Pegasus y el New Yorker

Catalangate
Catalangate.
El independentismo ha ganado una batalla propagandística en el momento que más lo necesitaba y el Estado no ha sabido reaccionar internacionalmente.
Pegasus y el New Yorker

El reportaje publicado en la revista The New Yorker y titulado Cómo las democracias espían a sus ciudadanos ha causado un gran revuelo en la política española.

En él, su autor, Ronan Farrow (hijo de Woody Allen y Mia Farrow) denuncia las actividades de la empresa israelí NSO y analiza el supuesto mal uso de su famoso programa Pegasus. El primero de ellos, no el único, es que ahora conocemos como Catalangate. En el largo reportaje, de más de 70 párrafos, 6 están dedicados este asunto. Se estudian otros casos en México, Guatemala, Arabia Saudita, Londres, por ejemplo, pero el núcleo está destinado al estudio de la empresa e incluye las entrevistas de Farrow con uno de los 3 fundadores y propietarios de NSO.

Tanto la publicación como el autor destacan en sus respectivas funciones. The New Yorker, que en 3 años cumplirá 100, es una de las publicaciones más prestigiosas de EE UU. Fue la primera publicación que incluyó en sus páginas relatos cortos. Mezcla las secciones dedicadas a la ciudad, especialmente The talk of the town, que da las instrucciones sobre qué hacer durante la semana -restaurantes, exposiciones, conciertos, cine y teatro…-, con los reportajes de algunos de los más prestigiosos periodistas y escritores de ese país. Hannah Arendt escribió para The New Yorker sus famosas crónicas sobre el juicio a Eichman en Israel -la banalidad del mal-; Truman Capote despellejaba a la alta sociedad local. También escriben o escribieron escritores ilustres como  Julian Barnes, Malcolm Gladwell o  Susan Sontag. Sus dibujos de portada son su seña de identidad. Su tirada es de 1 millón de ejemplares.

Durante mis 5 años de neoyorquino adoptado esperaba a recibir la publicación a la que estaba suscrito, para organizar la semana siguiente.

Ronan Farrow saltó a la fama periodística –la otra la tuvo desde que nació- con sus reportajes, también en el The New Yorker sobre los abusos de Harvey Weinstein, y por los que la publicación ganó  un Pulitzer, junto con el New York Times, en el año 2018.

el virus del nacionalismo

Con esas credenciales del autor y de la publicación, sorprende que ambos hayan sido infectados por un virus tan peligroso como el Pegasus, el del nacionalismo, transmitido por Jon Lee Andersson, el biógrafo del Che Guevara, “experto“ oficial de la publicación para España y América Latina y reconocido reportero. Como otros, teóricamente izquierdistas, americanos, creen que su obligación es la defensa de las “minorías oprimidas”, entre ellas la catalana.

Andersson publicó un par de crónicas con motivo de los acontecimientos de septiembre y octubre del año 2017 que muestran su partidismo. El referéndum fue simplemente “no oficial” y la respuesta española mostró “una profunda inseguridad que está en el corazón del establishment político y mediático sobre la profundidad de la cultura democrática en España”, y con razón”.  “¿Desde cuándo impiden los Gobiernos europeos votar a sus ciudadanos?”, se preguntó entonces.

Incluso después de las correcciones sobre errores en la historia de Cataluña en una primera versión, el autor asegura que esta perdió su independencia en 1714: “era un principado que anexionaron  los Borbones en la guerra de sucesión” y que “los catalanes pagaron un alto precio por su resistencia antifranquista”. Al analista político Víctor Lapuente le cita por su segundo apellido Giné, ignorando el orden de estos en España, incluida Cataluña.

Por supuesto, la actuación de la policía “paramilitar”, la Guardia civil, causó 900 heridos.

La reacción del entonces presidente del Gobierno – también criticada  en España- fue un ejemplo de la “clásica cerrazón ibérica”

El único entrevistado fue Raül Romeva.

El joven Farrow no se desvía de la ortodoxia. Empieza su artículo también en 1714, cuando explica que al terminar la guerra se edificó La Ciudadela, en la que ahora se encuentra el Parlament “por cientos de catalanes usados como mano de obra forzada. Para muchos La Ciudadela es un recuerdo de la opresión”.

“El gobierno español declaró ilegal la independencia apoyada por la mayoría de los parlamentarios”, sostiene. No se menciona ni a la Constitución ni a la población. También vuelve a los cientos de heridos el dia del referéndum. Algunos lideres del movimiento independentista viven “en el exilio”.

Respecto al Catalangate su fuente principal  es Elies Campo, un investigador de seguridad digital que es colaborador de Citizen Lab, a quien califica de “independista”. Campo recibió el teléfono del europarlamentario -sucesor de Junqueras- Jordi Soler, y después de los otros espiados para que Citizen Lab y el mismo los examinaran.

Farrow asegura que habló personalmente con más de 40 de los afectados pero que “agencias gubernamentales españolas no respondieron a sus solicitudes de comentario “. Por una u otra razón, siempre conocemos solo la versión independentista.

tintes novelescos

La narración adquiere tintes novelescos cuando, tras identificar Citizen Lab que el ordenador de Joan Matamala “activista conectado con políticos separatistas” estaba infectado, Campo le instruyó para que lo envolviese en papel de aluminio para bloquear la comunicación con el servidor. El malware identificado fue denominado por Microsoft “lengua del diablo”. “Todavía tengo el papel en una caja por si acaso”,  asegura Matamala, conocido por ejercer de asistente de Puigdemont.

El reportaje ha sido recogido brevemente en alguno de los principales periódicos alemanes y en el Washington Post, pero en España parece que los únicos que lo han leído son algunos periodistas catalanes, como Lola Garcia de La Vanguardia o los de nacional.cat, que recogen correctamente el contenido, pero se les olvida el pequeño detalle de la ideología de Elies Campo, su intervención en el caso y que los dirigentes independentistas conocían esa información desde hacía meses.

Desgraciadamente, en la prensa madrileña parece que pocos han leído el artículo. Ya se que estoy mirando al dedo y me olvido de la luna, pero es que la mayoría mira a la luna y se olvida del dedo.

Como en otras ocasiones, el independentismo ha ganado una batalla propagandística en el momento que más lo necesitaba y el Estado no ha sabido reaccionar internacionalmente. @mundiario

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