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MUNDIARIO

Pepe Mujica, el veterano militante reflexiona en su jardín

Los autores de esta crónica coincidieron en Uruguay durante el mandato de Pepe Mujica y tuvieron la suerte de que les recibiera en su casa. Estas son sus impresiones.

Pepe Mujica, el veterano militante reflexiona en su jardín
José Mujica. / notasculturales.org.uy
José Mujica. / notasculturales.org.uy

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Manuel de la Iglesia - Caruncho

Manuel de la Iglesia - Caruncho

El autor, MANUEL DE LA IGLESIA - CARUNCHO, escribe en MUNDIARIO. Es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Economía Internacional y Desarrollo. Trabajó para la cooperación española en distintos puestos en la Agencia Española de Cooperación Internacional en Madrid y durante casi quince años en Nicaragua, Honduras, Cuba y Uruguay. También pasó un año en Inglaterra como Visiting Fellow, en el Instituto de Estudios de Desarrollo de la Universidad de Sussex. Como ensayista, ha publicado numerosos artículos y obras como El impacto económico y social de la cooperación al desarrollo y The Politics and Policy of Aid in Spain. Como narrador, ha publicado el libro de relatos Atractores Extraños y las novelas Los dioses de la sombra juegan pelota y A pocas leguas del Cabo Trafalgar. @mundiario

El autor firma este artículo a medias con Aldo J. García.

El “Pepe” Mujica nos esperaba en el descuidado jardín de su “chacra”, en las afueras de Montevideo. Allí, los visitantes tomamos asiento en un par de bancos de madera situados a ambos lados de una mesa rústica que le regalaron sus compañeros exiliados en Paraguay y que tiene talladas la consigna “Pepe Mujica y 609”, el número de la lista política que ha encabezado varias veces y que le ha llevado a la presidencia de la República, y una estrella de cinco puntas, el símbolo del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.

La visita la organizó Diego Cánepa, cabeza de la Agencia Uruguaya de Cooperación Internacional y “prosecretario” de Presidencia, una especie de “mano derecha” del Presidente. Un reducido número de personas del mundo de la cooperación tuvimos el privilegio de compartir esa velada. “Diego, acercáte a la cocina y traéte unas cervezas y unos vasos”, le pide Mujica. Cánepa regresa con las bebidas y bromea: “Ya ven para lo que servimos los ministros en Uruguay”. A pesar de que nos encontramos en la residencia del presidente uruguayo -en su caso, su vivienda habitual- allí no hay rastro de personal de servicio. La única señal visible de que la casa la habita una autoridad es el coche de policía aparcado discretamente en las inmediaciones de la entrada.

Nos queda claro que ni la ostentación ni la riqueza son preocupaciones para Mujica. No sabemos si será el presidente más pobre del mundo, como algún medio lo bautizó, pero seguro que es el más humilde. Tiempo atrás, un diario encuestó sobre los políticos uruguayos y una entrevistada afirmó no conocer a ninguno; pero después de pensarlo unos segundos, se desmintió: “Bueno, en realidad, está ese, ¿cómo se llama? Ese que es como nosotros y que habla igual que nosotros. Ese me gusta”. Se refería a Mujica, claro.

La conversación es de esas que uno no quiere que termine nunca. Mujica, con una camisa azul medio desabrochada, muestra un ánimo relajado, tranquilo; trasunta calma, una calma reflexiva, exenta de ansiedad, pero no conformista. Está a una semana de terminar su mandato, de entregar la banda presidencial a Tabaré Vázquez, su antecesor y sucesor. “El Pepe” vuelve la vista a unas páginas que sostiene entre las manos y nos explica que se las envió un amigo desde Suecia. Su lectura lo ha devuelto a unas reflexiones sobre las que siempre da vueltas.

El amigo lejano le cuenta que el sistema de bienestar construido en los países nórdicos después de la II Guerra Mundial se está transformando. Ese modelo socialdemócrata, consensuado con la clase trabajadora y tejido con un espíritu igualitario, se basaba en una receta simple: impuestos elevados y progresivos a cambio de salarios justos, servicios médicos, educación gratuita y de calidad y un retiro placentero. Una vida austera, sin lujos ni excesos en el consumo, pero con salud, educación y dignidad. “Pero -narra el amigo del Pepe- ocurrió que un día, estos buenos señores nórdicos comenzaron a preguntarse: ¿Qué tal si pagamos menos impuestos y nos damos otros gustos que hoy no nos permiten nuestros menguados ingresos por los pagos al fisco?” Y entonces comenzaron a mirar a los partidos de derecha. “¿No es un poco paradójico que cuando la gente ve mejorar su nivel de vida gracias a la izquierda, se haga más consumista, más conservadora, más de derechas? ¿Cómo manejar esto?”, se preguntaba el Pepe.

Y esto, al viejo luchador, le devolvía a sus eternas reflexiones sobre la naturaleza humana. Pero, ¿qué naturaleza? ¿La del espíritu austero y cooperativo que se esfuerza en construir una sociedad más igualitaria? ¿O la del reflejo individualista, más dirigido al disfrute personal que al bienestar social? ¿O será que el ser humano lleva en sí las dos semillas en permanente lucha? Mujica no tenía una respuesta, pero la corazonada le indicaba que el ideal social primaba sobre el individual.

Uno de los visitantes le refiere que de joven estudió antropología y que en la Facultad analizaban que los humanos, desde tiempos remotos, tenían el instinto de poseer, de apropiarse de ciertos bienes, por lo que la propiedad privada parecería ser una realidad natural. “¡Sí! -le responde rápido Mujica- pero el hombre no estaba sólo; lo que conquistaba, lo que adquiría, era para compartirlo, con su familia, con el grupo, con la comunidad. Pero el egoísmo existe, y es muy poderoso ¡Me lo van a decir a mí! ¡Los líos que teníamos en la cárcel! Y eso que allá éramos todos creyentes, todos socialistas, todo lo compartíamos. ¡Los líos que había cuando era el cumpleaños de alguno y le llegaba una torta! Había que repartirla, pero ¡cómo la voy a repartir en mil pedacitos! Y por una torta; imagináte por cosas más importantes”.

Aparece una botella de ron que ayuda a relajarse y a sentir una cercanía cálida. La mirada de Mujica se eleva por encima de los árboles, hacia el cielo. El Pepe parece irse lejos en el tiempo. ¿Se vería de nuevo en el patio de la cárcel donde pasó trece años de su vida? Nos cuenta que cuando él y sus compañeros eran jóvenes, querían hacer la revolución de un solo golpe. Luego se dieron cuenta de que no era tan simple. Y comenta que conoció a un hombre que levantó una fábrica nueva a los 93 años. ¡93 años! “¿Qué mueve a alguien a esa altura de la vida a iniciar algo nuevo? ¡Meterse en el lío de montar una fábrica, pelear con el banco, los obreros, los gerentes…! ¿Qué interés puede tener?. Y eso no es todo -continúa-. Cuando supo que se estaba muriendo, llamó a sus hijos y les dijo que si él fallecía, ni se les ocurriera cerrar la fábrica”. Ese hombre tiene valores distintos a los nuestros, pero necesarios para construir una sociedad”. Y termina su pensamiento: “¡Los que no tienen valores son los bancos, el capital financiero! Esos no producen nada y se apropian de la riqueza. ¿Por qué? ¿Qué le dan a la sociedad? ¡Nada! Pero los que trabajan y producen, aunque tengan ánimo de lucro, cumplen con una función”.

Ahora que finalizaba su mandato, lamentó que le habían quedado unas cuantas cosas por hacer: “Meterle la mano al bolsillo de los ricos. ¡Qué paguen los impuestos que les corresponde! Esa es la primera. Pero no pude. Eso se me quedó”. Porque otra característica del Pepe es su republicanismo democrátivo impenitente. Si no hay un apoyo suficiente para alguna medida de política pública, hay que esperar, hay que consensuar. Nada de: “Esto es así porque lo digo yo”.

Uno de nosotros le dijo, tal vez para animarlo, como veíamos a Uruguay desde el punto de vista del desarrollo: “Pero presidente, este país crece economicamente y a la vez reduce la pobreza y la desigualdad. Y lo hace en libertad, con respeto a los derechos humanos. Muy pocos países del mundo pueden presumir de algo así”. Su mirada penetrante pareció agradecida.

En ese momento se escucha el ruido de un motor. Aparece Lucía Topolanski, su mujer, más elegante que de costumbre. Está en campaña por la Intendencia de Montevideo y quizás viene de una entrevista en la televisión. Se acerca y saluda con amabilidad, pero no se queda. Mujica cuenta que él no quería que ella fuera candidata, pero que los compañeros le insistieron y ella tuvo que aceptar. El deber, es el deber. Al rato, la senadora Topolanski sale de la casa con el atado de ropa húmeda y la tiende en la cuerda. El la mira un instante de soslayo, tal vez pensando en ayudarla, pero nos tiene que atender; o quizá recuerda cuando lo recibió en la casa del barrio de Punta Carretas después de su fuga y de la de ciento diez tupamaros de la cárcel. Ella formaba parte del comando encargado de sacarlos de la zona.

“Vivimos con poco, pero no nos hace falta más -dice Mujica-. Me preguntan por qué vivo en esta casa, que si es chica, incómoda… cuando podría habitar la casa Presidencial, donde hay empleados... Pero no la cambio. ¡Déjenme aquí!”

La luz se va haciendo más difusa entre los árboles que nos rodean. El Pepe sigue con sus reflexiones. ¿Qué mueve a los hombres? A algunos la ambición; a otros un ideal, como a él y sus compañeros; a los de más allá la religión, la creencia en un dios creador, misericordioso y todopoderoso. Entonces recordó su encuentro con el Papa Francisco. Le dijo que no tenía la dicha de creer en Dios, y el Papa le contestó: “No importa, igual me harían falta varios como vos aquí en el Vaticano”. Y respecto a la ambición desmedida, el Papa le dijo otra cosa: “Yo no ví nunca una procesión fúnebre seguida de un camión de mudanzas”. “¡Cierto! -y el Pepe suelta esto con energía, como agarrándote de las solapas-. No te llevás nada. Entonces, ¿para qué tanto afán por acumular riquezas? ¡Si no te vas a llevar nada!”

La tarde va muriendo y los invitados deben marcharse. Mujica nos despide con mucho cariño, o al menos así lo sentimos. Allí se queda con las letras del amigo, dándole vueltas al asunto de los nórdicos y a sus implicaciones para Uruguay. Le espera el laburo del día siguiente para tratar de mejorar la vida de los uruguayos y acercarlos un poco más a los viejos sueños.

Más que con un político, nos pareció que estuvimos con un filósofo, un socrático, quien, como el propio Sócrates, anteponía la sabiduría a la riqueza y vivía ligero de equipaje, interrogando a los demás sobre si prefieren ser libres o atarse a las comodidades materiales. Algunos afirman que la filosofía no es compatible con la política: la gestión de los recursos públicos necesita un buen administrador, más que alguien que se haga muchas preguntas. Pero, visto lo que hay, ¿a quien podría no gustarle tener a un tipo así de presidente? @mundiario