¿Quieren los políticos españoles que todo se pudra?

Irene Montero en el Congreso  / @Congreso_Es
Irene Montero en el Congreso el pasado 10 de junio. / @Congreso_Es

Sesiones del Congreso de Diputados como la del miércoles 10, dan una idea de la situación en que nos encontramos, con la Covid-19 como pretexto.

¿Quieren los políticos españoles que todo se pudra?
Sesiones del Congreso de Diputados como la del miércoles 10, dan una idea de la situación en que nos encontramos, con la Covid-19 como pretexto. De cara al futuro inmediato, sería una lástima que todo quedara en puro fuego de artificio cuando queda por delante la difícil tarea de reconstruir lo estropeado y, sobre todo, recomponer una productividad de mejor eficiencia que la que había.

Tensión política en España

Los grupos políticos, mucho más que la calle, muestran impaciencia por mostrarse conocedores de la situación; tan mejores que los demás que se emplean a fondo en acusar al adversario. Verdad es que no son iguales en esta escalada de la confrontación y, en el teatro del despiste, quienes observamos la comedia, el drama o el vodevil –depende de la sesión-, haremos mal en concluir que son todos iguales, o en quedarnos en el falso equilibrio de dar a todos la razón. Esa sí que es farsa, dejarse convencer de que nos da igual una cosa y la contraria en vez de reflexionar por cuenta propia.

Hay personas en el Congreso –como en otras partes- diseñadas para entorpecer y, si pueden, dañar: que no salgan adelante determinadas propuestas porque ellos tienen otra mejor: dejar que todo se pudra. Si ellos y la gente que representan están bien, qué les importan los demás; subvierten las razones de la existencia del Estado, porque no lo necesitan. Todo ciudadano que se sienta tal, rodeado de otros ciudadanos en la tarea de convivir, sabe que no los hemos elegido para la pelea o para mostrar quién es más exhibicionista de títulos y subtítulos curriculares falsos. Los hemos elegido para que se aclaren con los problemas, no para que se tiren los muertos o los viejos a la cabeza y para darnos la murga con sus egos ingeniosos; ya está bien de palabra corta e idea floja. En días así, el Congreso no llega ni a patio de colegio aburrido, en que el juego consiste en ver quién se rompe la crisma antes. Los gallitos de pelea debieran dejar el patio y dejarse invitar a un café… tila o lo que sea; puede ser  un remedio para los más gritones.

¿Son nuestros políticos capaces de llegar a acuerdos?

Capaces son, si quieren, de dar alguna alegría al vecindario, no dar la tabarra tocando la cacerola y ponerse de acuerdo en asuntos que importan. Puede que pronto saquen adelante la Ley de Protección Integral de la Infancia y Adolescencia, un segmento social contra el que, solo en 2017, se cometieron más de 38.000 delitos y siguen creciendo. Ayer, también, estuvieron casi acordes en cuanto al Ingreso Mínimo Vital, un paliativo que, si no le ponen demagogia -en este maniqueísmo del blanco y negro permanente-, atiende a una parte de quienes más lo necesitan y cumple con la obligación –constitucional- de que todos tenemos derecho a la vida.

No quiere decir que ya esté toda la “cuestión social” arreglada, aunque a algunos les entre la tentación de contarlo así. No. La pobreza y el mal reparto de la renta que se produce en España o en cualquier parte del mundo, sigue siendo un gran problema, definitorio de la calidad política que cualquier país es capaz de demostrar sin palabrería. El tabú conservador  -de quienes siempre han controlado el Estado y fuera del Estado- es sentirse dueños de todo y que no se les toque su propiedad. Antes fue el Feudalismo, donde cuatro aristócratas se repartían el pastel, mientras los siervos de la gleba hacían rentables sus feudos; después de 1789, todos pasamos a ser “iguales ante la ley”; algo era algo, pero el problema siguió siendo quién ponía la ley y los jueces; y los pobres –ahora ya no tan motivo de piedad como otrora- estorbaron más porque empezaron a pedir mejores salarios y condiciones de vida, en igualdad.

Así empezó “la cuestión social” y ahí sigue reclamando atención: un mundo sin distinciones para tener lo básico para vivir, sobrevivir y tener todos esperanza,  no solo unos pocos. La situación del confinamiento ha sido ocasión para ver cuánto está pendiente por hacer; lo que acaba de ser aprobado  en el Congreso se parece, un poco, a lo que en 1848, para solucionar la pobreza sin que nadie se sintiese deudor de nadie, se pedía en Francia, la tierra de la política democrática: trabajo para todos. 

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La vuelta al cole

Hoy lo hablarán en plan de cogobernanza. Si aprenden a hacerla bien será beneficioso para todos y, de modo especial, para las nuevas generaciones. Los que ya vamos de retirada tenemos mala experiencia de cómo nos han cuidado; hemos acumulado suficientes frustraciones, apariencias, prisas y componendas, para poder decir que nada de lo que hoy se reclama como necesario debería estar en la agenda de lo que falta por hacer; ahora, cuanto no se ha hecho debidamente se acumula a las urgencias sobrevenidas y ver si tapamos el desnudo en que nos ha puesto esta pandemia.  Hemos visto el roto de la Sanidad y el de las residencias geriátricas, y a nadie consuelan grandilocuentes bobadas como  “tenemos la mejor sanidad del mundo”. ¡Ojalá no hagan lo mismo en el renqueante sistema educativo!

De aquí a septiembre –el mismo tiempo que llevamos confinados-  será urgente solucionar lo más perentorio del qué hacer con los niños y niñas. De poco servirá si no sabemos cómo disponer la intendencia, la logística, los profesionales y las infraestructuras adecuadas. La presencialidad, la limpieza, la sanidad, la digitalidad andan por medio, pero todo será despiste falso si no sabemos qué educación queremos y para qué la queremos: si con la misma dignidad para todos o para unos pocos; con mucha tableta electrónica o buen profesorado; con mucha participación de las comunidades educativas o solo con unos pocos  que saben más que nadie.

Es muy probable que se reproduzca aquí –una vez más en nombre del bien- el guirigay que menudea en el Congreso; a la luz de lo oído estos días, es probable. Pero ojalá que, al menos, los consejeros y la ministra sean capaces de llegar, también en Educación, a algo parecido al Ingreso Mínimo Vital. Sería un gran logro histórico. Los datos reales del sistema socioeducativo indican, para empezar, que uno de cada tres de nuestros niños españoles está en riesgo de exclusión, situación muy difícil para que esperen algo de la escuela, cuando es  el único modo que tienen para salir adelante; desde antes de haber nacido, parecen condenados a la desesperanza.

¡Suerte en este periplo! @mundiario

¿Quieren los políticos españoles que todo se pudra?
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