Peter Iglesias, Pablo Pan, los niños perdidos y un país de Nunca Jamás

Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias.

Se nos han hecho tan amargas, con el tiempo, las historias de Disney que encandilaron nuestra niñez, que todo nos parecen cuentos chinos, incluso esa versión de Cenicienta protagonizada por Podemos.

Peter Iglesias, Pablo Pan, los niños perdidos y un país de Nunca Jamás

Se nos han hecho tan amargas, con el tiempo, las historias de Disney que encandilaron nuestra niñez, que todo nos parecen cuentos chinos, incluso esa versión de Cenicienta protagonizada por Podemos.

Porque he conocido a muchos tipos de 35 años, a mitad de camino entre la vehemencia y la templanza, en el medio de la nada entre paréntesis de lo querían ser de mayores y aquello en lo que la vida les estaba convirtiendo. Porque he tomado copas con Pablos Iglesias apoyados en las barras de los bares abiertos hasta el amanecer, ¡camarero, otro cubata!, en largas noches de suspiros de España que resonaban por los cuatro puntos cardinales. Porque hubo un tiempo en el que uno de esos tipos era yo, sin dos carreras, sin tantas matrículas, claro, y también se me acercó algún mentalista, algún Monedero, que intentó seducirme para dejar de pulsar teclados de Hispano Olivetti y empezar a apretar botones en el Hemiciclo del Congreso.

El sugestivo país de Nunca Jamás de Peter Iglesias/Pablo Pan

¡Creo que intuyo quién eres, Pablo! No por osadía o prejuicios, sino mediante un humilde ejercicio de extrapolación. Salvando las distancias, he estado alguna vez en una nube parecida a esa en la que habitas. Te contemplo desde mi butaca, cuando te asomas a las pantallas excomulgando a tus herejes e impartiendo bendiciones urbi et orbi a tus creyentes, talmente como un Papa en el balcón de la plaza de San Pedro y, oye, de verdad, me invade la compasión que me inspiraban los niños perdidos de Walt Disney, en su país de Nunca Jamás, ¿recuerdas?, mientras soñaban con poder volar con su silueta enmarcándose en la luna como su idolatrado Peter Pan.

Tus niños perdidos y hallados en las últimas urnas, Peter, perdón, Pablo, siguen boquiabiertos contemplando tus piruetas entre las nubes virtuales del ciberespacio. Se pasean por la redes sociales escuchando el tintineo de las campanillas que ha afinado convenientemente el maestro Monedero, y sueñan con tomar al asalto barcos de piratas, ¡tantos piratas!, y echar a los cocodrilos a capitanes Garfios, ¡tantos Garfios!, mientras piensan en algo encantador con la firme promesa de que algún día podrán volar. ¿Podrán volar, Peter, perdón, Pablo, o se quedarán a ras de suelo, junto al árbol del ahorcado, corriendo el riesgo de acabar con tortícolis de tanto mirar hacia arriba, hacia Bruselas, contemplando tu carrera personal e intransferible de altos vuelos? Esa es la cuestión, mientras establezco odiosas comparaciones entre los quiméricos guiones de la factoría Disney y los quiméricos programas de la factoría Podemos. Eso es lo que me ha inducido a escribir estas líneas agridulces que brotan de las entrañas del niño que fui, y se ha hecho mayor, escarmentado de haberlo flipado con hermosas historias del tío Walt, ya sabes, aquel sádico y cruel experto en comunicación audiovisual de masas que escondía su egolatría, su vanidad, sus psicopatías, tras sugestivos, estimulantes y estéticos dibujos animados.

¿Por qué los flautistas nunca siguen a los pueblos?

Lo que siempre sembró mi duda metódica infantil es por qué los niños iban detrás del Flautista de Hamelín, en vez de que el Flautista fuera detrás de los niños. Lo que siembra mi duda metódica actual, es por qué las jóvenes y los jóvenes, las mujeres y los hombres, van detrás de los Obamas, de las Merkel, de los Mas, de los Madinas, de las Aguirres, de las Susanas, de los Pablos, en vez de que sean ellos los que vayan detrás de sus pueblos, ¡yes we can!, sabiendo como sabemos que, al final, por todos los caminos nos llevan a un callejón sin salida que desemboca en el poder, como in illo témpore se llegaba por todos los caminos a la antigua, decadente, pragmática y corrompida Roma. Lo que me hiela el corazón es que sigamos esperando Mesías prometidos cuyos reinos, más tarde o más temprano, dejan de ser de este mundo, del de ustedes y el mío, y pasan a ser patrimonio de la inhumanidad, del decreto ley y de eso que en los distintos y distantes Olimpos inaccesibles llaman asuntos de Estado.

Teoría de la evolución de la robótica política

Creo que intuyo quién eres, ya digo.  Aunque tú no lo sepas, aunque tú no lo creas, transmites cierta  sensación de ser un Pablo de última generación que ha surgido de la evolución de las especies cibernéticas de muchos Pablos, más primitivos, menos sofisticados, que te han antecedido. Desde que la robótica política descubrió el mercado español que se abría después de 40 años de oprobiosa dictadura, en los laboratorios ideológicos de este país, democráticamente subdesarrollado por razones obvias, se inició una revolución sociológico/tecnológica para producir robocops y terminators políticos en cadena. Al modelo Felipe se le pasó el arroz; el modelo Aznar se oxidó entre la marea negra del Prestige y el salitre corrosivo de la foto de las Azores; al modelo ZP se le fue la olla a medida que se le fueron fundiendo, uno a uno, los fusibles; el modelo Rajoy, como todo el mundo sabe, se les ha desprogramado; y al modelo Rubalcaba, condenado a convertirse en chatarra política, han tenido que retirarlo del mercado por defectos de fabricación. Había que epatar a la opinión pública y la opinión publicada española e internacional, con un novedoso androide con apariencia humana como esos con los que están experimentando en Japón, y les ha salido un chico como tú que, en un breve espacio de tiempo, quizá nos obligue a preguntarnos qué hace en un sitio como este, en una Europa como esa, en un mundo infectado de obsolescencia ideológica, económica, política y social como el que nos rodea.

Pero, carpe diem, chico. Vive el momento. Disfruta del título nobiliario de “Obama español” que te ha concedido un tabloide yanqui (¡ya quisiera el bueno de Barak poder lucir tu coleta, tronco!)  Entra en éxtasis rebobinando el vídeo de tu intervención en Europa, en loor de multitudes, diciendo diego donde ante dijiste digo sobre el dichoso asunto de ETA y practicando el onanismo tántrico, o algo así, mientras resuenan en la sala los  aplausos de los chicos de la prensa.

- ¿Ha dicho usted aplausos de los chicos de la prensa…?

 - Sí, sí. Un exótico final para una rueda de prensa.

-Me deja usted de piedra, oiga. Yo creía que esos señores sólo usaban sus manos en público para tomar notas.

- A lo mejor estaban escribiendo una crónica sonora. Ya sabe usted que, con las nuevas tecnologías digitales, el periodistas que no corre, vuela.

- ¡Ah..!. Entiendo…

Un rostro impenetrable, como de Actors Studio…

Pero, bueno, a lo que íbamos. A mis escasas luces, un chaval de 35 años no es normal que aparezca siempre tan contenido. Que consiga en todas sus apariciones que la razón se imponga a la pasión, la cabeza predomine siempre sobre el corazón y la supervivencia política solape en todas las ocasiones a la temeridad propia de la edad. Esa actitud robótica, programada, sujeta a un guión preestablecido, ya la he visto yo en muchos jóvenes viejos prematuros enganchados a la droga dura del poder. Incluso al joven Isidoro de Sevilla, recién salido de Suresnes, convenientemente asesorado por Willy Brandt y bendecido para liderar la primera alternativa de izquierdas, tras 40 años de oprobiosa y sanguinaria dictadura, le hirvió más veces la sangre que a este chico de rostro impenetrable, con tics inconfundibles entre actores que han pasado por el  célebre Actors Studio, recomendable para cualquier antropólogo que tenga la curiosidad de investigar un posible y excepcional paradigma de mamífero humano de sangre fría.

Con cuatro años menos que él, agonizaba en una cárcel de Alicante, Miguel Hernández, un genuino e ilustrado pastor de ovejas al que se le salía el alma por la boca y le corría la tinta por las venas:

                 Umbrío por la pena, casi bruno,

                 porque la pena tizna cuando estalla,

                 donde yo no me hallo no se halla

                 hombre más apenado que ninguno.

 

Peter Iglesias, Pablo Pan, los niños perdidos y un país de Nunca Jamás
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