Perú decidirá al nuevo presidente en medio de una polarización social

Pedro Castillo y Keiko Fujimori se enfrentan en la segunda vuelta.
Pedro Castillo y Keiko Fujimori se enfrentan en la segunda vuelta.
El izquierdista radical Pedro Castillo y la conservadora Keiko Fujimori se enfrentarán el próximo 6 de junio. Ambos candidatos dividen al electorado en una situación inédita. 
Perú decidirá al nuevo presidente en medio de una polarización social

Un panorama político incierto aterriza en Perú. Al 95% del escrutinio de la autoridad electoral sobre los comicios generales del último domingo, el izquierdista radical Pedro Castillo y la conservadora Keiko Fujimori definirían al nuevo presidente en la segunda vuelta del próximo 6 de junio. Además, el Congreso tendría una fragmentación inédita porque 11 partidos lograrían representación parlamentaria. 

Según las proyecciones, Castillo saca el 19% de los votos. En tanto,  Fujimori, quien está acusada por lavado de activos, logra el 13%. El 12% de electores dejó su papeleta en blanco y hubo un 28% de absentismo pese a que el voto es obligatorio. Bajo este margen, ambos candidatos deberían trazar la estrategia ante un escenario tan polarizado e ideologizado. En las dos últimas elecciones de 2011 y 2016, el centro -donde la mayoría de los peruanos se ubican-  tuvo un papel clave para darle salida al bloqueo. 

Castillo, de 51 años, es maestro de profesión y postulante por el partido Perú Libre. Se hizo conocido en 2017 cuando lideró las protestas en contra de la  evaluación periódica de los docentes propuesto por la entonces Administración de Pedro Pablo Kuczynski. Con sombrero de ala ancha, típico de su región natal Cajamarca, Castillo hizo un llamado este martes a las fuerzas políticas para formar una gran coalición en pro de la gobernabilidad del país. Además se ratificó en que no firmará ninguna hoja de ruta al como lo hizo el expresidente Ollanta Humala en 2011 para vencer al fujimorismo.

Sin embargo, más allá de la consolidación de su identidad, Castillo tiene por delante varios pasivos por aclarar, deslindar y explicar. El primero es sus vínculos con una organización de fachada del grupo terrorista Sendero Luminoso en las protestas del 2017. Lo segundo es la influencia del líder de su partido, Vladimir Cerrón, quien fue sentenciado por corrupción en el 2019. Finalmente, argumentar su plan de gobierno que reivindica un modelo socialista para lo económico, propone elaborar una nueva Constitución  y rechaza la igualdad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto. 

Por su parte, Keiko Fujimori está en la orilla del frente. La hija del exdictador Alberto Fujimori (1990-2000), sentenciado a 25 años de prisión por violaciones a los derechos humanos en los casos La Cantuta y Barrios Altos, ha dado señales de posibles alianzas con otros candidatos presidenciales como el economista Hernando de Soto, quien fuera su asesor en los últimos procesos electorales. A diferencia del 2016, la excongresista ha tomado con pinzas su resultado en la primera vuelta y teje lo que será su plan para conquistar regiones donde Castillo ha salido imbatible en las urnas. 

Aunque el peso político de Fujimori ya no es el mismo de hace cinco años. Actualmente, este contexto polarizado se debe -principalmente- a Fujimori porque, cuando se confirmó su derrota ante el expresidente Kuczynski en 2016, se encargó de dinamitar al gobierno con interpelaciones, censuras y vacancias a los ministros. La renuncia de Kuczynski marcó un antes y después. Durante la administración de Martín Vizcarra, por el contrario, hubo una confrontación contra el comportamiento destructivo del fujimorismo a tal punto de cerrar al Congreso el 30 de setiembre del 2019.

Mientras Fujimori desperdiciaba el capital político de ofrecer gobernabilidad a Kuczynski, la historia era otra en lo judicial. Hace un mes, la fiscalía pidió 30 años de prisión para la candidata y la disolución de su partido, después de una investigación iniciada en 2018 por lavado de activos y por recibir supuestamente aportes millonarios de la constructora brasileña Odebrecht y de un grupo financiero peruano para sus campañas presidenciales de 2011 y 2016. 

En medio de este panorama, la polarización se acentúa sobre las candidaturas de Castillo y Fujimori. Se pone en discusión sobre qué causa más rechazo: el anticomunismo o el antifujimorismo. Nada garantiza que en el próximo quinquenio haya estabilidad institucional. Lo que viene es que el nuevo presidente deba llevar consensos con el Congreso, donde  Perú Libre, con la que se presentó Castillo, tendría la mayor cantidad de escaños, entre 32 y 35, seguida por Fuerza Popular ―liderada por Fujimori―, que contaría con una bancada de 24 congresistas. @mundiario

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