Pedro Sánchez, el socialdemócrata errante de plató en plató

Pedro Sánchez, del PSOE.
Pedro Sánchez, del PSOE.

Lo que está haciendo Pedro Sánchez es lo mismo que reivindicaba el respetado Julio Anguita hace algunos años: “¡programa, programa, programa…! ¿Por qué se rasga el personal las vestiduras?

Pedro Sánchez, el socialdemócrata errante de plató en plató

Lo que está haciendo Pedro Sánchez es lo mismo que reivindicaba el respetado Julio Anguita hace algunos años: “¡programa, programa, programa…! ¿Por qué se rasga el personal las vestiduras?

Orad a Dios, en caridad, por Pedro Sánchez, ese hombre sólo ante el peligro entre fuegos cruzados procedentes de todas las Españas. Donde él no se haya, como diría el poeta, no se haya hombre más acorralado que ninguno. Vive desde hace unos meses en el número 70 de la calle Ferraz, que es un poco la réplica socialista de la célebre calle melancolía intimista de Joaquín Sabina. Lo que pasa es que, en vez de sentarse en la escalera a silbar su melodía, como decidió con resignación pagana el compositor de Úbeda, ha decidido echarse al monte mediático y errar de plató en plató, de micrófono en micrófono, para intentar subirse al tranvía llamado deseo que le puede llevar al barrio de la alegría de Moncloa.

En condiciones normales, o sea, si España no fuese tan mal, si no oliese tanto a podrido, si la plaga del paro y la pobreza no se hubiese extendido por tanto hogar, ¡amargo hogar! de esta vieja geografía al sur de los Pirineos, miradla, que pende de un hilo en Cataluña, de la inercia agazapada en Euskadi o de una erupción volcánica del Teide sociológico que echa fuego en las islas afortunadas, ahora sería el Josué de las tribus de izquierda cañí recorriendo el último tramo hacia la Tierra Prometida. Cierto es, señores del jurado, que Moisés Rubalcaba tampoco le cedió precisamente el báculo en la cumbre de un Monte Sinaí electoral, sino en plena depresión montañosa. Y encima, éramos pocos, tenía pocos problemas el hombre, ¡angelito mío!, y el efecto llamada de Podemos ha invadido de pateras y cayucos el estrecho que separa la España donde maduran las uvas de la ira de la España que busca una vida mejor “en algún lugar encima del arco iris”, entre espantapájaros, hombres de hojalata y magos de oz que nos van atrapando mientras suenan las cautivadoras y quiméricas notas de “Over the Rainbow”

Debe ser jodido llamarse Pedro y afrontar el compromiso de convertirse en la piedra sobre la cual la socialdemocracia española  pretende volver a levantar su iglesia. Entre otras cosas, porque teje el bueno del hombre una estrategia para Cataluña y se la destejen por la noche el PSC y Susana Díaz. Si se le ocurre hacer un discurso interno de reconciliación, Eduardo Madina se hace el sueco con el móvil y Antonio Pérez Tapias se escurre por la tangente de la filosofía, je, sentados a ver si ven pasar un día de estos el cadáver de su enemigo/amigo, de su amigo/enemigo, mientras silban un blues mirando hacia los cielos. Si encomienda su imagen y su espíritu a Verónica Fumanal (¡por favor SÁLVAME, Verónica!), la mujer que paseó el rostro incorrupto de Albert Rivera por todas las teles, las radios y la prensa de España, el personal se rasga teatralmente las vestiduras, ¡culo, nene!, en un alarde de racismo mediático que divide a los españoles en televidentes con fundamento y televidentes sin fundamento, a ver si me entiendes, a imagen y semejanza del peculiar baremo gastronómico de Arguiñano.

¡Para que luego hablen, para que luego hablemos de la España de las oportunidades, coño! Pocas veces he visto a tanto conservador y tanto progre, juntos y revueltos, tan ansiosos de que a un señor que intenta montar un circo le crezcan inmediatamente los enanos. Hombre, de los conservadores, en esta política del juego sucio, sin el mínimo fair play y el axioma democrático de que el fin justifica los medios, no es que suponga precisamente una novedad. Pero, chico, de los progres, incluidos esos que aspiran a que en el legítimo circo que están montando Pablo Iglesias y Monedero crezcan inmediatamente los gigantes, parece una contradicción que se dediquen a negar a Pedro tres, mil veces.

No, de verdad. Es curioso que de repente un tipo cuyo nombre pasó a la posteridad por haber negado al Mesías, se haya convertido, XXI siglos después, en un señor al que niegan, a diestra y siniestra, Mesías prometidos de distintas y distantes confesiones ideológicas. ¡Fíjate si lo verá a tiro Pablo Iglesias que, ayer mismo, en La Noche de la Sexta, ante Dios, la historia y los telespectadores, le retó en duelo en el OK corral de la izquierda española para dilucidar cuál de los dos sobra en este pueblo como alternativa seria de poder.

Yo, porque no soy Verónica Fumanal. Sí, no, tras pasar por Sálvame, El Hormiguero, Ahora Caigo, La Bomba, Amar es para siempre y cualquier programa, probaba in extremis con Pequeños Gigantes, donde otro Jesús hace cada semana el milagro de que las voces de seres insignificantes dejen de clamar en el desierto. Al fin y al cabo, lo que está haciendo Pedro Sánchez es lo mismo que reivindicaba Julio Anguita hace años: ¡programa, programa, programa…! 

Pedro Sánchez, el socialdemócrata errante de plató en plató
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