¿Políticos o maniquíes?

Un momento del debate electoral a 4 en España. / RTVE
Un momento del debate electoral a 4 en España. / RTVE

Si España no estuviese en la situación política e histórica tan dramática en la que se encuentra, quizás hasta sería divertido hacer un análisis de cómo la política española se parece, cada vez más, al Sálvame Deluxe

¿Políticos o maniquíes?

Desde la llegada de este nuevo tiempo y esta nueva política con la que nos machacan día y noche desde los medios y la secta partidista expandida por las redes, la política española se puede describir como una síntesis entre lo peor del marketing americano y lo peor del sistema de partidos italiano. Como la corrupción ya venía en nuestro ADN histórico, no se lo podemos copiar a nadie. La cultura de los caciques del siglo XIX es algo que ha perdurado en el subconsciente del ciudadano español, sobre todo en muchos de sus políticos. Hay vicios que no desaparecen, simplemente se transforman y nos intoxican bajo nuevas apariencias. 

De los 3 debates televisados hasta el momento, solo vi el del pasado lunes, y porque no echaban el partido de la Eurocopa en ninguna televisión, que si no, ni eso. Llevamos 8 meses escuchando lo mismo de los mismos, con unas variaciones tan ligeras que si se hubiese votado sin hacer una campaña electoral previa tampoco habría pasado nada. Fijar un debate presidencial a 12 días de las votaciones es una manera muy sutil de que ninguno de los 4 acuda con la presión del penalti en el último minuto para ganar el partido, aunque eso también trae el efecto negativo de que nadie podrá justificar sus malos resultados por una actuación discreta frente a sus adversarios. 

Fijar un debate presidencial a 12 días de las votaciones es una manera muy sutil de que ninguno de los 4 acuda con la presión del penalti en el último minuto para ganar el partido, aunque eso también trae el efecto negativo de que nadie podrá justificar sus malos resultados por una actuación discreta frente a sus adversarios. 

A mí me sucede algo preocupante: cuando más se convierte la política en un circo, más me alejo de dicha política; y cuanto más se convierten los políticos en maniquíes que deben seguir un patrón determinado, menos posibilidades tienen de representarme. Ya no quedan políticos artesanales, sino que todos buscan ese asesoramiento, esa estandarización “presidencial”, de hombre de estado, que los nuevos rasputines intentan imponer en cada elección. Se ha externalizado la imagen, el discurso y hasta el alma de los candidatos de los partidos. Y, como no podía ser de otro modo, externalizar una función es convertirlo en algo puramente técnico y proporcionalmente lucrativo. Cuando la política-espectáculo se transforma en una máquina de hacer dinero y ampliar el negocio de la política partidista tradicional, existe una especie de pacto tácito por el cual todos procuran mantener ese status quo aunque poco o nada beneficie a ese “bien común” que debe guiar la actuación del representante en las democracias liberales democráticas. 

Precisamente el día después del debate pude leer y ver en televisión sesudos análisis de “expertos” que nos explicaban cómo habían movido las manos cada candidato, de qué manera habían modulado la voz e incluso cómo combinaban sus camisas con sus pantalones y con el color de sus ojos. Si España no estuviese en la situación política e histórica tan dramática en la que se encuentra, quizás hasta sería divertido hacer un análisis de cómo la política española se parece, cada vez más, al Sálvame Deluxe. Ya solo queda que para las próximas elecciones-quién sabe si las terceras en diciembre- los candidatos se sometan al polígrafo de Conchita. “¿Es usted verdaderamente de izquierdas” Sí. Miente; “¿Su relación con Aznar es fabulosa?” Por shupueshto. Miente; y así sucesivamente. 

Si España no estuviese en la situación política e histórica tan dramática en la que se encuentra, quizás hasta sería divertido hacer un análisis de cómo la política española se parece, cada vez más, al Sálvame Deluxe.

Pero la política, por lo menos la buena política, no puede estar capturada por los rasputines de turno. Es verdad que siempre han existido fontaneros, pero poco a poco vamos caminando a una profesionalización de este gremio que llega a tener más poder incluso que el votante o los órganos del partido al susurrar constantemente al oído del líder. Algunos se han profesionalizado tanto que van cayendo reyes pero ellos van rotando por los reinos. 

Los asesores no son los nuevos oráculos por mucho que lo pretendan, y solo desde la debilidad de la mediocridad y la ansiedad que produce la ambición enfermiza, un candidato puede cometer el error de ponerse en manos de los asesores como si estos fuesen empleados de un salón de belleza que van a maquillarlos según al “candidato” que quieran parecerse: Churchill, Suárez, Carrillo, Aznar, etc.

La política de la imagen le roba el alma que necesita el ejercicio de la política. Y, sobre todo, al final acaba convirtiendo a todos los políticos en réplicas casi exactas. Ya no es que se diluya el diferencial partidista entre opciones, es que tenemos a candidatos que visten igual excepto en el color de la corbata o el corte de su pelo. La democracia no necesita políticos perfectos, que sean el yerno perfecto o el hijo perfecto. Busquemos políticos que sean humanos, que demuestren que no son robots y que sepan explicar sus ideas sin necesidad de repetir guiones cansinos y eslóganes artificiales que no provocan más que bostezo e indiferencia. 

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