladrillo, citaba a  Brecht: “Me parezco al que llevaba el ladrillo para mostrar al mundo cómo era su casa”. De los muchos desconciertos que esté generando esta pandemia –todavía no acabada, por mucho que se desee- la desconexión de principios comunitarios por que regirnos puede acabar siendo uno de los más graves. Si no importan, si en la escuela no hay que cuidarlos,  y si lo que tiene que imperar es la ley del más fuerte, el recorrido vital de la gran mayoría no va a merecer mucho la pena. Cuídense. @mundiario

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