La peligrosa soledad del Partido Popular

Génova 13, sede del PP./ Redes sociales
Génova 13, sede del PP. / RR SS
Feijóo debe renunciar a la estela de corrupción que su partido ha ido dejando por los pasillos de instituciones y juzgados, y a su descalificación de la España concreta, plural y hasta problemática, que es la que tenemos.
La peligrosa soledad del Partido Popular

Núñez Feijóo está disfrutando de sus primeros cien días de gracia, y va apareciendo en algunas encuestas como el clavo ardiendo que los votantes más moderados del PP necesitan para conjurar el ascenso de un Vox al que el propio PP de Feijóo contradictoriamente acaba no sólo de blanquear, sino también de respaldar política e ideológicamente en Castilla y León, saltándose la raya que las derechas clásicas europeas mantienen a rajatabla.

Es la trampa en la que se encuentra atrapado el PP, entre la soledad del desierto que ha construido entre sus políticas de oposición y el conjunto de la España democrática, y el monstruo ultraderechista que ha salido de sus propias entrañas, y que niega determinados principios y derechos democráticos básicos, y la propia pertenencia a la Unión Europea, que es uno de los elementos que política, y hasta económica y socialmente, han contribuido a reforzar nuestra democracia y el avance en la dirección del Estado del bienestar.

Esa situación de soledad (marcada por la necesidad de tener que sacar mayoría absoluta para gobernar, o verse abocado a las alianzas con Vox) determinaron la oposición cerril de Pablo Casado, que no supo encontrar un camino para el entendimiento, ni siquiera para cumplir con la Constitución en la renovación del poder judicial. Y a Feijóo, por mucho que intente explotar su figura de moderado, le está costando encontrar ese camino. De ahí su aceptación de la aberración política de gobernar con la ultraderecha en Castilla y León, y el pánico a hacer lo que, siendo consecuente con lo que pretende vender, debería haber hecho: que se convocaran nuevas elecciones en esa Región.

Y de ahí que esté tratando de hacer una oposición por lo menudo: por ejemplo, mientras el Gobierno negocia con Europa cómo concretar el logro de la excepción en el precio de la energía, o adopta medidas extraordinarias para hacer frente a las consecuencias económicas de la guerra, Feijóo aprovecha que ha comenzado la campaña de la renta para especular con una bajada del IRPF, que contradice cualquier intento de rebajar nuestra deuda. Ya lo hizo, por cierto, en la campaña de 2009 en Galicia, prometiendo una bajada del 8% en el tramo autonómico del IRPF, y cuatro días exactos después de tomar posesión como presidente anuló sine die su compromiso.

Es muy difícil que el Partido Popular salga por sí mismo de esa soledad a la que ha llegado. Con sus políticas de nacionalismo duro ha enajenado su capital político en Cataluña y en Euskadi -con la esperanza de sacar ventaja en el resto de España-, y se ha encastillado en una política de bloques difícil de salvar.

Y en ese enroque ha sacado a pasear fantasmas del pasado, que ahondan en la división y que recuerdan a una propaganda trasnochada que enlaza con la que se practicó en la dictadura: el uso terrorífico del anticomunismo, ignorando que en nuestro país el comunismo fue el que mantuvo viva la lucha contra la dictadura y por las libertades. El que ya en 1954 lanzó la propuesta de “reconciliación nacional”, planteando acabar con el espíritu de la guerra civil. El que impulsó la lucha por los derechos sociales y las libertades, tanto desde Comisiones Obreras como desde el movimiento ciudadano y el movimiento estudiantil. Que participó activamente en la redacción e implantación sin reservas de nuestra Constitución. Que fue uno de los más activos impulsores de los Pactos de la Moncloa. Y que en los primeros ayuntamientos democráticos selló, y cumplió, un pacto con el PSOE en toda España, para establecer unos gobiernos municipales democráticos, pacíficos y constructivos, que contribuyeron a consolidar nuestra democracia.

Para situarse en la realidad actual de España, Feijóo necesita socializar con los restantes partidos democráticos, abrir vías de diálogo a las que su partido se ha negado durante demasiado tiempo, y participar lealmente en pactos de Estado que contribuyan a hacer avanzar a nuestro país en este momento. Para ello debe renunciar, por un lado, a toda esa estela de corrupción política y económica que su partido ha ido dejando por los pasillos de tantas instituciones y de tantos juzgados, y por otro a su descalificación de la España concreta, plural y hasta problemática, que es la que tenemos.

Reconociendo, por ejemplo, que en los tres últimos años la mano tendida del Gobierno al diálogo con los partidos catalanes ha hecho cambiar el mapa político y social de una nacionalidad que ha pasado de haber llegado a tener una mayoría de ciudadanos independentistas a que en estos momentos haya un 48% de no independentistas frente a un 44% de independentistas, y que -independentistas o no- un 60% de la población de Cataluña sea partidario de una solución negociada y sólo un 11% lo sea de una salida unilateral.

Es cierto que ese camino no va a poder hacerlo solo. Y que necesita que, desde el Gobierno y desde los diversos partidos políticos se le invite a pactar opciones que refuercen nuestro Estado de derecho y su posición en el tablero internacional. A ver si entre todos somos capaces de ir fecundando ese desierto que el PP ha puesto de por medio con la práctica de una oposición cerril y negacionista del carácter democrático de las restantes fuerzas políticas.

Feijóo tendrá que darse cuenta de que no le va a valer solamente llegar a la calle Génova con una autoconstruida fama de moderado, sino que tendrá que demostrar su moderación y su carácter dialogante, para dirigir dignamente el principal partido de la oposición, y para que recobre en algún momento su carácter de partido de gobierno. @mundiario

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