El pobre contribuyente español es un sospechoso, un imputado vitalicio, con perdón

La panacea no es otro Robin Hood que se exhiba ante los indignados, sino una profunda revolución fiscal que incluya los atenuantes y el derecho a la presunción de inocencia del contribuyente.

El pobre contribuyente español es un sospechoso, un imputado vitalicio, con perdón

La panacea no es otro Robin Hood que se exhiba ante los indignados, sino una profunda Revolución Fiscal que incluya los atenuantes y el derecho a la presunción de inocencia del contribuyente.

Tienes, por un lado, la Agencia Tributaria que pone cachondo al personal acorralando a los Pujol, derrocando a Juan Carlos I, tirando del hilo de Bárcenas o vistiendo de rayas a la célebre viuda de un “marinero de luces” que naufragó en Pozoblanco. Pero luego está la Agencia Tributaria nuestra de cada día, de cada Boyer, de cada Solchaga, de cada  Solbes, de cada Rato, de cada Montoro, con licencia para saquear nuestras cuentas corrientes personales sin tan siquiera un mandato judicial. Tienes una Agencia Tributaria que de vez en cuando persigue a algunos malos de la película, que todos los días transgrede el principio de presunción de inocencia de decenas de miles de mujeres y hombres buenos. Tienes una Agencia Tributaria encargada de financiar el Estado colectivo de Bienestar, al elevado, indiscriminado y, a veces antidemocrático precio de dejar por donde pasa anónimos, indefensos e irreversibles estados individuales de malestar.

La vergonzosa “patente de corso” fiscal

Algún día, algún historiador  que desde otro siglo eche una mirada crítica al siglo XXI, se quedará de piedra ante el rudimentario, dictatorial y pervertido modelo fiscal de aquello que llamábamos Estados de Derecho, je, aquellos incautos antepasados de la primitiva “edad del WhatsApp. No, de verdad: si nosotros lo seguimos flipando con la dichosa “patente de corso” que concedía el civilizado y flemático Imperio Británico, imagínate la idea que se van a hacer de nosotros, en los siglos venideros, analizando nuestras rústicas democracias en las que se permitía y se tutelaba el despiadado e impune abordaje fiscal.

Dejémonos de eufemismos y llamemos a las cosas por su nombre, coño. Hacienda no recauda, saquea. El ministro de la cosa no es un Ministro con cartera al uso, sino un ministro carterista. Los funcionarios, subinspectores, inspectores, altos cargos y demás personal de eso que todavía llamamos Ministerio, son tripulantes de una escuadra invencible e insaciable de barcos pirata en nombre de la Ley que admite y permite leyes que no tienen nombre. Un español, por ejemplo, es un ciudadano con derecho a la presunción de inocencia en todo el territorio nacional, salvo cuando pisa suelo fiscal, entra en una delegación de la Agencia Tributaria, ¡el Señor lo coja confesado!, y descubre que es culpable hasta que no demuestre lo contrario, que viene siendo un paradigma de utopía. Es terrible, desconcertante y debería ser indignante, ¿me oís, indignados?, haber nacido en un país en el que la Constitución nos trata como al doctor Jekyll y el fisco nos trata siempre como a mister Hyde.

Dioses ante las urnas; demonios ante Hacienda

¡Hala, a joderse! Un ciudadano demócrata es un sujeto de derechos, un presunto inocente, incluso un semi-Dios ante el Estado, especialmente si el Estado está embarazado de urnas, claro. Pero, chico, cuando toma la forma de contribuyente, es un mierda, un sospechoso, un presunto culpable con muy pocas posibilidades de ser declarado inocente, un imputado vitalicio que, si alguna vez tiene que sentarse en el banquillo de los acusados, ni siquiera puede alegar atenuantes (involuntariedad, ausencia de dolo, la disculpa de haber actuado sin nocturnidad ni alevosía) Nada, tío. Ante la implacable justicia administrativa fiscal, un pobre diablo español, incapaz de matar a una mosca, dispone de menos atenuantes que un asesino en serie ante la Justicia común. Hombre, si: si tiene pasta igual se puede pagar un ilustre asesor fiscal. Pero si está a dos velas, se ha quedado sin empleo, no llega a fin de mes, le cuesta llevar a su casa el pan suyo de cada día para sus hijos, ni siquiera le ponen a su humilde disposición un asesor fiscal de oficio. Ca. Porque nadie, como la Agencia Tributaria, exprime hasta la última gota el miserable y discriminatorio principio de que la ignorancia de la ley, de las leyes ininteligibles que se redactan y se aprueban en España, ¡oh, Dios!, no exime de su cumplimiento.

¿Ministros de Hacienda o réplicas de Freddy Krueger?   

Por donde el inhumano rodillo de Hacienda pasa por encima de todo y de todos, es posible que no crezcan algunos pujoles, urdangarines, infantas, Bárcenas, Pantojas, exconsejeros autonómicos, exministras, pillas y pillos de esos que hacen repicar las campanas en las redes sociales. El problema es que tampoco crece la hierba de la indulgencia, de la personalización, del caso por caso, de los hogares donde todavía se puede comer y los hogares donde el largo, implacable y codicioso brazo de la Agencia Tributaria puede poner en peligro el techo, el pan, la leche y un horror de estados de ánimo y productos básicos.

Nosotros mismos, los soberbios y sofisticados homo sapiens occidentales, que unos días somos verdugos y otros nos convertimos en víctimas, hemos permitido, hemos tragado y hemos llegado a sublimar ese santuario infernal de terrorismo de guante blanco al que llamamos Hacienda y su brazo armado al que llamamos Agencia Tributaria. Es el tic de absolutismo, de dictadura, de despotismo ilustrado que ha quedado pendiente tras un largo y tortuoso camino del hombre y la mujer en busca de la utopía de gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. En una historia plagada de revoluciones, mayos del 68, primaveras árabes, erupciones volcánicas de indignados, sorprende que nadie haya izado la bandera de la revolución fiscal. No se trata sólo de oportunistas Robin Hoods que prometan recaudar más a los ricos para conservar el Estado de Bienestar de los pobres. Se trata, también de democratizar la política fiscal y devolverla al buen redil del gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo. Que no valga el todo por la pasta y todo por los Presupuestos Generales del Estado. Que ningún Montoro más, ¡tantos Montoros!, entren en los gobiernos para convertirse en otro Freddy Krueger de esos encargados de convertir nuestros dulces y escasos sueños en circunstanciales o irreversibles pesadillas.

Esta Hacienda no somos, no queremos ser todos
Recuérdenme que les pregunte a los chicos de Podemos si van a introducir la revolución humanística fiscal en su programa de gobierno. Mientras tanto, permítanme que les conteste a los que siguen diciendo por ahí que Hacienda somos todos:
¡Conmigo que no cuenten! Pagaré por imperativo alegal lo que decidan, a su capricho, por ganarme el pan con el sudor de mi frente. Pero seguiré pensando que, tal cual está, tal cual actúa, tal cual ordeña, tal cual sanciona, sin tener en cuenta atenuantes, ni dramas humanos, es un borrón, una vergüenza, un paradigma de mansedumbre y cobardía en una sociedad que se proclama democrática.

 

El pobre contribuyente español es un sospechoso, un imputado vitalicio, con perdón
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